Adiós a la casona de la Capitana y sus hijos Iván y Samuel Moreno

Habrá trasteo y atrás quedarán muchas historias: la dictadura de Rojas, la Anapo y el M-19, pero también los días amargos de María Eugenia con sus 2 hijos encarcelados

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enero 31, 2018
Adiós a la casona de la Capitana y sus hijos Iván y Samuel Moreno

Es la misma casona donde María Eugenia Rojas de Moreno Díaz ha visto el poder de cerca, pero también esfumarse. Fue allí, en el comedor, donde vio a su padre el general Gustavo Rojas Pinilla organizar en 1953 el complot con el que se tomaría el poder tras el golpe militar a Laureano Gómez, quien fue su profesor de aritmética en el colegio de Tunja. Fue en la amplia sala con muebles tapizados en terciopelo, imitando los salones europeos, donde la Capitana —quien logró su estrellato como directora de Sendas al mejor estilo de Evita Perón— convenció en algún momento al general, su padre, de apoyar la lucha de las mujeres para poder votar. También fue allí donde vio rodar lágrimas en sus ojos cuando el general firmó la renuncia que lo sacó del poder en 1957 y que abrió paso a las elecciones democráticas que llevaron a Alberto Lleras Camargo a la presidencia.

Allí nació la Alianza Nacional Popular (Anapo), el partido político liderado por los Rojas que resucitó a su papá como opción de poder y que también convirtió a la Capitana en la primera mujer a aspirar a la presidencia de Colombia, en 1974. De las puertas de esa casona salió Gustavo Rojas Pinilla a reconocer, mansamente, la dudosa victoria de Misael Pastrana Borrero el 19 de abril de 1970 después de desoír las recomendaciones de su hija María Eugenia. Y en esa casona se supo que nacería el grupo de rebeldes reacios a aceptar una triunfo electoral que consideraron amañado que se denominó M-19.

En la cabecera del comedor Luis XV en el que aún se sirve con la vajilla que conserva el ribete de oro de los tiempos del poder en palacio la Capitana ha presidido reuniones que han marcado la historia política del país. Preparó allí su candidatura a la alcaldía de Bogotá, un intento en el que resultó derrotada por el entonces delfín Andrés Pastrana Arango en 1988, pero que le dio el oxigeno para dirigir el plan de vivienda popular como cabeza del Instituto de Crédito Territorial en el gobierno de Belisario Betancur.

También allí María Eugenia sentaba a su lado a su primogénito de catorce años, su mimado Sammy, dispuesta a enseñarle las artes del poder que lo guiarían lejos, camino de la presidencia. Estaba formando a conciencia al sucesor de la Casa Rojas.

Samuel era un estudiante del Colegio Anglo Colombiano de Bogotá cuando acompañó a su mamá a aspirar a la presidencia en competencia frente al liberal Alfonso López Michelsen y el conservador Álvaro Gómez Hurtado. Tres dinastías políticas enfrentadas en las elecciones de 1974.

Y siempre de regreso al comedor. En pantagruélicos desayunos compuestos de tamales y arepa, de almuerzos interminables —en donde el cabrito, la carne oreada y la pepitoria, los sabores raizales de Satander, la tierra de Samuel Moreno papá, mandaban— planeó la campaña a la alcaldía de Bucaramanga de su hijo menor Iván Moreno y el aterrizaje de Sammy en el Congreso. Eso sí, todo siempre en nombre de la Anapo, el partido que ella encarnó de la mano de su papá, el dictador Gustavo Rojas Pinilla.

En ese lugar también cocinó en manteles el viceministerio de salud para su hijo de Iván en el gobierno de Ernesto Samper, uno de sus incondicionales aliados políticos. Luego, la abrupta campaña, atravesada por alianzas que terminaron en nidos de traición, que llevó a Samuel, el querido Sammy para ella, a la Alcaldía de Bogotá. Allí mismo escuchó a Sammy practicar el discurso de posesión que lo llevaría al Palacio Liévano con el que inauguró un inimaginable camino a los infiernos.

La casona de Teusaquillo tiene ahora nuevos invitados. La Capitana sigue siendo la gran anfitriona, pero de abogados y viejos amigos que no la abandonan en el tránsito difícil. No se doblega. Maneja la vida doméstica con firmeza para asegurar la atención de su marido Samuel Moreno, vencido por sus 96 años, y las necesidades cotidianas de Sammy en la Escuela de Carabineros, que empiezan por el almuerzo fresco de cada día, que le ha enviado durante los cinco años en los que ha estado detenido allí. La distancia que separa la casona del lugar de reclusión de su primogénito en la avenida circunvalación de Bogotá es corta. De allí que esos lujos de mamá no suenan extravagantes.

Ahora la vieja casa de Teusaquillo de tres pisos está a punto de ser vendida. Seguramente la decisión está motivada por la fatiga de los fantasmas que aún dejan sentir sus pisadas por el parque, el manejo de un equipo grande de empleados que han asegurado que durante estos duros siete años todo aparezca como si nada hubiera pasado y algo más prosaico pero urgente: los honorarios de abogados que rompieron cualquier calculo programado. María Eugenia Rojas y su esposo Samuel Moreno se quitarán sin duda un peso de encima.

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