Abogados, la experticia no se certifica con ningún título universitario

"Quiza otorgar diplomas es un negocio tan lucrativo que las instituciones no escudriñan bien los conocimientos de los profesionales a los que acreditan"

Por: KARLA CAMPO ACOSTA
agosto 18, 2020
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Abogados, la experticia no se certifica con ningún título universitario

Alguna vez, mientras cursaba mis semestres de pregrado, una docente al presentarse dijo, de manera jocosa, haberse estupidizado en “derecho laboral y seguridad social”. Muchos de nosotros no comprendimos el “chiste” y ella procedió a explicar una de las verdades más valiosas que he escuchado en mi carrera: que cuando se encuentra la rama que más apasiona y se dedica a profundizarle, casi que se olvida ser abogado en el resto de las áreas y que por ello uno empezará a saber mucho de poco y nada del resto. Ella estaba aceptando felizmente que era “estúpida” en todo lo demás que no fuera eso en lo que ella decidió profundizar.

A primera vista, no parece nada atractiva la idea e incluso, parece degradante.

Hoy la carrera de los abogados parece desenfrenada a la hora de conseguir un título que acredite su especialización; algunos se perfilan cuidadosamente, logrando tener el manejo en un área determinada; sin embargo, existen profesionales del derecho que escogen varias especializaciones, a veces inconexas, porque ello abre el campo de acción a la hora de conseguir clientes. Pero tener muchos clientes, no significa tener muchos casos ganados u obtener el lucro deseado. Y tener diversas especializaciones no garantiza tener el conocimiento que se requiere para serlo en cada una de ellas.

Cuando una persona acude a un profesional del derecho que dice especializarse en X o Y área o subárea lo hace precisamente confiando en que ese abogado será un letrado un la minucia de ese campo. Sin embargo, una pared atestada de títulos no garantiza la sapiencia vasta. La experticia no deriva de los títulos, sino de la dedicación, el estudio, compromiso y perseverancia en una práctica reiterada del ejercicio del derecho, en determinada especialidad.

Quizás otorgar títulos se ha convertido en un negocio tan lucrativo, por su misma demanda, que las universidades no escudriñan suficientemente acerca de los reales conocimientos de los profesionales a los cuales se les acreditan; o tal vez, la confianza en la “madurez” de los estudiantes, logra hacer una treta en el sistema de evaluación para obtener el promedio de aprobación.

Existen muchos abogados sin diploma que acredite su especialidad, pero con una experiencia y profesionalismo admirables, porque se “quemaron las pestañas” estudiando cada uno de sus casos, observando cuidadosamente los detalles particulares, la jurisprudencia aplicable y también la manera cómo apartarse de ella, en pro de los intereses de sus clientes y convencer al operador jurídico de hacerlo, en contra de los pronósticos comunes, con un discurso razonable, por ejemplo.

Realizar un estudio concienzudo de un caso que se pone en manos de un abogado merece la misma experticia y cuidado de los médicos al examinar a un paciente. Son derechos los que se discuten en el ejercicio de esta noble profesión y a diario esos derechos son de raigambre fundamental o entrañan un perjuicio o beneficio económico para quien los reclama y para muchos, son de vida o muerte.

Generalmente las personas se apasionan por aquello que les gusta y no por lo que les toca hacer. Elegir una especialidad es tan importante para el profesional como para el cliente, porque el empeño con que se estudia una situación jurídica perfila la defensa en un proceso, previendo las posibles aristas que surjan en el mismo y ese empeño proviene de la pasión que se sienta por el conocimiento y la práctica del derecho en una u otra especialidad, que empuja al profesional a profundizar diariamente en su oficio y mantener actualizados sus conocimientos.

Hay abogados dedicados que preparan sus demandas, contestaciones y recursos, para llegar instruidos a las etapas procesales, pero hay algunos que ni siquiera se preocupan por establecer una estrategia o aprender el nombre de su cliente. Un experto redacta con precisión y sencillez cada hecho o su contestación y cada pretensión; le brinda al juez, en el acápite de los fundamentos, herramientas jurisprudenciales, normativas y conceptuales, que lo conduzcan hacia la solución deseada; anexa pruebas veraces, pertinentes y conducentes, sin atiborrar el expediente con folios innecesarios; y pocas veces será sorprendido por las resultas procesales, porque comprenderá cada una de las conclusiones que pueden esperarse, porque ha estudiado cuidadosamente cada problema jurídico, aun cuando las conclusiones a que llegue el juez no sean las que se han deseado.

Un abogado lo primero que aprende en la universidad es que las pruebas son los elementos necesarios para lograr lo pretendido o ver frustrado su objeto. Un experto conoce también las presunciones y las estrategias procesales con las que se puede ganar un juicio.

El conocimiento no se improvisa en ningún campo de la vida y, en la profesión de los abogados, casi todo está escrito, y el ritualismo enmarca el desempeño del oficio, por lo tanto, debe estudiarse y prepararse. Muchos creerían que la improvisación es el arte de los abogados, pero, en realidad, no es la improvisación sino la oratoria la que puede llegar a serlo, pero el conocimiento es necesario para lograr la coherencia y manejo que permita un discurso plausible, digno de una sentencia favorable.

La experticia de un abogado puede “prevenir litigios innecesarios, inocuos o fraudulentos y facilitar los mecanismos de solución alternativa de conflictos”, porque el concepto de un profesional del derecho no debe concluir, de manera inamovible, en la necesidad de un proceso. El ejercicio de esta profesión impone que el abogado exprese su franca y completa opinión acerca del asunto consultado o encomendado, teniendo en cuenta que ello únicamente podrá lograrse, de manera acertada, cuando se conocen abundantemente los fundamentos de hecho y de derecho de un caso particular.

La constancia en la lectura, el ejercicio y la actualización de los conocimientos, así como la celosa atención y diligencia los encargos profesionales, son prácticas ineludibles cuando el objetivo es ser un excelente abogado, que dignifica la profesión.

Lamentablemente, la fama de tinterillos y de especialistas en el arte de mentir no se ha forjado sola, sino que, por el contrario, se ha ido tallando con las actuaciones de muchos que enlodan el título con discursos redundantes y pavorosos, que tienden a sumergir en la confusión al público con la falsa apariencia de sabiduría, para aquellos que no tienen un conocimiento profundo, pero pocas veces se logrará el objetivo ante un juez, si el alegato no está soportado en pruebas, en normas, en hechos, en jurisprudencia…

La mala ortografía, pésima caligrafía y horrible redacción son algunas de las características de un profesional poco comprometido, que ahoga al sistema judicial con un tsunami de procesos que, muchas veces, necesitan ser interpretados por el juez, para no someter a los demandantes a los errores u horrores de sus apoderados apócrifamente titulados como especialistas en el tema.

Una persona respetuosa tanto de su profesión, como de sus clientes y colegas, comprende la complejidad y el alcance de ser “especialista”, acepta el hecho de que muchos temas merecen estudiarse bajo el rigor de una lupa cuidadosa y minuciosa, que observe la situación jurídica, con experticia, agudeza y detenimiento; más aún cuando los plazos juegan un papel tan importante en los procesos y algunas situaciones jurídicas no permiten un extenso período de investigación, sino no una actuación rápida, pero no improvisada, sino certera, que sólo puede brindar un profesional conocedor de su área.

Quizás algunos abogados olvidan que es su deber “informar con veracidad a su cliente las posibilidades de la gestión, sin crear falsas expectativas, magnificar las dificultades ni asegurar un resultado favorable” (literal a) del artículo 28 de la Ley 1123 de 2007) y que actuar en contrario puede, efectivamente, generar sanciones disciplinarias, como censura, multas, suspensión de la tarjeta profesional y exclusión del ejercicio de la profesión.

Es válido aceptar que existe alguien más capacitado para ejercer el mandato: es un acto de lealtad y honradez, con el cliente, los colegas, el aparato judicial y la sociedad en general.

El ejercicio debe dirigirse a elegir un campo en el que se adquieran conocimientos y la experiencia que en realidad permita concluir la especialidad como característica del titulado.

La experticia no se certifica con ningún título universitario, porque ello amerita años de ardua dedicación, estudio y ejercicio práctico. En todo caso, la estupidización, certificada o no, sí entraña un conocimiento robusto, es necesaria en el ejercicio consciente y comprometido de esta honorable profesión, que le proporcione a las personas una defensa real y efectiva de sus intereses y no un gasto en un profesional inescrupuloso que luce un sinnúmero de títulos relucientes en una pared o en un anuncio de periódico haciéndose llamar “abogado”.

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