Texto escrito por: Germán Peña Córdoba
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Desconfio del funcionario del estado llámese presidente, ministro o congresista que en un acto de fingida "generosidad" y populismo declare que donará íntegramente su sueldo. Produce suspicacia y recelo cuando en un arranque de bonhomía y desinterés alguien dice que no cobrará sueldo. En realidad este acto "heroico" en vez de cautivarme me produce desconfianza. La acción de no cobrar tiene mas demagogia que convicción.
Pueda que existan casos excepcionales de filantropía o altruismo puro. No es descartable, pero serán solo eso: ¡excepciones! Cuando escucho lo anterior se me convierte inevitable barruntar: como serán de grandes y jugosos los negocios que se derivan del poder, que no se tiene necesidad de cobrar sueldo. Pienso en la honestidad probada de un Pepe Mujica, que si necesitaba vivir de su sueldo como presidente, porque tácitamente no percibía mas ingreso.
Asi las cosas, no cobrar sueldo se convierte en un acto mas sospechoso que generoso.
Cuando se es honesto, cobrar el sueldo es normal puesto que corresponde al pago de un trabajo realizado con esfuerzo. Se tiene la necesidad de cobrar porque se vive del salario y el presidente, el alcalde, el Gobernador o el Congresista que no lo domine la codicia, si no, que lo anima cambiarle la vida a la gente, esta en su derecho de recibir una remuneración. Desde esa óptica no es pecado cobrar el sueldo y no hacerlo puede convertirse en un acto de corrupción, dependiendo desde la perspectiva que se mire.
Cuando se manifiesta que no se cobra sueldo se logra un doble efecto. El primero: no se cobra pero desde el poder se pueden hacer grandes negocios que me benefician a mi mismo, a mis amigos cercanos y, todo esto superará con creces el salario del cual se ha renunciado. Segundo: no cobrarlo es popular, políticamente aceptado y con este sofisma de distracción se logra excelentes réditos políticos y electorales.
¡No hay puntada sin dedal!
Lo anterior me hace acordar de las supuestas bien intencionadas donaciones, que tienen un cálculo político, financiero y tributario.
Un ejemplo claro de lo anterior son las inocuas donaciones. Como en todo habrá excepciones : donaciones desinteresadas en apariencia, pero la mayoría no actúan con desinterés: donan una gran suma, pero eso crea unos beneficios tributarios y exenciones que equivalen a la donación y al final el estado deja de percibir unos impuestos iguales o superiores a la donación. El estado termina pagando y aquel acaudalado empresario que dona, queda como un gran benefactor.
¡No hay puntada sin dedal!
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