A la memoria de un grande del periodismo colombiano

Hasta el final de sus días, Caballero era consciente de que el uribismo es la mafia en el poder, quizá por eso incomodaba tanto. La vida se esfuma como su tinta

Por: Jay Bernardy
septiembre 29, 2021
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A la memoria de un grande del periodismo colombiano

Se podría decir, reflexionando con mucho detenimiento, que un escritor no es más que el resultado de lo que lee y una muestra de la época en la que se moldea su personalidad destinada para brillar. Por eso, en hombres como Antonio Caballero Holguín, excelso periodista de pluma exquisita y aguda, se puede reconocer una formación literariamente vasta, como también un compromiso a la hora de opinar sin tener condescendencia con nadie. Su partida, la de un grande del periodismo de opinión, hoy la sufre un país que carece de periodistas de verdad, y cuyos medios se arrodillan fácilmente ante el poder.

No es una exageración: la muerte de Antonio Caballero la vamos a sufrir por décadas. Su crítica, muchas veces chocante para los poderosos, era certera y sabía cómo revolver la doble moral de nuestra pacata sociedad. Por eso nunca vaciló en la interpretación de las problemáticas nacionales, teniendo siempre los adjetivos más precisos para catalogar a la clase dirigente que hoy nos tiene en la debacle social, sea esta de izquierda o de derecha, por si alguno le queda duda. Desde su tribuna, los medios que lo acogieron, sabía expresarse, siendo erudito y respetuoso en medio de la agudeza intelectual que tanto causaba resquemor.

Cuando le tocó hablar de Uribe, por ejemplo, no le temblaba la mano para decir que era uno de los actores violentos que expandió el paramilitarismo. Hasta el final de sus días, Caballero era consciente de que el uribismo es la mafia en el poder. Quizá por eso incomodaba tanto, porque no era parte de su estilo hacer la más fácil: rendirle culto a un hombre responsable de 6.402 falsos positivos. Es que siempre tuvo las cosas claras, hasta para cuando le tocaba criticar a la oligarquía que durante décadas lo vio brillar en sus reputados medios. Nunca se arrodilló, así fueran los Santos el blanco de sus ideas.

Qué decir de los temas de los que nadie hablaba, como por ejemplo, el consumo de drogas. Pues era sabido que había consumido marihuana como cualquier otro escritor de su generación, pero en su caso eso no fue un inconveniente para esconderse y criticar la política antidrogas que tanta violencia genera. De verdad que siempre tuvo una idea clara frente a este asunto: legalización y regulación. Puede que a más de uno esto le parezca descabellado, pero sabía defender sus tesis y por eso nadie se las irrespetó: se las aceptaba y se las veía como el pensamiento de un columnista completamente liberal. El mundo que tenía en su cabeza fue su escudó ante la ignorancia.

Da tristeza escribir por la partida de un hombre que conocí únicamente leyendo a Semana, cuando esta era una publicación reputada y decente. Pero da más tristeza saber que son Vicky Dávila, Luis Carlos Vélez, Salud Hernández, entre otros bodrios del periodismo local, los que opinan sin criterio y nos ofrecen una visión para nada real de lo que se vive en este platanal. Considero que los periodistas de verdad están llegando a su final, no porque se los calle o no tengan a donde escribir, sino porque la vida se esfuma como se acaba la tinta de la pluma que supo bailar en el papel. Los que quedan se las ingenian para sobrevivir –Los Danieles, María Jimena Duzán, Gonzalo Guillén, entre otra gente decente que escribe–, viendo cómo su oficio se prostituye como una moneda de cambio. Paz en tu tumba, Antonio Caballero Holguín.

 

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