A falta de vacuna, bueno es recordar la historia...

La naturaleza nos enseña que el tiempo tiene más de cíclico que de lineal. Una perspectiva a propósito del COVID-19

Por: Susana E. Matallana Peláez
abril 13, 2020
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A falta de vacuna, bueno es recordar la historia...
Foto: Pixabay

A los epidemiólogos les gusta repetir (y repetirse) que “el brote de la influenza española de 1918-1919 fue la última pandemia global de mortalidad catastrófica”. Esto, en un sentido estrictamente positivista, es imposible de afirmar, pues no puede verificarse. A menos que, como lo cacareará Francis Fukuyama, la historia hubiese llegado a su fin en 1992. Pero los recientes acontecimientos y el nuevo enemigo público parecen indicar que la historia prosigue su curso y que está por verse si las democracias liberales del norte global sobrevivirán.

Lo que les permite, por norma general, hacer semejante afirmación es su inamovible fe en los poderes de la ciencia para desarrollar en tiempo récord una vacuna que pueda detener el avance de un virus como el COVID-19, altamente contagioso y potencialmente letal. Pero esto, nos dicen los expertos, es improbable antes de un año y medio, con suerte. Mientras tanto, buena es la historia.

La historia nos demuestra que las epidemias no son fenómenos puntuales que aparecen de la nada para desaparecer en el azul celeste. Las epidemias, nos dice la historia, vienen y van, los virus se desplazan sobre oleadas y brotan y rebrotan. La plaga de Atenas del año 430 a.C., que acabó con un tercio de la población ateniense, repitió en dos ocasiones: 429 y 426. Atenas solo se recuperaría plenamente en el 415 — 15 años después. La peste de viruela que atacó el imperio romano en el año 165 d.C. se extendió hasta el año 180, matando a 5 millones de personas a lo largo de otros 15 años. La peste bubónica, que apareció en Bizancio en el 541, asolaría a Europa, Asia y África hasta el 750 para luego desaparecer y resurgir en el siglo XIV.

Esta segunda oleada, que se originó en Mongolia (donde la enfermedad es, aún hoy en día, endémica) no cerraría, como afirman muchos historiadores lineales, la Edad Media, sino que en realidad, aperturaría la Modernidad, pues el colapso demográfico que provocó fue de tales proporciones (cálculos conservadores estiman las muertes en 100 millones de personas) que literalmente inauguró un nuevo modelo económico debido a la escasez de mano de obra que produjo. Los siglos siguientes estarían marcados por varias oleadas más localizadas que asolarían distintas regiones de Europa hasta principios del siglo XIX.

En América, como sabemos, las epidemias llegaron con los invasores europeos y decimaron el 90% de la población local entre 1493 (segundo viaje de Colón) y 1750, cuando la población del continente comienza finalmente a recomponerse. El número total de muertes se calcula entre 100 y 300 millones. La historia de las epidemias en nuestro continente es tal vez una de las más dolorosas. No se sabe que existieran en tiempos prehispánicos, dados los altos niveles de higiene entre la población indígena, el acceso generalizado a una buena y variada alimentación y el autonomismo (que no aislamiento) de la mayoría de las comunidades que limitaba efectivamente la expansión de cualquier enfermedad. Semejante cataclismo demográfico sin duda cambió la historia del continente y le permitió a los invasores imponerse.

La peste bubónica tendría un tercer gran brote que se produciría en 1855, cuando esta reaparece de nuevo en Asia, más exactamente en China. De allí saltó en 1896 a la India, donde mató a 12 millones de personas a lo largo de los siguientes 30 años. Para 1899, ya había llegado a Hawái, y entre 1900 y 1925, Australia experimentaría 12 brotes sucesivos. Mientras tanto, en Europa, ya la gripe española, que había estallado en 1918, había matado entre 20 y 40 millones de seres humanos.

Más recientemente el ébola, que surge en 1976 en Sudán y República Democrática del Congo, campea hoy por gran parte de África, siendo el año de 2014-2015 el más virulento hasta la fecha. Otra pandemia, que sigue asolando a la humanidad (aunque de manera mucho más contenida debido a los tratamientos desarrollados, a la despatologización de la homosexualidad y al uso generalizado del condón) es sin duda el sida que aparece en 1981 y alcanza su primer pico 16 años más tarde, en 1997.

En cuanto al COVID-19, este no es tan nuevo como algunos quieren hacernos creer. En realidad, ya se había anunciado en 2003 con un pariente cercano, SARS-CoV. Como su nombre lo indica, el virus de SARS-CoV, que apareció en la provincia de Yunan, China, y que causó 1000 muertos, es en realidad una variedad heráldica del MERS-CoV (Síndrome Respiratorio del Coronavirus del Medio Oriente) y del actual COVID-19, con una sintomatología característica: fiebre alta, dolor de garganta, tos seca, dificultad para respirar. Su segundo avatar —el MERS-CoV— que aparecería 9 años más tarde, en 2012, en Arabia Saudí, produjo solo 500 muertes, razón por la cual es prácticamente desconocido, aunque sea un antecesor del COVID-19. De tal manera, que podríamos decir que estamos en medio de una tercera oleada de coronavirus, que hasta el momento parece ser la más virulenta de las tres. En este punto, vale la pena anotar que desde que apareció el SARS-CoV, la ciencia ha estado tratando — sin éxito — de desarrollar una vacuna; es decir, van 17 años sin resultados efectivos. Luego, lo de la vacuna para mañana no es evidente.

Pero algo que ya debería ser evidente a estas alturas es que la temporalidad de los virus no es la temporalidad lineal de nuestros científicos y epidemiólogos. La temporalidad de los virus es cíclica. La temporalidad lineal de la epidemiología, la ciencia y los sistemas de salud contemporáneos es en realidad una herencia de la Modernidad. Este periodo, que ve la luz del día en el siglo XIII con el Renacimiento italiano, inauguraría una nueva experiencia de la temporalidad basada en una narrativa totalmente novedosa: el Renacimiento, y con él, la Modernidad que le sobrevendría, se promocionarían como una ruptura radical con los 1000 años de historia medieval que les antecedían. A medida que este discurso se iba consolidando, la narrativa de discontinuidad temporal se extendería a toda época pretérita, de tal manera que la versión más acabada de este relato terminaría pregonando que todo pasado había sido peor y que el presente moderno —que prometía acabar con todos los males del pasado (pobreza, hambrunas, desnutrición, esclavitud, exclusión, explotación, pandemias, violencia, guerras, etcétera)— no guardaba ninguna relación, ni siquiera puntos de contacto, con la oscuridad pretérita.

Pues bien, henos aquí en pleno siglo XXI y la contemporaneidad que vivimos no solo no ha acabado con los males del pasado, sino que incluso parece multiplicarlos: la pobreza, el hambre, la desnutrición, la esclavitud, la exclusión, la explotación, las guerras se recetean y nos acosan por doquier, y con ellas, las epidemias. Una mirada de largo alcance a la historia de las pandemias que han azotado a la humanidad nos indica que suelen coincidir con una serie de dinámicas que se presentan simultáneamente: explosiones demográficas, procesos de acumulación originaria y, por ende, de desposesión generalizada, luchas hegemónicas, guerras y largos períodos de gran inestabilidad —fenómenos todos ellos que a su vez generan enormes tensiones en los individuos y a nivel social y medioambiental—.

Ni la ciencia, ni la tecnología, ni la sociedad de consumo, ni la revolución verde, ni tampoco teledigital han resuelto los problemas que prometieron resolver. La carrera del progreso —siempre hacia adelante, en línea recta, sin pausas y sin tregua— se está revelando como un espejismo más que se sustenta en una falacia fundamental: la temporalidad lineal de la modernidad occidental, un relato fabricado para imponer un sistema económico muy peculiar y su concomitante “civilización”. Pero esa “civilización” ha fracasado: el supuesto estadio avanzado de sociedad humana que decía encarnar está —a vista de todas y todos— en franca bancarrota. La pandemia del COVID-19 lo ha denudado.

Con toda su opulencia y sofisticación, las mecas del capitalismo neoliberal, a excepción de Alemania (con 3022 muertos), presentan las cifras de muertes más altas por culpa del COVID-19: Estados Unidos (22115), Italia (19899), España (17209), Francia (14393), Inglaterra (10612). Entre todas suman 3 cuartas partes (87250 o un 76.3%) del total de muertes provocado por la pandemia a nivel planetario (114247). (www.covidvisualizer.com abril 12, 2020) Y es que desde hace 5 décadas, como parte de su modelo civilizatorio, todas ellas adelantan el desmantelamiento progresivo de sus sistemas de salud pública, de tal manera que aunque hoy se permiten contrataciones de gladiadores modernos exorbitantemente obscenas, sus médicos se ven obligados, por falta de equipos, a desconectar a los ancianos de los escasos ventiladores artificiales que tienen a mano, para darle la oportunidad de vivir a pacientes más jóvenes, con mayores probabilidades de supervivencia. Aunque en las próximas semanas, es altamente posible que los países del Sur Global, donde la imposición del modelo civilizatorio neoliberal no permitió la consolidación de sistemas de salud pública, sobrepasen de manera aterradora estas cifras, el mundo no olvidará el lamentable espectáculo inicial de los adalides de la civilización neoliberal.

Como si fuera poco, los sobrevivientes del COVID-19 tendrán que vérselas con la implosión de un sistema económico que en tiempos de crisis suele ofrecer a sus miembros más desfavorecidos como holocausto para apaciguar a sus insaciables dioses. Esta prospectiva y el abismo eco-ambiental al borde del cual nos encontramos —que nos tiene por primera vez en la historia de la humanidad contemplando la posibilidad de nuestra propia extinción como especie— contribuirán muy seguramente a minar aún más nuestras ya estresadas defensas biológicas, dando al traste con los escudos inmunológicos del cuerpo individual y social, lo que sin duda hará aún más factible la reaparición de sucesivos avatares del COVID- 19.

Los virus, la historia y la naturaleza nos enseñan que el tiempo tiene más de cíclico que de lineal. Si hemos de aprovechar esta crisis para liberarnos de un modelo civilizatorio totalmente fracasado, tal vez haríamos bien en deshacernos de una de las principales falacias que lo sustenta: el tiempo lineal. Desprendernos de este sofisma, no solo nos permitiría ver y reconocer los puntos de contacto del neoliberalismo con el oscuro pretérito, sino recuperar y rescatar del pasado otras fórmulas, otros modelos, otras maneras de vivir para actualizarlas… ritmos, ciclos, estaciones que nos permitan vivir de manera más armónica entre todos y con nuestro entorno, y quién sabe, tal vez sobrevivir como especie.

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