A cuidarse de la omnipresencia del azúcar. (Aunque hay gente que se cuida y de pronto "juáquete")

El cerebro, entre la lucidez y la locura, me dice "caramba, uno no necesita añadirle azúcar al cuerpo, y menos si llegó a la segunda o tercera adultez..."

Por: HERNANDO URRIAGO BENÍTEZ. Docente universitario.
mayo 03, 2022
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A cuidarse de la omnipresencia del azúcar. (Aunque hay gente que se cuida y de pronto
Foto: Pixabay

Prometí no hablar en redes sociales acerca del comer. Me dije que nunca más aludiría a los hábitos y los gustos en torno al yantar, y esto porque se trata de un tema tan libre y tan íntimo que no vale la pena tratarlo a menos que uno sea experto nutricionista.

Quiero decir que opté por esta sabia decisión también porque cuando fui a La Guajira en bicicleta y puse en redes sociales algunas fotos de mi comida en el Mercado Viejo de Riohacha (arroz con guandú, un poco de chivo guisado, cachirra frita y sendos trozos de yuca), un colega se quejó de mi gesto "altanero" porque "mientras tanto los niños de La Guajira pasando hambre".

Lo que nunca supo el colega es que yo, que en mis viajes converso poco con la gente (tal vez lo necesario como para no caer en la instrumentalización del otro en función de esa "mirada exotista" que el cicloviajero arrastra cual enfermedad del paisaje), le dije a un niño que pasaba por ahí que pidiera lo que quisiera, pues todo corría por mi cuenta. Las señoras de la cocina y hasta el mismo niño me miraron con burla e incredulidad. Al final él, decidido, autónomo, sólo pidió un boli.

Vale decir que tampoco hablo de comida ni de mis hábitos "saludables" porque hace 10 años un colega, otro colega, pronosticó que si yo seguía montando en bicicleta pronto iba a llegar el infarto. Y aquí estamos, siempre en trance de muerte, como todo mundo en este país, enfermo crónico de envidia.

Pero el caso es que cuando uno va agonizando sobre la bicicleta, luego de darle y darle y darle a las bielas por un placer extraño, cruzando montañas, bajándolas, ascendiéndolas de nuevo, domándolas sin fin, al cerebro se le ocurren pendejadas. Como por ejemplo: analizar al pueblo caleño mientras sube en sus automóviles y motocicletas, en medio de atascamientos y cuando no accidentes, por la vía al mar, pasando de los 950 a los 2100 msnm y sus variaciones, ataviado con chaquetas y bufandas y guantes para el frío, dispuesto a probar los míticos postres de leche y azúcar que sustentan la economía de aquella grande región de Dagua, en el Valle del Cauca.

Arroz con leche, manjarblanco, tiramisú en todas sus variaciones, postre de tres leches, fresas con crema, entre otros, hacen el furor de paladares que van de manera frenética en busca del Azúcar.

Una población que, repito, se expone a los llamados trancones con tal de probar la delicia, otra "delicia", de una oblea con todo, especie de hostia gigante donde manos expertas ponen crema de leche, arequipe, coco rallado, queso, mermelada de mora, etcétera. Claro, nos creemos el cuento de que el Valle del Cauca es "el departamento dulce de Colombia".

Mirado por los comensales con la conmiseración que despierta un perro muerto, voy en la bicicleta cruzando por aquellos lugares a donde yo también he ido, claro, y donde he comido sin mucha gula, pero con gusto.

Ahora el cerebro, que raya entre la lucidez y la locura, cumple su sinapsis, y entonces me dice, caramba, uno no necesita añadirle azúcar al cuerpo, y menos si llegó a la segunda o tercera adultez.

Quiero decir, como bien ustedes saben, que el cuerpo es una máquina lectora que todo lo procesa en términos de proteínas, grasas o carbohidratos. Si en Cali un domingo la gente se zampó su sancocho de pescado o de "gallina" con todo el "revuelto" (papa, yuca y plátano en hirviente convivencia), además de un buen plato de arroz con un trozo de animal acuático o de corto vuelo, ahí tiene la ración de carbohidratos suficiente no sólo para resistir el resto del día sino para aguantar la embestida del lunes y del martes.

Ese combustible alcanza para dos jornadas entre el trabajo y el sedentarismo de las series y los chats. Sobra, está de más, no cabe, es irracional comerse aquel cono de helado o aquel postre que derrota hasta al paladar más agridulce.

A menos que seas deportista de alto rendimiento, puedes disponer de inyecciones de glucosa al 300%. Y eso: sabemos también del preocupante índice deportistas que llevan a cuestas diabetes tipo 1 por consumo elevado de insulina (https://www.gssiweb.org/latam/sports-science-exchange/Art%C3%ADculo/sse-90-diabetes-ejercicio-y-deportes-de-competencia). Es que la industria de la "sana" alimentación deportiva... ¡Vaya, vaya!

En todo caso, la situación se pone cuesta arriba cuando vivimos en una época regulada alimentariamente por dos tensiones: la proteinomanía y la loca pasión por el azúcar, que está en todas partes, igual o más que Dios. Pero no me hagan mucho caso. Sigan disfrutando de sus postres. Sigan comiendo como, cuanto, donde y con quien quieran. Pues como alguna vez me dijo alguien: "Igual, he conocido gente que se cuida mucho y de pronto juáquete...". Claro, al final todos vamos a morir. Y todas. Y todes.

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