A 12 años de la partida de Gabo, una mirada irreverente a las mariposas amarillas: entre el erotismo de Meme Buendía y las verdades escatológicas del Caribe

 - El verdadero significado que pocos se atreven a reconocer detrás de las mariposas amarillas de "Cien años de soledad"

En Cien años de soledad, las mariposas amarillas perseguían a Mauricio Babilonia, un aprendiz de mecánica de una empresa bananera. Atractivo, pobre e imprudente hasta la desesperación. Al tipo, que era descendiente de gitanosencargados de llevar a Macondo inventos como el hielo o el imán–, las mariposas amarillas lo atormentaban fuera a donde fuera. Incluso hasta en la letrina. Existe la creencia de que cuando estos insectos pasean por la noche, son símbolo de mala suerte y en varias escenas de la obra cumbre del cataquero universal, revolotean los lepidópteros. Con motivo de los 12 años de muerte del primer Nobel de Literatura colombiano, en varios lugares ambientan los espacios con las consabidas palomillas amarillas, desconociendo una excreta metáfora.

De todas las parejas que se amaron en Cien años de soledad, (que entre otras cosas pocas veces ha sido analizada desde el filón del erotismo endiablado de la costa Caribe) la de Meme Buendía y Mauricio Babilonia evoca ese amor tormentoso, rebelde y tenaz que se vive en la adolescencia. La joven concertista de clavicordio se enamora locamente del menestral de la Compañía Bananera, oloroso a aceite de motor y cuya presencia estaba determinada por nubes de mariposas amarillas, a las que finalmente se les achaca su muerte, que en realidad es orquestada por la madre de la muchacha, que lo acusa de ladrón y lo hace matar. Bueno, otro filón de análisis (ese sí trabajado con fruición en la obra y la cultura popular colombiana) es el chisme, el asesinato y esa burda lucha de clases.  

Escribe el cartagenero Raúl Gómez Jattin, en su poema Retratos: “Ayer no más soñaba contigo y hoy te apareces tan real como las mariposas en el patio”. Acaso un vedado homenaje a las flores ambarinas de Cien años de soledad, pues cuando le tomaban las medidas para el ataúd a José Arcadio Buendía, durante toda esa noche llovieron minúsculas plantas amarillas. “Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”, narra el texto. A Gabo las flores amarillas se le convirtieron en amuleto y la hipérbole es su símbolo retórico identitario, tanto como a Jattin su confesión sobre el uso de su patio trasero en el inri de su vida, al confesar sin pudor que había pasado de la teta a la bragueta.

En medio de esa propensión tan humana a investigar lo que en realidad no sirve para nada, nos enteramos gracias a los entomólogos que las flores amarillas son las preferidas por los insectos. Primero, porque reflejan rayos ultravioletas que fungen como pistas de aterrizaje que llevan directo al centro de las flores, el pistilo (o gineceo), el cual constituye el órgano reproductor femenino. Segundo, porque son señales de recompensa, comida fresca (néctar y polen) y tibieza para la polinización, ese proceso biológico de transferencia de polen desde la parte masculina de una flor (antera), hasta la parte femenina (estigma) de la misma. No en vano, simbólicamente representan la energía del sol, la alegría y los nuevos comienzos, después del invierno.

Intuye uno entonces (me divierte la especulación) que Gabo volvió sobre las flores amarillas cuando no encontró otra metáfora mejor para referirse al daño de estómago que provoca el susto o la emoción extrema, como aquella de ver al ser amado, que si es prohibido o furtivo, más intensa. Lo que la cultura popular refiere, de manera casi literal, como "cagarse" del susto. De modo que las flores amarillas son en ese caso (especular es entregar respuestas sin que a uno le hayan preguntado nada), una metáfora sobre la diarrea, sobre el derrame cacal que provoca el miedo, sobre el descongelamiento de la nevera, sobre ese estar flojo de la cola –que también alude a otros menesteres–, en suma, obedece a esa palabra que junto con sopor aparece hasta la hediondez en toda la obra garciamarquina.

Si el gallo no es la pobreza en El coronel no tiene quien le escriba y el Nobel de Literatura lo declaró en varias ocasiones, nada dijo de sobre las mariposas amarillas y la mierda. De modo que, como bien corresponde a una obra de arte, cuando emerge de su autor adquiere vida propia en el receptor y puede tomar tantos matices e interpretaciones como lectores y enfoques tenga. Lo bello (para la mayoría, las mariposas lo son; y para Mauricio, lo es Meme) y lo putrefacto (mierda), coexisten y representan la magia y la belleza, pero también la trágica realidad que rodea a Meme Buendía. Y eso, ¡es una mierda!, esa variante del léxico caribeño colombiano que es comodín en la oralidad y cuya contracción sirve para todo. Esta semana, por ejemplo, fue la exclamación mas escuchada tras el volcamiento de un camión cargado con libros en una vía de Cartagena: ¡Mierda, no se llevaron ninguno! Un hecho macondiano a todas luces.

El lenguaje –todos sabemos– es un intensificador emocional y la carga semántica de las palabras cumple esa función a cabalidad. Es una avanzada sobre el mundo de la pasión, una serenata que avisa el impulso vital, que se le adelanta y lo detona, que convierte al signo simple en agitación idealizada, a la palabra en pensamiento decantado, en el espíritu de lo que quiere comunicar el sentir. De modo que si usted quiere adornar con mariposas amarillas los pasillos de la escuela, del colegio, de la universidad, de la biblioteca de su pueblo, del salón comunal o el club de lectura o del lugar que quiera, hágalo. Al fin y al cabo, eso vale mierda, porque el gran homenaje a un escritor y a su obra, es leerlo.

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Hace 12 años murió Gabo y 119 años antes, en 1895, había muerto Jorge Isaacs, el autor de María. Como Juana Inés de la Cruz en 1695, como Benjamín Franklin en 1790, como Ignacio Mariscal en 1910, como Johanna Henriette en 1939, de quien su hijo Schopenhauer heredó su aguda pluma… todos un 17 de abril y con la buena suerte de las flores amarillas en primavera.

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