El "todo vale" electoral pone en jaque la credibilidad del progresismo en los territorios. Un análisis sobre la Realpolitik criolla y la erosión de la confianza

 - El peligro de que los líderes progresistas le empiecen a vender el alma al diablo para ganar elecciones

En ciertos territorios de Colombia hay un peligro latente para el futuro inmediato del Pacto Histórico. Es una amenaza que está íntimamente ligada a las formas de hacer política de algunos dirigentes que, en su afán de ganar, le han empezado a ofrecer su alma al diablo. A pesar de que estos nuevos próceres del progresismo local tratan de vender su estrategia como un ajuste táctico, lo preocupante es la muy peligrosa reinterpretación de la Realpolitik de Von Rochau que están haciendo a nivel regional.

Es preciso aclarar que el concepto original de Realpolitik no es, en sí mismo, detestable. Lo que resulta realmente fastidioso es la adaptación criolla de los postulados de Von Rochau, pensador alemán del siglo XIX, según el cual la opinión pública, con sus miedos y prejuicios, es más determinante que la propia idea de pueblo. El problema ocurre cuando estos líderes toman ese diagnóstico como justificación para abandonar cualquier brújula ética.

A partir de esta perspectiva, observamos un fenómeno alarmante: la conformación de alianzas con operadores tradicionales de derecha; esos mismos que perfeccionaron el arte de la manipulación a través de “líderes comunitarios” de bolsillo y microempresas electorales basadas en el clientelismo. Esos operadores que ayer entregaban votos al uribismo, hoy se sientan con líderes progresistas para repartirse cuotas burocráticas y avales. El ciudadano se pregunta: ¿Acaso la izquierda necesita aprender de ellos cómo se hace política?

Lo más grave es la coartada: una lectura utilitarista y forzada de Maquiavelo. Como señala Londoño (2015), el realismo de Maquiavelo propugna “un amoralismo práctico” que elimina la dependencia del derecho respecto de la moral. Pero Maquiavelo describía cómo actuaban los príncipes de su tiempo; no escribía un manual de ética para esta versión regional de la izquierda del siglo XXI.

Cuando un dirigente se apropia de esta “sinceridad feroz e irónica” para justificar alianzas con quienes comerciaban votos, lo que hace es confesar que es un mentiroso oportunista que no difiere en nada del operador político al que decía enfrentar. Este maquiavelismo de pacotilla tiene consecuencias concretas. La primera es la erosión de la confianza: los votantes indecisos perciben una traición a la palabra empeñada. Esa desconfianza no se recupera con discursos en TikTok o YouTube; se pierde en las urnas.

Hay una segunda consecuencia. Al asumir el “todo vale” y replicar el clientelismo, estos dirigentes ponen en riesgo la credibilidad ética de toda una plataforma. Si la izquierda termina siendo funcionalmente indistinguible de la derecha en los territorios, ¿con qué argumento reclama el voto de quienes buscan un cambio real?

Este es un llamado de atención. Las próximas elecciones serán un termómetro implacable. Si el progresismo sigue empeñado en aplicar este maquiavelismo barato para justificar su incoherencia, terminará reencauchando a la derecha. Y entonces, cuando los votantes retornen a sus candidatos de siempre, el “cambio” resultará ser, al final, el mismo perro con diferente collar.

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