Desde hace ya tiempo, se habla de un cambio de paradigma en el orden internacional. Pero la guerra en Irán ha acelerado los cambios geoestratégicos. No estamos ante una guerra más, sino ante un caos sistémico con implicaciones geopolíticas, económicas y estratégicas de largo alcance que impactan en los equilibrios globales y tensionan las cadenas de suministro.
Primer impacto: el estrecho de Ormuz. Ha dejado de ser un paso seguro para ser un punto crítico al movilizar cerca del 25% del comercio mundial de petróleo por vía marítima. Además, afecta al 20% de las exportaciones globales de gas natural licuado. Ya no hace falta un bloqueo total para provocar el caos en los mercados energéticos; basta con una disrupción intermitente para que se considere una ruta inviable. ¿El resultado? El encarecimiento de la energía y el aumento de la volatilidad en los mercados. Europa, altamente dependiente de importaciones energéticas, vuelve a situarse en una posición de vulnerabilidad, justo cuando intentaba diversificar tras la crisis ucraniana.
Pero el petróleo es solo la punta del iceberg. Por Ormuz también circulan fertilizantes y productos petroquímicos clave. Su encarecimiento impacta en la agricultura global, reduciendo el rendimiento de la producción y anticipando subidas en los precios de los alimentos. A su vez, la disrupción de suministros de plásticos y derivados afecta a sectores como la automoción, el textil o los bienes de consumo. Las cadenas de suministro, debilitadas desde la pandemia, vuelven a mostrar su fragilidad: retrasos, sobrecostes y deslocalizaciones improvisadas se traducen en inflación y riesgo de recesión, especialmente en economías emergentes.
En el plano geopolítico, el conflicto revela una transformación más profunda: la erosión del poder disuasorio tradicional. Un país como Irán, militarmente inferior, ha demostrado que puede imponer costes significativos mediante estrategias asimétricas —minado naval, drones, ciberataques— sin necesidad de una victoria convencional. Ya no estamos en el siglo XX: ni la tecnología es la misma, ni tampoco lo es la manera de entender el poder. Cualquier actor global deberá atender a esta nueva manera de ver el mundo: basta con interrumpir nodos críticos de la economía global para doblegar a potencias mayores.
Irán ha demostrado que puede imponer costes significativos mediante estrategias asimétricas sin necesidad de una victoria convencional
Para Estados Unidos, la guerra supone un desgaste estratégico. La necesidad de concentrar recursos en el Golfo debilita su capacidad de proyección en otros escenarios clave, como Europa del Este —aunque parezca olvidada, la guerra en Ucrania continúa— o el Indo-Pacífico. ¿Podrían sus aliados comenzar a dudar sobre la fiabilidad de los compromisos de seguridad norteamericanos si no se puede garantizar la estabilidad en una región crítica? Este cuestionamiento alimenta tendencias de autonomía estratégica, especialmente en Europa, donde se reabre el debate sobre capacidades defensivas propias e incluso sobre disuasión nuclear independiente.
China emerge como un actor central en este nuevo contexto. Aunque no se hable tanto del gigante asiático, sigue muy presente. Por un lado, se beneficia de la continuidad de flujos energéticos iraníes a precios potencialmente ventajosos; por otro, observa en tiempo real las capacidades militares estadounidenses en un conflicto de alta intensidad. Además, la crisis refuerza su narrativa: en un mundo interdependiente, el control de cadenas de suministro y recursos críticos puede ser tan decisivo como la superioridad militar. Pekín podría intensificar su estrategia de posicionamiento gradual, aprovechando la distracción y el desgaste occidental.
Rusia, por su parte, encuentra en el conflicto una validación de su enfoque revisionista. La ruptura de normas —ataques selectivos, debilitamiento de marcos multilaterales— normaliza comportamientos que Moscú lleva años practicando. Al mismo tiempo, la subida de precios energéticos refuerza sus ingresos y su margen de maniobra.
En Oriente Medio, los países del Golfo, que habían apostado por convertirse en hubs estables de inversión y logística, descubren su exposición real a un entorno cada vez más impredecible. Esto obligará a redirigir recursos hacia seguridad, resiliencia alimentaria y protección de infraestructuras, en detrimento de ambiciosos proyectos de diversificación económica.
En resumen, el conflicto acelera el deterioro del orden internacional. Las normas que regulaban la guerra se debilitan, la proliferación nuclear vuelve al centro del debate y la cooperación multilateral cede frente a estrategias nacionales de supervivencia: acaparamiento de recursos, restricciones a exportaciones y competencia por suministros críticos. La guerra en Irán marca un punto de inflexión en la globalización tal como la conocíamos: más fragmentada, más volátil y más vulnerable a disrupciones estratégicas. El mundo que emerge de esta crisis será, previsiblemente, más caro, más inseguro y menos predecible.
* Director de Relaciones Institucionales en Lasker
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