Es claro que la estrategia de Gustavo Petro era llegarle a la masiva audiencia de Westcol. Dicen que más de 800 mil personas vieron la transmisión, la mayoría seguidores que resuenan con su ídolo. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿se lo merece este personaje por su trayectoria? Por supuesto que no. Han invitado a la Casa de Nariño al influencer más misógino, machista y homofóbico, con ínfulas de "traqueto reggaetonero".
No llamemos a lo suyo "opinión"; son discursos de odio con todas sus letras. Los mismos que matan gente en la calle son los que él reivindica y reproduce. Petro pudo haber cambiado la estrategia, especialmente viniendo de un luto por el reciente accidente del avión militar. En lugar de solemnidad, hubo fotos, sonrisas y regalos con alguien que ha dicho, entre otras barbaridades, que mataría a un hijo si fuera trans o que las mujeres de Armenia solo sirven para recoger café.
Aunque su historia personal de abandono pueda explicar su resentimiento, no lo justifica. Resulta imposible imaginar a Petro recibiendo con honores a un Polo Polo, quien se burló de las Madres de Soacha, solo porque tiene seguidores. ¿Qué sentirían esas víctimas? Lo mismo sentimos hoy quienes votamos por una agenda diversa y respetuosa: nos hemos tenido que tragar un sapo desagradable.
Petro pudo haber optado por una entrevista virtual, con un tono frío y distante pero cordial. Eso habría enviado un mensaje de coherencia a quienes creemos en un mundo distinto. Estamos seguros de que a Petro, en el fondo, no le agrada Westcol, pues representa todo lo contrario a la agenda progresista. Pero en política las formas también son importantes. Esperemos que figuras como Iván Cepeda, que pretenden continuar con el legado del progresismo, mantengan la entereza que hoy parece haberse desdibujado en el streaming.
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