Hay algo que conviene decir con calma en medio del ruido electoral: la democracia no se agota en el voto. Votar es importante, sin duda; es un acto que condensa una historia de luchas y que sigue siendo un umbral necesario de la vida colectiva. Pero no es suficiente. A veces, incluso, se convierte en una especie de alivio simbólico que nos hace sentir que hemos cumplido, cuando en realidad apenas hemos comenzado.
En Colombia, este gesto se repite cíclicamente con una intensidad particular. Elegimos, cambiamos nombres, renovamos expectativas. Sin embargo, con demasiada frecuencia, lo que permanece intacto es la forma misma en que se ejerce el poder. Y es ahí donde el problema adquiere su verdadera dimensión.
Durante décadas, la política ha estado atravesada por prácticas que erosionan lo público: el personalismo como forma dominante de liderazgo, la descalificación sistemática del contradictor, la ambición sin mediaciones y una cierta disposición a la confrontación que reemplaza el debate. No se trata de desviaciones ocasionales, sino de un patrón que se ha naturalizado y que termina configurando una cultura política que dificulta la construcción de lo común.
Por eso, reducir la discusión a quién gobierna resulta insuficiente. La pregunta de fondo es otra: ¿cómo se ejerce el poder y para qué sirve el Estado en nuestras condiciones concretas? Interrogar esto implica ir más allá de las adhesiones coyunturales y detenerse en los programas, en sus garantías reales, en la capacidad efectiva de quienes aspiran a gobernar para responder a problemas que no son nuevos, pero que hoy se vuelven más urgentes.
Hay, además, un contexto que no podemos ignorar. Vivimos en un mundo atravesado por riesgos crecientes - ambientales, sociales, económicos-, que tensionan la vida cotidiana y exigen respuestas institucionales más complejas. En ese escenario, la fragilidad de muchas de nuestras formas de organización estatal se hace evidente: presencias desiguales en los territorios, capacidades limitadas de ejecución, decisiones que no siempre logran traducirse en transformaciones concretas.
De ahí que la cuestión no sea simplemente cambiar de gobierno, sino revisar las condiciones en las que se toman decisiones sobre lo colectivo. ¿Cómo se prioriza? ¿Quién define lo urgente? ¿Con qué criterios se ejecuta? ¿Qué mecanismos reales existen para rendir cuentas? Estas preguntas, que rara vez ocupan el centro de las campañas, son, sin embargo, las que definen la calidad de una democracia.
Pensar en lo que viene exige, entonces, ampliar el horizonte de la participación
Pensar en lo que viene exige, entonces, ampliar el horizonte de la participación. No basta con concurrir a las urnas; se requiere una ciudadanía que asuma una posición más activa frente a los asuntos públicos, que se interese por la garantía de derechos, por la presencia efectiva del Estado en los territorios, por la equidad económica y por la sostenibilidad de la vida en todas sus formas, no como consignas, sino como problemas concretos que deben ser enfrentados.
Esto implica también imaginar una agenda distinta: menos centrada en la lógica electoral y más en la resolución de problemas; menos anclada en el corto plazo y más atenta a procesos de mediano y largo alcance; más comprometida con resultados verificables que con declaraciones de intención. Pero, sobre todo, implica reconocer que ninguna transformación será posible sin recomponer la relación entre Estado y sociedad.
Esa relación, hoy tensionada y en muchos casos deteriorada, requiere ser reconstruida sobre bases más exigentes: corresponsabilidad, control ciudadano efectivo, transparencia en la información y en la acción pública. Sin estos elementos, cualquier reforma corre el riesgo de quedarse a mitad de camino o de reproducir, bajo nuevas formas, las mismas limitaciones de siempre.
Tal vez por eso conviene insistir, incluso a contracorriente de la inmediatez electoral, en una idea sencilla pero incómoda: el país no solo necesita votar mejor. Necesita pensarse, organizarse y gobernarse de otra manera; porque cuando la política deja de ser un medio para transformar las condiciones de vida y se limita a administrar lo existente, pierde su sentido más profundo y en ese punto, lo que está en juego ya no es solo la calidad de un gobierno, sino la posibilidad misma de construir un proyecto común.
Anuncios.


