Aquí el tema no es el nombre del candidato, tampoco su favoritismo o no frente a algunas encuestas y menos el partido que representan, ni su agenda temática, o su propuesta para el presente y futuro del país, especialmente ahora que hemos dejado atrás las elecciones legislativas y las consultas presidenciales del pasado 8 de marzo.
El "meollo" del asunto, como se diría popularmente para los que manejan pauta publicitaria y desean cautivar las estrategias calculadas del mercadeo político, es: cómo fue la repartición y cómo se invirtieron los millones y millones de pesos para obtener la visibilidad paga del pesado e incierto lenguaje en tiempos de campaña. Tras los resultados del 8 de marzo, la gran pregunta es si esa inversión se tradujo realmente en curules o si la "torta" simplemente se esfumó en ruido digital.
Hacemos un llamado a que esta misión sea responsable, respetuosa, con valor en la ética y buen manejo, basado en narrativas llenas de innovación, calidad en los mensajes y construcción de comunicación asertiva, cerrando el camino a la publicidad engañosa. Todo lo anterior, con transparencia y limpieza, contrario a lo que en redes sociales estaremos sometidos: una polarización en su máxima expresión donde no existirán límites ante las ofensas, las fake news y las injurias, definiéndolo como un paisaje vulgar, semblanza de una sociedad en decadencia.
Y es que los números hablan por sí solos. Según Cuentas Claras del Consejo Nacional Electoral y la Misión de Observación Electoral, en la campaña para la presidencia de 2022 se reportó un gasto de $25.149.017.870. De este, el 72% correspondió a propaganda y publicidad, lo que traduce en una inversión de más de 18 mil millones, una torta dulce y pesada. En Senado y Cámara las cosas no fueron diferentes, registrando una inversión que superó los 42 mil millones de pesos.
La conclusión salta a la vista y muy seguramente en el área comercial se frotan las manos los medios tradicionales, los virtuales y, entre otros, los llamados influenciadores, que multiplican los costos y cuyo valor supera en muchos casos a las demás alternativas. Aquí el llamado urgente es a que esta regadera de inversión publicitaria no contamine los contenidos editoriales de los medios de comunicación, y logren mantener la objetividad noticiosa y el equilibrio que exige no solo la norma, sino la moral y la profesión del periodismo serio.
Sobre los influenciadores, codiciados por agencias de publicidad, no hay buenas noticias. Una encuesta de la firma francesa Ipsos realizada en 2024 arrojó que los políticos y los influenciadores son a quienes menos se les cree. O sea, deben pensarlo más de una vez si quieren contratar influenciadores para manipular la opinión.
Lo cierto es que ya el camino está hecho. Con el cierre de las urnas el pasado 8 de marzo, las cartas para el Congreso están sobre la mesa y los ganadores de las consultas inician una nueva carrera. Ahora, el enfoque de la inversión se traslada hacia el próximo 31 de mayo, día en que los colombianos volveremos a las urnas para elegir al próximo poder ejecutivo. Ya algunos se chupan los dedos, pero si queremos crecer en democracia, será el votante el que elija por encima de recompensas y acomodaciones.
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