Entre la falta de servicios básicos y la normalización del olvido, los habitantes de Río Viejo esperan que el desarrollo deje de pasarles de largo

 - Así es la vida en un pueblo de Bolívar que aprendió a ahogar sus sueños entre rutinarias borracheras

Hay pueblos en Colombia donde el tiempo parece haberse detenido. Lugares donde las mismas conversaciones se repiten año tras año: la luz que falla, el agua que no llega como debería, el alcantarillado que nunca termina de resolverse. Río Viejo es uno de esos lugares.

Pero también es el reflejo de una realidad que se repite en muchos municipios del sur de Bolívar y del Caribe, donde territorios con enormes potenciales naturales y humanos han quedado atrapados durante décadas entre el abandono estatal, la baja inversión y economías locales poco dinámicas.

Los números muestran una realidad difícil. Pero cuando uno camina el pueblo, habla con la gente y observa el día a día, la sensación es que la realidad termina siendo incluso peor que lo que dicen las cifras. El municipio parece haberse quedado detenido en el tiempo. Solo algunas excepciones rompen esa sensación de estancamiento: jóvenes que logran acceder a la universidad en el propio municipio, algunas mejoras en instituciones públicas o pequeños esfuerzos individuales por abrirse camino.

Problemas básicos que siguen sin resolverse

Las necesidades estructurales siguen siendo prácticamente las mismas desde hace décadas. La luz falla. El agua sigue siendo un problema recurrente. El alcantarillado es insuficiente. La conectividad digital es limitada. Son carencias básicas que, más allá de incomodidades cotidianas, terminan convirtiéndose en barreras para el desarrollo. Sin infraestructura mínima es muy difícil atraer inversión, generar empleo o impulsar nuevas actividades económicas.

Hoy el presupuesto local depende casi completamente de las transferencias que gira el Gobierno Nacional. La capacidad de generar recursos propios es muy limitada. No existe una agroindustria que transforme lo que produce el territorio; no hay cadenas productivas que generen valor agregado ni infraestructura suficiente para que nuevas iniciativas puedan consolidarse.

En este contexto, atraer empresas no debería verse como una amenaza, sino como una oportunidad. Las empresas que ya operan en la región —como las del sector de la palma de aceite— pueden jugar un papel mucho más importante. No solo como fuentes de empleo, sino como socios del desarrollo local. Si se articulan mejor con el territorio, pueden abrir caminos para dinamizar la economía e impulsar proveedores locales.

Lo mismo ocurre con otras actividades económicas presentes en la región, como la minería que se desarrolla en municipios cercanos. Integrar a la población local en esas dinámicas productivas es una forma de convertir los recursos del territorio en oportunidades reales. Esto no solo aplica para Río Viejo; municipios cercanos como Norosí, Regidor o Arenal enfrentan desafíos muy similares.

La normalización del abandono

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Existe también un fenómeno silencioso que atraviesa la vida cotidiana del pueblo. La sociedad río viejera, alegre por naturaleza, ha encontrado en la cerveza uno de sus principales espacios de encuentro y esparcimiento. Jóvenes y adultos se reúnen alrededor de ella como una forma de compartir, celebrar y aliviar las dificultades del día a día.

No hay nada de malo en ello. Pero cuando las opciones de recreación, formación y crecimiento son escasas, ese espacio termina ocupando un lugar demasiado grande en la vida colectiva. Se instala entonces una especie de falsa sensación de bienestar, donde la cotidianidad se reduce muchas veces a alcanzar lo necesario para comer y beber, mientras las aspiraciones de desarrollo quedan relegadas.

No es un problema de las personas. Es el resultado de un entorno que durante demasiado tiempo ha ofrecido pocas oportunidades reales para imaginar un futuro distinto. Y así, casi sin darse cuenta, el círculo se repite: la falta de oportunidades termina convirtiéndose en costumbre, y el abandono empieza a parecer normal.

Romper el círculo del abandono

Es uno de los desafíos más grandes que tienen hoy muchos municipios del sur de Bolívar. Los pueblos no pueden seguir funcionando como economías aisladas o cerradas. Hay que abrirse y construir condiciones para atraer inversión. Porque mientras la economía no se dinamice, será muy difícil mejorar de manera sostenida las condiciones de vida.

Río Viejo no puede seguir siendo la tierra del olvido. No porque su gente haya decidido quedarse atrás, sino porque durante demasiado tiempo el desarrollo del país ha pasado de largo frente a sus necesidades. Ningún pueblo cambia su historia esperando que otros lo hagan por él. El desarrollo empieza cuando una comunidad deja de normalizar sus carencias y comienza a exigir, proponer y construir un futuro distinto. Porque los pueblos no se quedan atrás por falta de talento; se quedan atrás cuando el país decide olvidarlos.

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