La campaña presidencial evidencia desmemoria y polarización: discursos incendiarios, figuras cuestionadas y el riesgo de repetir errores políticos del pasado

 - La falta de memoria vuelve a acercar a la Presidencia a la candidata de Uribe y al candidato incendiario sin propuestas

La campaña a la presidencia de Colombia comprueba que el colombiano promedio no tiene ni memoria ni vergüenza, que no aprende de los errores del pasado y que, contra todo pronóstico, en este país lo menos probable puede suceder y repetirse, sin que se madure política y democráticamente. Mientras la justicia condena a quien en un acto de desvergonzada honestidad —la que padece también el guache con Gucci o destripador de gotas de tigre—, se rebautizó como abogánster, su cliente libre de toda culpa —aunque le hizo el encargo—, define el escenario político del país y quién irá a segunda vuelta con Iván Cepeda. En adelante el abogado de marras no será más Diego Cadena, sino Diego Condena. Y otro más en la extensa lista de los que ‘se sacrifican’ por el mesías paisa, al que le tiene sin cuidado ser senador.

Hace apenas cuatro años un viejito millonario, corrupto, belicoso y populista —como casi todo político de raza—, estuvo a 700 mil votos de ser presidente de la República (cuando Fico era el ungido por el patriarca), montado en la cresta de una ola creada con las aspas de una narrativa mediática donde cualquiera era mejor que Petro. Hoy el señor Rodolfo Hernández está tan muerto como su Liga de Gobernantes Anticorrupción y Marelen Castillo, quien lo habría reemplazado en el solio de Bolívar, más perdida que Vicky Dávila en la tarima de Paloma Valencia y que la curul de Gnecco recuperada por el Pacto Histórico. Pero nada parece importar y con discursos incendiarios y narrativas de miedo (encajonadas mientras se logra el objetivo), y una buena dosis de corrupción, aparece otro charlatán y se presenta como salvador de la patria.

Además de lenguaraz, embustero, machista, ególatra, mitómano y un etcétera de adjetivos más amplio que su prontuario, acusado de ladrón por varios delincuentes y criminales a los que prestó sus servicios, Abelardo sigue en los medios, como el loro gigante de Plaza Sésamo: parloteando. Lo increíble no es que él crea que le es posible llegar a la presidencia con ese ‘currículum vitae’ y ese desconocimiento, sino que haya quienes lo consideren una alternativa seria y capaz. Es que ni en las filas castrenses —activas o retiradas— lo quieren y algunos consideran que su saludo militar es una afrenta, tan falsa como sus tres millones de firmas, sus ‘multitudinarias concentraciones’ y su ateísmo circunstancial. Siente asco por la comida popular y desprecio por la gente, o al contrario, pero hay quienes lo consideran opción. ¿Desmemoriados o sinvergüenzas?

Pero si de falsedades se trata, la Paloma que tiene asustado al tigre, no lo está haciendo nada mal. Aunque se debe guardar la esperanza de que en alguno de esos arrebatos ‘furibistas’, poseída por el espíritu y la voz en vibrato de su mentor, abandone ese falso centro y en medio de la calculada mesura electoral, se le salgan otras perlas de su machismo colonial, su rancia estirpe patoja y ese guerrerista abolengo que heredó de su tatarabuelo, un poeta nefasto y de su abuelo, un presidente abominable. Ya olvidó el país aquella bellaquería de proponer dividir el Cauca entre indígenas y mestizos, la mezquindad de hundir reformas sociales o la desfachatez de reconocer que una cosa es el gobierno y otra es el Centro Democrático, mejor dicho, que no importa el títere, sino el titiritero mayor. En suma, otro Duque, pero con falda y luenga guedeja, diría el poeta aquel. ¡Un error que se cometió y podría repetirse!

En lo que a la derecha y el supuesto centro respecta, el resto son el resto. Como todos los perdedores de la “Gran consulta por Colombia”, puros calanchines, figurantes para enredar al prójimo, extras en la película que sueñan ser algún día los protagonistas. Son candidatos que animan las elecciones, esa especie de cortejo fúnebre al que avanza un país que no va a las urnas o va desinformado, movido más por las emociones que por la razón. Es triste que esa, a la que algunos llaman fiesta democrática, sea para esos falsos líderes una fila al cadalso, una hilera de ovejas a la que asustan con el lobo y desconoce que quien primero las esquilma y luego las sacrifica es el carnicero. A no ser que esa mano aciaga decida aplicar el viejo remedio de la muerte a cualquier desventurado para atizar las emociones y ganar las elecciones, la segunda vuelta será entre Iván Cepeda, con todo el apoyo de un gobierno de corte social, y Paloma Valencia, con toda la artillería de una derecha insaciable.

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