El alto funcionario norteamericano Joe Kent expresa con plena claridad al renunciar: “Tras mucha reflexión, he decidido dimitir de mi cargo como director del Centro Nacional Antiterrorista, con efecto a partir de hoy. No puedo, en conciencia, apoyar la guerra que se libra en Irán. Irán no representaba ninguna amenaza inminente para nuestra nación, y es evidente que iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense”.
La deserción de uno de los más fieles seguidores de Trump, hace recordar la declaración que emitiera un año atrás su jefa, Tulsi Gabbard, directora de Inteligencia Nacional, ante el Comité Selecto de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos: "La Comunidad de Inteligencia continúa evaluando que Irán no está construyendo un arma nuclear y que el líder supremo Jamenei no ha autorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003."
Afirmaciones de esa índole concuerdan con las del considerado hoy el mejor periodista de los Estados Unidos, Tucker Carlson, quien acompañó la campaña presidencial del actual presidente, como destacado miembro de su movimiento político MAGA, y quien, abiertamente, desde el comienzo de la guerra iniciada por los Estados Unidos e Israel contra Irán, acusa a Trump de faltar a su palabra, por sumarse sin razón a los planes criminales de Benjamín Netanyahu.
La ruptura en las filas del trumpismo es consecuencia de la decisión de atacar a Irán, sin argumento distinto a las aseveraciones del primer ministro israelí, acción que contó entre sus primeros hechos con el bombardeo a la escuela de Minab, donde murieron cerca de 180 civiles iraníes, entre los cuales se cuentan alrededor de 165 niñas que asistían a clases. A ello se sumó el asesinato del ayatolá Jamenei, sus familiares y otros altos funcionarios iraníes.
Tal y como se desprende de repetidas declaraciones, los objetivos eran tres: derrocar el régimen político de Irán, para que ascendiera al poder un gobierno sumiso a Washington y Tel Aviv, poner fin al supuesto programa nuclear iraní, y, finalmente, destruir el arsenal misilístico de Irán y las fábricas donde se producía. Los agresores confiaban en que, decapitado el Ayatolá, se produciría un levantamiento popular contra la teocracia.
A dieciocho días de iniciada la guerra, ninguno de esos objetivos ha sido cumplido. Irán cuenta con un nuevo ayatolá, precisamente el hijo del inmolado, y su población, antes que dividirse y levantarse, se ha unido por completo alrededor de la defensa del país. Lo del programa nuclear ni se menciona, y, antes bien, ahora, la comunidad internacional tiende a reconocer la importancia para Irán de contar con un arma nuclear. Lo de los misiles resultó un fiasco.
Creían muy inferiores la cantidad y calidad de sus misiles. Y menospreciaron la profundidad de las creencias religiosas del pueblo chiita
Los servicios de inteligencia de los agresores nunca imaginaron la dimensión de la respuesta iraní. Creían muy inferiores la cantidad y calidad de sus misiles. Y menospreciaron la profundidad de las creencias religiosas del pueblo chiita. Como resultado, Irán ha destruido o afectado todas las bases militares de los Estados Unidos en el oriente medio, y, al bloquear el estrecho de Ormuz, ha puesto en serios aprietos el conjunto de la economía occidental.
La tecnología y precisión de los misiles iraníes, que habían mostrado su efectividad en junio del año anterior, ha destrozado el tan elogiado sistema de interceptación de los países atacantes. Tanto la denominada cúpula de hierro, que Israel creía lo hacía invulnerable, como los distintos sistemas de detección y destrucción de los Estados Unidos en la región, han sido puestos en ridículo. Los drones y misiles de Irán golpean incesantemente sus objetivos.
Trump ha hecho todo lo posible porque a la coalición inicial se sumen la OTAN y otras potencias, obteniendo una y otra vez un no sorprendente. Para todos es evidente que la agresión contra Irán fue un error estratégico y táctico. Y una garrafal equivocación política. El gigantesco aparato mediático con el que se pretendió justificar la agresión, resulta impotente ante la contundencia de los hechos. Hasta se duda que Netanyahu siga con vida.
De repente emerge una idea que se expande. Los Estados Unidos, por seguir a Israel, han puesto en gravísimo peligro su predominio político, económico, militar y propagandístico. Se están quebrando. Irán exige a sus vecinos árabes la salida de todas las bases norteamericanas del Oriente Medio. Y admite que el bloqueo de Ormuz solo aplica para los aliados de los Estados Unidos e Israel, haciendo repensar a todos la conveniencia de esas alianzas.
Trump creyó que de veras podía hacer lo que quisiera. Lo ensayó con resultado dudoso en Venezuela, y ahora lo pretende en Cuba, matando miserablemente de hambre a su población. Quiso hacerlo también en Irán, pero se dio de cara contra la pared, revelando su declive ante todos. El mundo es distinto hoy, oímos el estruendo de cosas muy pesadas al caer, igual el susurro ascendente de las otras.
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