Hay candidatos que comienzan una campaña presidencial sumando aliados. Y hay otros que logran algo bastante más original: empezarla perdiéndolos. Iván Cepeda ha elegido esta segunda estrategia, que podríamos describir, con cierta generosidad, como una curiosa innovación política. Porque en política existe una regla elemental que cualquier asesor electoral aprende en la primera reunión de campaña: nadie llega a la Casa de Nariño únicamente con los votos de su propio movimiento. Las elecciones presidenciales en Colombia se ganan construyendo coaliciones amplias, muchas veces incómodas y contradictorias, pero lo suficientemente grandes para reunir mayorías nacionales.
Es una regla simple. Tan elemental que sorprende cuando un candidato decide ignorarla. Eso es lo que empieza a ocurrir con la estrategia política de Cepeda. Su fórmula presidencial de Aída Quilcué puede tener lógica dentro del universo del activismo social del Cauca, donde la senadora tiene trayectoria, reconocimiento y capacidad de movilización, con no pocos cuestionamientos. Nadie discute eso. Pero una campaña presidencial no se diseña para agradar a un movimiento social específico, como el CRIC. Se diseña para ganar elecciones. Y desde esa lógica la respuesta inevitable es brutalmente sencilla: esta decisión resta aliados.
“Una candidatura presidencial no se pierde el día de las elecciones ,se empieza a perder el día que deja de sumar aliados.”
(Giovanni Sartori, teoría de coaliciones electorales)
Cómo ganó Petro en 2022
Conviene recordar algo que muchos dirigentes del petrismo parecen haber olvidado con sorprendente rapidez: Gustavo Petro no llegó a la presidencia únicamente con los votos del Pacto Histórico. Si así hubiera sido, seguiría pronunciando discursos en el Senado. Petro ganó en 2022 porque hizo exactamente lo contrario de lo que hoy hace Cepeda. Entendió que la izquierda colombiana llevaba décadas encerrada en su propio electorado y que, si quería llegar al poder, debía romper ese aislamiento político
Esa mezcla pragmática, contradictoria y políticamente astuta, permitió que la fórmula Petro–Francia Márquez superara los once millones de votos. La izquierda llegó al poder, paradójicamente, dejando de hablar únicamente consigo misma.
La coalición que hoy ya no existe
Cuatro años de gobierno suelen ser suficientes para que las coaliciones electorales empiecen a resquebrajarse. Las promesas de campaña se enfrentan a la realidad administrativa, las reformas generan resistencias y los conflictos políticos comienzan a acumularse.
Durante este tiempo el gobierno Petro ha tenido confrontaciones abiertas con partidos políticos, con sectores empresariales, con instituciones del Estado y con buena parte de los liderazgos regionales que en algún momento facilitaron su llegada al poder. El resultado es bastante evidente: la coalición que llevó al petrismo al poder ya no está intacta.
El error estratégico de reducir la coalición
En ese escenario lo que cabría esperar de un aspirante presidencial sería un esfuerzo por reconstruir alianzas, tender puentes y ampliar el espectro político. Sin embargo, la señal que parece estar enviando la estrategia de Cepeda apunta en la dirección contraria.
“El entusiasmo militante llena plazas; las mayorías nacionales ganan presidencias.”
(Joseph Schlesinger, teoría de competencia electoral)
Cuando los partidos tradicionales empiezan a mirar para otro lado
Los partidos tradicionales pueden ser muchas cosas, pragmáticos, oportunistas, imprevisibles, pero rara vez son ingenuos. Cuando observan una candidatura presidencial lo primero que se preguntan es si esa campaña tiene posibilidades reales de ganar. Si perciben que una candidatura se encierra en una narrativa demasiado ideológica o demasiado regional, comienzan a hacer cálculos.
La candidatura que empieza a hablar sola
Aquí aparece la paradoja más llamativa de esta estrategia. El Cauca se ha convertido desde hace años en un epicentro permanente del activismo político nacional. De allí salen mingas, marchas y caravanas que llegan a Bogotá para presionar decisiones nacionales. Todo eso forma parte del debate democrático.
El problema aparece cuando una campaña presidencial parece empezar a creer que Colombia se gana electoralmente desde el Cauca. Colombia tiene más de cincuenta millones de habitantes y una diversidad política enorme. Pensar que una narrativa regional puede convertirse por sí sola en mayoría nacional es, por decirlo suavemente, optimista.
“Una campaña que habla solo con los convencidos ya dejó de ser mayoría posible.”
(Anthony Downs, teoría del votante mediano)
El tiro en el pie
Por eso el problema de fondo no es Aída Quilcué. El problema es la lógica estratégica que su aparición representa dentro de la candidatura de Cepeda. Una campaña presidencial necesita sumar aliados, no perderlos; necesita ampliar su conversación política, no encerrarse en un solo sector.
Y en política las rutinas suelen terminar mal. Porque cuando una campaña comienza perdiendo aliados antes incluso de empezar la contienda electoral, el desenlace suele ser bastante claro: no es una candidatura que avanza hacia la presidencia, sino una que ha decidido, con notable disciplina estratégica, dispararse en el pie y luego preguntarse por qué le cuesta caminar. Ahí nace la narrativa del robo de las elecciones, tema predilecto de Gustavo Petro.
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