Decidiremos si Colombia sigue por la democracia representativa, los contrapesos y la libertad económica, o si empezará a desmontar principios que la han sostenido

 - Lo que defenderemos

Estamos a días de una contienda presidencial que será determinante para el futuro de varias generaciones de colombianos. Si bien cada cuatro años elegimos al gobierno nacional, esta vez, más que nunca, lo que ocurra moldeará a Colombia de una manera crítica.

De una parte, porque las opciones que se han presentado a los electores no podrían ser más disímiles. En estas votaciones no vamos a decidir entre variaciones de una misma forma de ver el Estado y su relación con los particulares, sino que tendremos que escoger entre tres caminos completamente irreconciliables entre sí.

De otra parte, porque luego de un período completo de un gobierno de izquierda, lo que suceda para Colombia, si esa es nuevamente la opción que escogen los colombianos, podría llevarnos en esa dirección de manera casi irreversible en el corto plazo.

Lo que defenderemos

En mi caso, sigo pensando que es una bendición que nuestra democracia habilite e impulse que todos puedan tener voz. Pero con la misma convicción espero que gane alguien que nos lleve por la ruta del mejor vivir y del mejor futuro para cada uno y para todos.

En ese orden de ideas, es inaplazable ratificar, con los dos pulmones y la garganta, cada una de nuestras profundas creencias. Yo creo y votaré por quienes creen en las inmensas bondades de nuestro modelo de organización económica y social, y me aterra que fuéramos testigos de su destrucción.

Creo en la democracia representativa, universal, secreta y directa. Creo en la democracia sin filtros ni precondiciones. Esa democracia asegura la igualdad entre los seres humanos, es la mejor forma de garantizar que el bien general prime sobre el particular y evita que las decisiones públicas se distorsionen por agendas ideológicas excluyentes.

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Y, más importante aún, esa democracia garantiza que quienes comiencen a dañar el país puedan ser removidos rápidamente, antes de que las torpezas o el populismo lleguen a extremos.

No comulgo con la idea de reemplazar la voz del pueblo, bajo la excusa de sacar a los privilegiados del poder, mediante criterios selectivos y excluyentes que trasladen las decisiones a subcomités, comunas, grupos o cualquier otra forma de cooptación.

Creo también en el poder local como una manera de asegurar que se entiendan las necesidades cercanas, como una forma de devolver el poder a las personas y como una inmejorable herramienta de fiscalización de los gobernantes.

Contar con un legislativo, un ejecutivo, un judicial y entidades independientes como el Banco de la República, así como con sistemas de balances y contrapesos, es crítico para evitar los fascismos.

Estoy convencido de que el control implícito en que el presupuesto deba presentarse por el Gobierno pero sea analizado en el Congreso, así como que la junta directiva del Banco de la República sea la voz decisoria para controlar la inflación y la política monetaria, sirven de freno al gasto sin sentido y a la tentación de mal utilizar las reservas internacionales o la máquina de imprimir dinero.

Pienso que la competencia y la libre empresa son la mejor garantía del funcionamiento eficiente de la economía y de la prosperidad del país.

Las intervenciones excesivas, la estatización y los controles de precios y calidades terminan llevando al desabastecimiento de todo, incluidos alimentos y medicinas.

No tengo duda de que la propiedad privada, en particular de los medios de producción, es fundamental para que existan los incentivos a la creatividad empresarial, la libre competencia, la investigación y el desarrollo, y para que podamos identificar y materializar las ventajas competitivas del país.

Colombia ha logrado superar condiciones más exigentes que las que muchas naciones han enfrentado, y lo hemos hecho sin sacrificar aquello en lo que creemos ni lo que nos hace una nación inmensa en todos los sentidos.

No tengo ninguna duda de que lo volveremos a hacer.
Y lo haremos bien, otra vez.

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