Crecí rodeado de mujeres y hoy sigo siendo minoría en casa. Las elecciones del 8 de marzo me obligaron a responder una pregunta simple de mi hija: ¿ganaron las mujeres en la política colombiana?
Desde niño crecí siendo minoría. Sí, minoría. Soy el único hombre en un pequeño matriarcado construido por el amor de mis padres. Crecí entre mujeres que mandaban y se protegen: mi madre, mis hermanas, mis tías, mis abuelas. Aprendí temprano que el mundo se entiende mejor cuando uno escucha cómo lo ven ellas.
Los años pasaron, y la vida tuvo un curioso sentido del humor conmigo. Hoy soy padre y, para sorpresa de nadie, empaté, lo que realmente significa que sigo siendo minoría en casa. Las conversaciones, las discusiones los eventos, las prioridades y hasta los silencios están gobernados por la mirada femenina.
Anoche, mientras el país digería los resultados electorales del 8 de marzo, en mi casa ocurrió algo muy colombiano: nos acostamos discutiendo de política. Mi suegro y yo tratábamos de descifrar si habíamos ganado o perdido, lo cual siempre depende, por supuesto, de quién haga la cuenta. Él piensa distinto a mí, por lo cual en mi familia hay que procurar la mejor garantía de democracia doméstica.
Pero la conversación que realmente me hizo pensar ocurrió esta mañana, durante el desayuno. Mi hija Sarita, con la naturalidad con la que los niños hacen preguntas enormes, me preguntó: Papi, ¿ganaron mujeres en las elecciones?
La pregunta parecía simple. Pero responderla bien exige mirar más allá de los titulares y de mis propias cuentas. Así que decidí poner las IA’s a trabajar y busca datos. Apiádense de mí, puede que defienda a varios de los más importantes políticos del país, pero, en sí no me vuelve estadista ni mucho menos un analista.
Lo que me gustó mucho y sé que a Sarita y MariaAle también les gustará, es que las elecciones del 8 de marzo no solo eligieron congresistas y definieron candidaturas presidenciales, dejaron ver algo más valioso y es, cómo está cambiando y cómo sigue resistiéndose a cambiar, el poder femenino en la política colombiana.
Empecemos por el dato que nadie discute y que me encanta: Hoy hay más mujeres en el Congreso que hace ocho años. En 2018 el Senado tenía apenas 23 senadoras. En 2022 fueron 32. Los resultados preliminares de 2026 sugieren cerca de 90 mujeres entre Senado y Cámara, alrededor del treinta por ciento del Congreso, aún sigue siendo poco en un país donde la mayoría de la población son mujeres no hombres.
No es la paridad soñada por los movimientos feministas, pero tampoco es poca cosa. La política colombiana, durante décadas, fue un club casi exclusivo de hombres. Cada mujer que entra a ese escenario amplía un poco el horizonte para las que vienen detrás. Pero el número, por sí solo, cuenta solo una parte de la historia. Para entender lo que ocurrió el 8 de marzo hay que distinguir tres formas de poder que coexisten en la política colombiana.
La primera es el poder territorial. Es el poder de los votos propios, de las redes regionales, de las maquinarias electorales que se construyen durante años recorriendo municipios, resolviendo problemas y ganándose la confianza de comunidades enteras.
La segunda es el poder ideológico o mediático. Es el que nace de la visibilidad pública, de las ideas, de la capacidad de marcar el debate político en medios y redes sociales.
La tercera es el poder institucional: el que se acumula desde el ejercicio del Estado, desde ministerios, alcaldías o liderazgo dentro de las bancadas legislativas.
Las mujeres que triunfaron en estas elecciones tienen al menos dos de esos poderes. Las que se quedaron en el camino dependían de uno solo.
El ejemplo más claro del poder territorial es Nadia Blel Scaff, senadora conservadora por Bolívar y la mujer más votada del Senado. Con cerca de ciento setenta y nueve mil votos, su elección demuestra que el poder político no siempre nace en los estudios de televisión ni en los hilos de Twitter. Se construye caminando barrios, escuchando comunidades y consolidando redes territoriales que sobreviven a cualquier tormenta política.
Norma Hurtado, del Partido de la U en el Valle del Cauca, representa otra versión de ese mismo fenómeno. Su liderazgo no se basa en el espectáculo político sino en una mezcla de trabajo legislativo, conocimiento técnico y presencia constante en su región.
Bogotá, en cambio, cuenta otra historia. La capital es la fábrica de liderazgos visibles, pero también el lugar donde más rápido se desgastan. La caída electoral de Katherine Miranda y Angélica Lozano muestra lo difícil que se ha vuelto el espacio político intermedio en una sociedad cada vez más polarizada. En un sistema donde el debate público se organiza alrededor de bloques cada vez más definidos, las figuras bisagra lo tienen cada vez más difícil.
El caso de Vicky Dávila ilustra otro fenómeno interesante. Su candidatura a la consulta de la derecha partía con una ventaja evidente: enorme visibilidad mediática y una base de seguidores construida durante años en televisión y redes sociales. Pero la política electoral exige algo más que audiencia y palabras libreteadas. La fama no siempre se convierte en votos organizados.
La derecha también dejó una paradoja interesante. Las dos mujeres más poderosas de la jornada provinieron de sectores conservadores. Nadia Blel consolidó su liderazgo territorial en el Senado, mientras Paloma Valencia ganó la Gran Consulta por Colombia con una votación impresionante que combinó estructura partidista y voto de opinión.
Valencia logró algo que pocas candidaturas femeninas habían conseguido antes en Colombia: convertir un liderazgo ideológico en una fuerza electoral competitiva.
En contraste aparece la figura de María Fernanda Cabal, durante años una de las voces más visibles de la derecha dura. Su trayectoria demuestra que el liderazgo basado exclusivamente en la confrontación ideológica puede generar visibilidad, pero no siempre construye poder político duradero.
En la izquierda el panorama es distinto. El Pacto Histórico llega al Congreso con una de las bancadas femeninas más articuladas ideológicamente. Carolina Corcho liderará desde el Senado una agenda centrada en la reforma del sistema de salud y las políticas sociales. A su lado, Aída Avella aporta el peso simbólico de una vida entera dedicada a la lucha política.
Lo interesante es que ese liderazgo funciona de manera colectiva, no alrededor de una sola figura. Entonces, ¿ganaron las mujeres en estas elecciones? Sí. Ganaron más espacio, más representación y más protagonismo. Pero también dejaron claro que el poder político, como cualquier otro poder, no es homogéneo.
Hay mujeres que llegan con maquinaria territorial, otras con liderazgo ideológico, otras con experiencia institucional. Todas ellas, a su manera, están reescribiendo el mapa del poder colombiano. Cuando Sarita terminó su desayuno, me volvió a mirar esperando la respuesta.
Le dije que sí, que cada vez hay más mujeres en la política colombiana. Pero que, lo más importante no es solo cuántas llegan. Lo importante es que cada vez más de ellas llegan para quedarse.
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