Esa decisión que afecta a toda la humanidad y, sin embargo, está en manos de muy pocos. ¿Sobre qué bases les hemos dado esa confianza?

No existen razones objetivas que nos lleven a sentirnos confiados en que la capacidad nuclear esté bien en manos y bajo el criterio de países que, solo por su mismo poder bélico, han resuelto, por sí y ante sí, que pueden decidir por todos nosotros qué naciones cuentan con ese tipo de armas, en qué cantidades y bajo qué condiciones.

El ideal

Ninguna nación debería tener el poder de destruir toda la vida que existe en el planeta en que vivimos. Nadie.

Si, por desgracia, como ya sucede, ese poder de la muerte apareció y se mantiene, la posibilidad de usarlo debería corresponder a un grupo de personas que no respondan a intereses individuales de ningún país, ninguna secta, ningún credo, ninguna agenda económica o, en general, a ningún norte distinto del bienestar y la paz de todos los seres humanos.

Los que nos tocó

Entre los países que han acumulado ese horror están Rusia, Estados Unidos, China, Francia, el Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte. Y, al hacer un inventario de las razones por las cuales esos precisos países son una equivocación para guiar el destino de la Tierra en ese ámbito, las reúnen todas:

Completo olvido de la ONU y su institucionalidad

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Por acción y por negligencia, han debilitado el sueño de que la Organización de las Naciones Unidas sería el escenario donde se tomarían las decisiones sobre guerra y paz que salvarían a la humanidad de una tercera guerra mundial.

Por su comportamiento, no ha existido, salvo el conflicto interno colombiano en años recientes, un escenario relevante en el que la ONU haya tenido verdadero protagonismo. Y en los eventos más recientes de guerra es dramática la falta de liderazgo de la Organización.

Retiro de organizaciones multilaterales

Con el argumento de que no sirven a los intereses nacionales y que se dedican a una agenda “global”, entre todos suman casi cien entidades multilaterales de las que se han retirado, que han bloqueado o que han amenazado financieramente.

Más allá del egoísmo que ello implica, muestra el tono de la agenda nacionalista internacional que, para lástima de las generaciones jóvenes, se impondrá por lo menos durante una década más.

Cese de ayudas humanitarias

Algunos seguimos creyendo que la humanidad es una. Nos duele lo que les pasa a otros. Y en ese dolor no miramos pasaportes ni dónde pagan impuestos quienes sufren.

Otros, como los que se autoarropan con la capacidad nuclear, hoy miran hacia otro lado.

Fin del apoyo al desarrollo de países que lo necesitan

Hubo un tiempo en que se entendió que una de las maneras más poderosas de evitar revoluciones violentas era logrando desarrollo e igualdad en los países periféricos.

Esa convicción se acompañó de programas técnicamente estructurados y financieramente sólidos de desarrollo local.

Ahora, esos mismos gobiernos ven en todas las relaciones un juego de suma cero: ganar o perder. Han reducido casi todos los recursos y programas con los que devolvían a países pobres oportunidades que ellos ya tuvieron, en gran parte gracias al uso de recursos ajenos.

Ataques en mar, sin fórmula de juicio, y ocupación de terceros países

Unos defendemos la regla de derecho, tanto en los asuntos internos como en las relaciones entre países. Para nosotros, el poder de las armas no es una razón. La posibilidad de matar no es un argumento. La fuerza del dolor no es una norma habilitante.

Pero vemos que quienes acumulan armas nucleares piensan diferente. Para ellos, tener esa fuerza los habilita para decidir el bien y el mal. Sin acudir a jueces y sin esperar que opere la justicia, asumen como propias causas que consideran justas y, ¡bum!, derrocan regímenes, sentencian de facto a jefes de Estado o funcionarios de otras naciones, o destruyen embarcaciones que les parecen amenazantes.

Negativa a someterse a la justicia supranacional

Algunos de estos países se han negado sistemáticamente a ser parte de la Corte Penal Internacional, bajo el argumento de que sobre sus cortes no puede existir otra o que su soberanía es tan absoluta que no puede fragmentarse de esa manera.

Con todo ello, reitero mi angustia: ¿sobre esos cimientos podemos construir el edificio de la confianza que se requeriría para que unos pocos, no todos los países, decidan quién puede tener poder nuclear y cuándo usarlo?

Yo no.
No lo creo.
Y no me dan confianza.

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