La Junta de Paz que el presidente Donald Trump diseñó originalmente para orquestar la reconstrucción de Gaza y lanzó en enero en Davos, tiene ahora un objetivo más amplio: resolver conflictos armados en todo el mundo.
Esta ampliación de propósito ha sido un talón de Aquiles porque reabre el debate acerca del papel de la ONU. La Junta de Paz es prácticamente una organización paralela, cuya misión se parece mucho a la de la ONU, y ha sido especialmente criticada por parte de la Unión Europea. En concreto, Francia, Noruega y Suecia rechazaron formalmente la invitación que recibieron para sumarse a la iniciativa.
Otra preocupación entre los Estados invitados a formar parte es la estructura de la Junta: Trump es su único presidente y también representa a su país. Por debajo de su autoridad, la Junta está compuesta por Estados miembros, que deciden el presupuesto y negocian decisiones conjuntas. Luego está el Directorio Ejecutivo, integrado por siete personas seleccionadas por Trump, entre las que están: el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio; el presidente del Banco Mundial, Ajay Banga; su yerno, Jared Kushner; y su enviado especial para el Medio Oriente, Steve Witkoff. Su función es implementar las decisiones de la Junta.
Lo cierto es que casi 60 países fueron invitados a unirse a la Junta de Paz, de los cuales, al final 19 aceptaron firmar la carta constitutiva, y algunos más se pegaron después, aunque en la sesión inaugural en Washington este jueves 19 de febrero se contaron 47, entre participantes y observadores.
Tres países latinoamericanos que están en la órbita de Trump aparecen en la lista: Argentina, con Javier Milei a la cabeza; El Salvador, presidido por Nayib Bukele, y Paraguay liderado por Santiago Peña. Marruecos y Egipto son los países africanos presentes y, por pate de la Unión Europea, los representantes son Hungría y Bulgaria. Es un grupo que tiene en común sus nexos con Washington y en el que es notoria la ausencia de Palestina y de miembros permanentes del Consejo de Seguridad como Francia, Reino Unido, Rusia y China.
En conjunto los 24-27 países que finalmente están en la Junta representan alrededor de 1.500 millones de habitantes, es decir el 18 % de la población mundial. Esta proporción es mucho menor que la de organismos como el G-20 o el BRICS. El grupo distingue por la alta concentración de gobiernos autoritarios entre sus miembros: 20 de los que lo componen están gobernados por regímenes de este tipo, la mitad de los cuales se consideran autocracias cerradas donde las libertades son limitadas y las elecciones —cuando existen— están estrictamente controladas.
La bandeja de las donaciones
La membresía permanente en la Junta de Paz vale 1.000 millones de dólares y Estados Unidos entrará con 10.000 millones, según lo dicho por Trump. En la sesión, realizada en Washington en el Centro que hoy lleva su nombre, Trump pasó la bandeja para las donaciones y Kazajistán, Azerbaiyán, Emiratos Árabes Unidos, Marruecos, Bahrein, Qatar, Arabia Saudí, Uzbekistán y Kuwait, aportaron más de 7.000 millones de dólares. La Fifa, con Infantino presente en la reunión, recaudará un total de 75 millones de dólares para proyectos en Gaza relacionados con el fútbol. Japón dice que se encargará de los aportes en su región, e Indonesia enviará 5.000 soldados.
Ante los líderes que fueron a la primera cita de la Junta, Trump se fue de frente contra la ONU diciendo que “no han estado a la altura de ocho guerras”, aunque matizó anunciando que se encargará de fortalecerla, pero sembrando inquietudes pues sugirió la idea de que sea la Junta de Paz la que supervise a la ONU. Los países europeos no dudan que la Junta de Paz debilita a la ONU.

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