Gustavo Petro se ha convertido en un verdadero fenómeno político no solo en Colombia, sino también a nivel internacional. En un mundo que parece encaminarse hacia la guerra, Petro es quizá el único mandatario que insiste en hablar de paz, amor y reconciliación de la humanidad.
Esto ha quedado demostrado en la última encuesta realizada por el Centro Nacional de Consultoría (CNC) y revelada por los medios de comunicación el pasado 25 de enero de 2026: el actual presidente goza de un 48,8 % de imagen positiva entre los colombianos. Según analistas, medidas adoptadas a finales de 2025 —como el aumento del salario mínimo, la reducción en el precio de la gasolina y el decreto que eliminó una prima injustificada a los congresistas— han contribuido a que la percepción de su gestión sea tan favorable, a tan solo siete meses de terminar su mandato.
Petro no es solo un fenómeno que gana adeptos en la recta final de su gobierno; también genera temor entre sus contradictores políticos. Hoy, cuando se acerca la contienda electoral por la presidencia de la República, esos niveles de aprobación se reflejan en el candidato que busca dar continuidad a la actual administración. Su correría política convoca multitudes, llena plazas públicas y se acompaña de un coro que proclama desde ya la victoria del oficialismo.
Por parte de la oposición, sus candidatos siguen sin conectar con el electorado. No presentan propuestas claras de gobierno y se han limitado a criticar a la actual administración, acusando a Petro de blasfemo y vulgar, o señalando a Cepeda de afinidad con el castrismo. En realidad, no hay nada nuevo en sus discursos. El miedo que les ha generado Petro ha llevado a algunos candidatos opositores a recurrir a gestos populistas: comer tomates en ventas callejeras, vestir prendas ancestrales o cambiar los restaurantes de estrella Michelin por las populares ventas de comidas callejeras, conocidas en los barrios como los “palacios del colesterol”.
Es difícil derrotar a un gobierno cuyo discurso tiene como eje central al campesinado, a los jóvenes y a las mujeres sin oportunidades. El hundimiento de reformas y la negación de decretos, como la emergencia económica, a través de acciones judiciales, no hacen más que darle oxígeno al fuego del petrismo, que se fortalece con el paso de los días.
En las últimas semanas se ha vuelto tendencia en redes sociales la celebración de jóvenes soldados y médicos practicantes al recibir su primer sueldo. Son escenas que quedarán en la memoria de quienes, en años anteriores, veían negado el derecho a una remuneración por su trabajo. Soldados que arriesgan sus vidas y que antes pedían agua en las carreteras hoy son dignificados con un salario. ¿Cómo competir contra eso?
En el pasado, médicos practicantes y jóvenes soldados no eran más que simples explotados: unos, bajo la falsa promesa de que una libreta les abriría las puertas al mercado laboral; otros, obligados a ganar experiencia para acceder al incierto mundo de los trabajadores colombianos.
Petro no solo es un fenómeno en las encuestas: en las calles lo demuestra. Su posible sucesor ya goza de ese respaldo, evidente en las plazas llenas y en la multitud que corea su nombre como el próximo presidente.
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