La polarización política oculta los problemas reales de Colombia

Colombia ya no debate ideas: se divide por políticos. Mientras la polarización consume al país, los problemas reales de las regiones siguen esperando soluciones

Por: German Torres Aguilera
enero 31, 2026
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La polarización política oculta los problemas reales de Colombia

En Colombia, la política dejó de ser un escenario para la construcción colectiva y se convirtió en un detonante de fractura social. Hoy no solo se discuten ideas o modelos de gobierno; se normaliza el maltrato, se justifica el insulto y se legitima el odio entre ciudadanos que comparten una misma historia y un mismo territorio. La sociedad colombiana no se está enfrentando por proyectos de país; se está enfrentando por políticos, por liderazgos que han reducido el debate público a una confrontación emocional y peligrosa.

La crítica a los gobernantes y a los gobiernos de turno, que es pilar esencial de toda democracia, ha sido empobrecida hasta convertirse en una lógica binaria. En el imaginario colectivo ya no existen los matices: se es petrista o se es uribista. No importa el argumento, no importa el contexto, no importa la evidencia. Importa la etiqueta. Pensar distinto incomoda; cuestionar al propio bando se castiga. Así, la discusión pública pierde profundidad y la democracia pierde calidad.

Esta reducción del pensamiento político no es casual. Durante años, sectores del poder han encontrado en la polarización una herramienta eficaz para mantenerse vigentes. El miedo, la rabia y la descalificación resultan más movilizadores que la explicación técnica o la planeación de largo plazo. En lugar de propuestas, se construyen enemigos; en lugar de consensos, se fomentan trincheras. La política, que debería unir en la diferencia, hoy separa con violencia simbólica.

Como consecuencia, la política en Colombia dejó de ser un ejercicio de ideas y se transformó en un escenario dominado por maltratos, injurias y calumnias. El debate fue reemplazado por el ataque personal. Las redes sociales se convirtieron en tribunales sin garantías, donde se condena sin pruebas y se destruyen reputaciones con una facilidad alarmante. El adversario político ya no es un contradictor, es un enemigo al que hay que aniquilar moralmente.

Mientras tanto, el país real permanece en segundo plano. Los problemas estructurales continúan sin solución: la desigualdad, la pobreza, la falta de oportunidades, la inseguridad, la corrupción y el abandono estatal. La sociedad se desgasta peleando entre sí, mientras las verdaderas discusiones —cómo cerrar brechas, cómo aprovechar el territorio, cómo garantizar derechos— quedan relegadas.

He recorrido Colombia y esa experiencia ha marcado profundamente mi forma de entender el país. Conocer el territorio permite comprender que Colombia no cabe en un discurso ideológico ni en una consigna partidista. El país es diverso, complejo y profundamente desigual. Escuchar a la gente en las regiones deja claro que las discusiones políticas que dominan el debate nacional están desconectadas de las necesidades reales de millones de colombianos.

La Guajira es un ejemplo contundente. Durante años ha sido presentada únicamente como símbolo de abandono y tragedia y, aunque esa realidad no puede negarse, también es cierto que se trata de una región estratégica para el futuro del país. Su potencial energético, cultural y turístico es enorme. Allí no se necesita una discusión eterna sobre quién gobierna, sino decisiones estructurales que garanticen agua, seguridad alimentaria, infraestructura y oportunidades reales.

El Chocó representa una de las mayores contradicciones de Colombia. Es una de las regiones más ricas en recursos naturales y, al mismo tiempo, una de las más pobres. Si el país supiera conocer su propio territorio y planificar con visión de largo plazo, el Chocó podría consolidarse como uno de los principales puertos del país y como una zona estratégica para el desarrollo económico y logístico. Es una región con vocación de biodiversidad, riqueza natural y conexión con el mundo, pero históricamente relegada.

El Pacífico colombiano, en su conjunto, es quizá la muestra más clara del divorcio entre el discurso político y la realidad territorial. Esta región es clave para el comercio internacional y la integración con el Asia-Pacífico. Sin embargo, sigue siendo tratada como periferia. Allí la gente no debate sobre ideologías ni sobre líderes nacionales; debate sobre cómo sobrevivir y cómo acceder a servicios básicos.

En este recorrido territorial, los Montes de María ocupan un lugar especial. Esta subregión, marcada por una historia profunda de violencia, resistencia y abandono, representa una de las mayores riquezas sociales, culturales y productivas del país. No son solo memoria del conflicto; son tierra fértil, identidad campesina y potencial agrícola.

Los Montes de María demuestran que Colombia no necesita más discursos de confrontación, sino políticas que reconozcan la dignidad del campo y fortalezcan a las comunidades. Pueden ser ejemplo de reconciliación, desarrollo productivo y cohesión social si se les acompaña con seriedad y continuidad.

Los Llanos Orientales representan otra de las grandes deudas históricas del país, pero también una de sus mayores oportunidades. Esta región, estigmatizada durante años por el conflicto armado, es un vasto territorio de productividad, biodiversidad y trabajo campesino. Allí, como en muchas regiones del país, la gente no discute sobre ideologías; discute sobre vías, acceso a mercados y presencia real del Estado.

En todos estos territorios hay un denominador común: la gente no pide un salvador ni un caudillo. Pide soluciones, ser escuchada y que el país se piense más allá de un periodo presidencial. El ciudadano común no vive de la pelea ideológica; vive de su trabajo, de su territorio y de sus oportunidades.

Colombia es mucho más grande que cualquier gobernante y mucho más importante que cualquier proyecto personal de poder. Sin embargo, la sociedad parece haber olvidado esa verdad elemental. Nos estamos matando simbólicamente por políticos que pasan, mientras el país permanece. Recuperar la política como un espacio de ideas, respeto y construcción colectiva es una tarea urgente.

Colombia no puede seguir atrapada en una guerra política que solo beneficia a quienes viven de la confrontación permanente. El verdadero reto nacional no es escoger entre nombres propios, sino construir un proyecto de país que reconozca su territorio, escuche a su gente y piense en el largo plazo.

Porque ningún mandatario es más importante que Colombia. Y ningún gobierno puede reemplazar la necesidad urgente de unirnos como nación para construir el país que aún estamos en deuda de ser.

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