La conversación política en Colombia se ha convertido en un mecanismo que gira en el vacío. No se trata únicamente de una crisis de votos, sino de una crisis del espacio vital. Siguiendo a Melina Varnavoglou, el colombiano habita hoy entre el hartazgo digital y una sospecha permanente que corroe el espíritu. ¿Cómo recuperar la capacidad de imaginar un futuro cuando el presente se experimenta como una repetición constante del desastre?
Desde una óptica filosófica, la política en Colombia ha dejado de ser el arte de vivir juntos para transformarse en una violencia del lenguaje. Hemos pasado de la búsqueda del bien común a una dinámica de miedo y fatiga que ha fragmentado el horizonte contemporáneo. Ya no se pretende transformar la realidad, sino destruir la percepción del otro.
El exilio de la verdad en la era del algoritmo
La democratización tecnológica, lejos de liberar al ciudadano, lo ha encadenado a una caverna digital. La política se ha despojado de su carácter humano —esa esencia oral de recorrer la calle y reconocer la mirada del prójimo o del desconocido— para refugiarse en el frío código de las redes sociales. Lo que antes era dialéctica y persuasión, hoy funciona como una maquinaria de resentimiento.
El sentir colombiano actual está marcado por una profunda soledad intelectual. Asistimos al espectáculo de “verdades” construidas sobre escombros de mentiras, donde la coherencia ha sido sacrificada en el altar del cálculo electoral. Como advertía Hegel en la Fenomenología del Espíritu, nos encontramos en una “complejidad oscura” entre gobernantes y gobernados: un margen de acción donde la venganza y el descontento han sustituido a la justicia y la libertad.
El mercado del hambre y la esperanza
Bajo la superficie de las ideologías subyace una tragedia humana más profunda: el uso de la economía como herramienta de domesticación. La política contemporánea se disfraza de soluciones sociales mientras manipula el valor de lo básico, buscando adeptos que perpetúen el poder en lugar de ciudadanos que ejerzan su autonomía. Se trata de un pseudo-socialismo atrapado en una lógica capitalista feroz, una contradicción que desorienta el alma nacional.
La política es, ante todo, la condición de posibilidad del futuro. Si la política es conversación, en Colombia el diálogo ha muerto para dar paso al ruido. Estamos fatigados de la repetición, reducidos a etiquetas que nos incapacitan para sentir empatía por el dolor ajeno.
Conclusión: el retorno a lo humano
Reconstruir la política en esta Colombia convulsionada no es un asunto de métodos, sino de ética existencial. Internet ha democratizado la información, pero ha atomizado la verdad. El reto del sentir colombiano hoy es rescatar la política de las garras de la posverdad y devolverla al terreno de lo honesto y lo justo. Solo regresando a la palabra —esa que reconoce la fragilidad humana— podremos dejar de eliminarnos simbólicamente en el andamio de las posibilidades perdidas.
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