Sonia Restrepo llegó a Paipa cuando el lugar ya estaba cercado por cintas, uniformes y silencios incómodos. Era la tarde siguiente al accidente aéreo que, pocas horas antes, había terminado con la vida del cantante de música popular que durante más de una década había sido su compañero. No había cámaras esperándola ni declaraciones previstas. Sonia avanzó despacio, acompañada por familiares, con el rostro contenido de quien todavía no logra entender en qué momento la rutina se volvió tragedia. En ese punto del potrero, donde la aeronave no logró levantar vuelo, también aterrizaba de golpe una historia personal construida lejos del ruido, sostenida durante años en la constancia y no en el espectáculo.
Lea también: Video | Así fue el accidente en el que murió Yeison Jiménez
Durante más de diez años, Sonia Restrepo fue la pareja de Yeison Jiménez. No fue una relación nacida bajo reflectores ni moldeada por el éxito. Se conocieron cuando él todavía no era una figura reconocida y ella apenas comenzaba la adultez. El primer encuentro ocurrió en Manizales, en una presentación pequeña, de esas que no prometen nada más que un pago modesto y la esperanza de volver a cantar. Ella tenía 18 años; él, 22. No hubo ceremonia ni señales de destino. Fue una coincidencia simple, un cruce de miradas en un evento menor, en una ciudad donde nadie imaginaba que ese joven cantante terminaría llenando escenarios y encabezando carteles.
Después de ese primer contacto, la relación no se volvió inmediata ni fácil. Durante un tiempo se vieron esporádicamente. Él seguía intentando abrirse paso en la música popular; ella ya era madre de una niña pequeña, María Camila, y tenía claro que su vida no podía girar alrededor de promesas frágiles. Cuando Yeison tuvo que radicarse en Bogotá para insistir con su carrera, la distancia se convirtió en parte de la rutina. Llamadas largas, visitas cortas, viajes que se contaban en días y no en meses. No había contratos importantes ni agendas llenas. Había, sobre todo, incertidumbre.
Con el tiempo decidieron vivir juntos. No fue un paso impulsado por la fama, que todavía no llegaba, sino por la necesidad práctica de acompañarse. Sonia se convirtió en testigo directo del proceso lento y a veces ingrato de construir una carrera musical desde abajo. Estuvo presente cuando las canciones no sonaban en la radio, cuando los conciertos eran escasos y cuando el cansancio parecía más grande que las oportunidades. No ocupó el lugar de representante ni de figura visible. Su papel fue otro: sostener el día a día, ordenar lo que se podía ordenar y permitir que el proyecto siguiera en pie.
Sonia es contadora pública, con una especialización en derecho tributario. Durante años ejerció su profesión, pero con el crecimiento de la familia y el aumento de compromisos de Yeison, fue concentrando su tiempo en el hogar y en el apoyo logístico y personal de la carrera del cantante. Siempre eligió mantenerse lejos de la exposición pública. La decisión fue compartida. Ambos entendieron que la vida familiar necesitaba un margen de protección, especialmente por sus hijas.
Cuando Yeison conoció a Sonia, ella ya era madre de María Camila, a quien él acogió como hija propia sin hacer distinciones. Con el paso del tiempo llegaron Thaliana y Santiago, después de varios intentos por convertirse en padre. La familia se fue construyendo de manera gradual, sin discursos ni exhibiciones. Para Yeison, ese núcleo se volvió una referencia constante. Cada etapa de crecimiento profesional estuvo acompañada por la misma estructura doméstica, por la misma presencia silenciosa.
A medida que la carrera del cantante despegaba y su nombre empezaba a ocupar titulares y escenarios grandes, Sonia siguió en el mismo lugar. No apareció en alfombras ni concedió entrevistas. Su vida continuó marcada por la rutina de la casa, los hijos y la administración de lo cotidiano. La fama no alteró esa lógica. Quienes conocían a la pareja sabían que, fuera de los conciertos y los viajes, Yeison regresaba siempre al mismo centro: su familia.
En los últimos años, cuando la estabilidad económica y profesional parecía consolidada, comenzaron a hablar con mayor claridad de matrimonio. Los planes estaban sobre la mesa desde 2023. Sin embargo, la llegada de su hijo menor y una agenda cada vez más exigente llevaron a posponer la boda. No era una urgencia, sino una decisión aplazada. La relación ya tenía el peso de los años compartidos y de los hijos en común.
La muerte repentina del cantante interrumpió esos planes y dejó a Sonia en un lugar que nunca buscó. Su llegada a Paipa no fue un acto público, sino una necesidad íntima: estar cerca del sitio donde terminó la vida del hombre con el que compartió más de una década. Allí, entre autoridades y curiosos, se hizo visible por primera vez una mujer que siempre eligió el segundo plano.
Sonia Restrepo no fue una figura accesoria en la vida del cantante. Fue una presencia constante, que llegó antes de que la fama hiciera presencia. Acompañó desde el inicio el proceso completo. Estuvo a su lado en las presentaciones pequeñas y lo vio crecer hasta llenar los estadios más importnates del país. Su historia conjunta no se construyó a partir del éxito, sino a pesar de su ausencia durante muchos años.
Hoy, cuando el país recuerda al cantante por sus canciones y su trayectoria, la historia de Sonia queda como el reverso silencioso de esa carrera. Una vida compartida que no se contó en tarimas ni en titulares, pero que sostuvo todo lo demás. En Paipa, en medio del ruido controlado de una tragedia reciente, esa historia terminó de hacerse visible, no por decisión propia, sino por la crudeza de los hechos. Y allí, sin palabras, quedó claro que detrás del artista había una vida entera que no necesitó aplausos para existir.
Anuncios.
Anuncios.


