Recorridas un par de cuadras, las escenas del libro de Gabo se repiten. Vamos en una procesión desde el puerto hasta la iglesia de Santa Barbara

 - La Peregrinación pasó por Mompox, un pueblo que olvidó el cólera

Mercedes Barcha, esposa de Gabriel García Márquez, estudió los primeros años de su vida en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, en el municipio de Mompox (Bolívar). Seis décadas después hemos desembarcado en este puerto al lado del Río Magdalena -a mitad de camino de la Peregrinación por la Paz de la Virgen de Chiquinquirá- y de inmediato se nos vienen a la cabeza las historias que tal vez el premio Nobel retomó de estos parajes del país para narrar lo increíble.

Al ver a las momposinas ventiando sus rostros con abanicos que poco han cambiado en siglos, escuchar a la banda de guerra tocando el himno nacional y advertir que los caballeros se pelean las andas del paso para cargar a la virgen, es inevitable imaginar que de la misma manera fue el recibimiento que describió Gabo sobre aquella pareja de recién casados llamados Fermina Daza y Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del Cólera.

En esta ocasión no fue la Santa Sede la encargada de organizar los actos culturales de los recién llegados, pero con la misma grandeza han sido planeados por los pobladores del Programa de Desarrollo y Paz del Bajo Magdalena en comunión con la Redprodepaz. Las mujeres de Mompox reciben con besos y abrazos a Monseñor Leonardo Gómez Serna, quien tiene más carisma que los 266 papas de nuestra historia incluido Francisco.

Recorridas un par de cuadras, las escenas del libro de Gabo se repiten. Vamos en una procesión desde el puerto hasta la iglesia de Santa Barbara, que curiosamente queda frente al colegio Sagrado Corazón. Cuando de lado y lado aparecen las niñas apretadas en sus uniformes de rayas que solo les dejan asomar las medias blancas y sus zapatos que reflejan el sol de 36 grados, cada una de ellas acicaladas con una sola trenza que varía por el color de las moñas, pienso de inmediato que fue así como cada mañana Florentino Ariza veía a aquel amor imposible acompañada por la tía Escolástica.

Monseñor entona sus oraciones y las niñas lo siguen en coro, Mompox no ha cambiado nada. A ciertas calles las ha sorprendido la modernidad del pavimento, pero a otras las sigue persiguiendo la soledad del Estado. Ya no hay oficina del telégrafo pero en cada cuadra hay una venta de minutos de teléfono a celular; uno en $200, tres en $500. En esta cruzada no nos acompaña un fotógrafo de la estirpe de Jeremiah de Saint-Amour, pero sí Jhonatan Rivera, un servicial miembro de la Red Prodepaz que por estos siglos carga un daguerrotipo denominado Ipad para retratar esta otra cara del Colombia.

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Justo a la entrada de la iglesia nos encontramos a un profesional de la calle que nos viene siguiendo desde que arrancó esta peregrinación en La Dorada (Caldas). Le decimos ‘Van Gogh’, un paisa que tiene un doctorado en pedir limosna. En todas las 12 estaciones nos ha esperado en la puerta principal de cada catedral, exponiendo su oreja derecha del tamaño de un puño de cotero que destila sangre y le duele. Todo es una pantomima: no es  una enfermedad crónica, pero nunca se ha querido hacer operar; su oreja nunca le duele pero se queja como si estuviera encendida en fuego; y lo que le brota no es sangre si no un menjurje de anilina preparado la noche anterior.

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Pero todo ello solo es detectable si uno se ha familiarizado con el tipo. Sin embargo,  para el transeúnte que lo ve por primera vez el efecto es de impresión y asco. La reacción es un impulso inmediato que lleva a los timados a sacar rápido un billete y tirárselo desde lejos en el hondo balde, pero no para que encuentre una cura si no para que se largue de ese pueblo que detesta los leprosos. Los amigos de ‘Van Gogh’, es decir los comerciantes de estampas de la virgen, quienes por lo menos venden una esperanza, cuenta que la oreja del timador le deja una ganancia diaria de 300 mil pesos, que se hospeda en los mejores hoteles y que come en los mejores restaurantes. Cuando nuestro Jeremiah de Saint-Amour se acerca con su Ipad para tomarle una foto, ‘Van Gogh’ se para enfadado, le tira un puño y le dice que “se vaya a fotografiar a la más viejita de su casa” que lo deje en paz, que él al fin y al cabo anda “trabajando”.

En la  misa por la paz, sorprende ver a tantos jóvenes del pueblo concentrados rezando y escuchando las enseñanzas de Monseñor quien con una autenticidad sin tacha cuenta sus historias de liberaciones y acciones de paz. Muy diferente a nosotros los jóvenes de ciudad que nos hemos dedicado a hacer la paz por Twitter, una paz que no va más allá de los tres pelagatos que nos siguen, pero se queda en lo virtual. Al finalizar los actos, los miembros de la Red Prodepaz le comienzan a contar a la gente que hay proyectos productivos, escuelas ciudadanas y un sinnúmero de actividades que los pueden ayudar a  olvidar esa esa plaga llamada paramilitarismo, un mal que se llevó más gente que la peste del cólera.

Por @PachoEscobar

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