En Magangué hay ausentes que están siempre en la mente de la gente, La Gata y Monseñor Gómez Serna. Así fue el regreso del obispo

 - Un obispo que consideran santo en la tierra de ‘La Gata’

Cuando una de las niñas de la Casa Hogar Niña María de Magangué abrió la ventanita de la puerta para ver quién estaba tocando, soltó un grito como si hubiera visto a un ángel. “¡Es Monseñor, es Monseñor!” gritaba aquella pequeña de nueve años de edad. Se puso tan feliz que se le olvidó abrir. Mientras tanto el prelado, en plena lluvia de pueblo caliente cual si no le azarara mojarse, alistaba en sus bolsillos una decena de rosarios que llevaba como presente para sus ‘hijas’.

Tras abrirse la puerta, las niñas salían de sus cuartos y se le tiraban encima al prelado, le daban besos, lo abrazaban y otras lloraban. Estaban diáfanas, sus uniformes parecían nuevos, sus zapatos brillaban y se encontraban perfectamente peinadas. Algunas corrían de nuevo a sus cuartos para traer las cartas de agradecimiento que llevaban mucho tiempo guardadas bajo sus almohadas.

Después de escuchar a una de las Hermanitas de la Anunciación, entendimos la fiesta. Una de las obras que dejó Gómez Serna en sus once años de trabajo en la Arquidiócesis de Magangué, fue la construcción de este hogar para las niñas más pobres y más vulnerables del municipio. La idea había nacido en el año 2004, cuando el prelado recorría las calles del pueblo y veía a una docena de niñas pidiendo limosna, pero además cuando algunos feligreses le contaban que ciertos hombres malvados se aprovechaban de la pobreza e ingenuidad de las menores para acceder sexualmente a ellas.

Como pudo Monseñor se levantó el dinero para adquirir la edificación, la adecuó, pidió la intervención de la Congregación Religiosa Hermanitas de la Anunciación, realizaron un censo de las niñas que deambulaban en la calle como judías errantes, visitaron sus ranchos y pidieron el permiso a sus padres con autorización de Bienestar Familiar para llevarlas a su nuevo hogar. Las mesas que se pusieron fueron básicamente tres: darles un techo digno lejos de la violencia intrafamiliar, proveerlas de una alimentación saludable y brindarles los primeros años de estudio.

Empezaron con 50 niñas, entre los seis y dieciséis años de edad, pero tras la poca ayuda recibida por la comunidad se vieron obligados a reducir el cupo a 30. Todas van rotando cuando cumplen su ciclo de estudios, puesto que han adquirido bases solidas para continuar con sus estudios y para no ser tan vulnerables cuando regresan a sus hogares.

En estos nueve años han pasado más de 300 niñas. Algunas se han podido emplear, pero tristemente otras se han dejado llevar por las mentiras del primer amor y han quedado en embarazo a muy temprana edad. Justo cuando nos vamos a ir, tres niñas se quedan paradas en la puerta llorando a cantaros tanto que Monseñor se regresa  y las tranquiliza porque mientras esté vivo, les dice, a ellas no les faltará nada así esté en Chiquinquirá a 700 kilómetros de distancia.

Después de ello visitamos otra de sus obras. Hace cuatro años fundó el Seminario Mayor San Alberto Magno, donde se han comenzado a ordenar los futuros sacerdotes que ejercerán en esta dura zona de los Montes de María. “Ojalá y Dios me brinde el carisma que tiene Monseñor, un hombre que lo hace a uno adorar el trabajo con las comunidades en el terreno en menos de medio día”, dice uno de los seminaristas cuando conversamos al lado de la capilla de hermosos vitrales.

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Es verdad. Monseñor nos lleva al barrio La bendición de Dios, un terreno con casas de bloques de cemento y tejas de zinc que le donó a 30 familias desplazadas por los paramilitares. El sitio es deprimente, las calles están posadas de barro, desperdicios y hasta heces humanas. Mientras al prelado no le importa que hasta las medias se le vayan a embarrar, muchos de sus acompañantes caminamos de puntas olvidando la humildad. “van a ver a la enferma” me pregunta uno de los 47 niños, hombres, que logró contar cuando van detrás del padre. Evidentemente Monseñor entra a una casa humilde a ver a una de las exalumnas del colegio La Candelaria, quien después de salir de la Casa Hogar terminó en embarazo, su parto se complicó y ahora está como un vegetal. La ve y sus ojos se le aguan, yo no soporto el impacto y me salgo a esperar y a  hablar con los niños descalzos que juegan con palos a disparar. “Si pudiera Monseñor se llevaría a los niños y les montaría una casa hogar como la que visitamos, pero no hay recursos y a los gobernantes de este municipio les importa un pito lo que suceda con sus futuros habitantes” dice con rabia Albita, la mano derecha del prelado.

Nuestra Peregrinación de la Virgen del Chiquinquira en Magangué con Redprodepaz termina en una misa en la Catedral de La Candelaria, no entro porque a las afueras me encuentro a uno de los habitantes del barrio La bendición vendiendo ‘bolis’ helados en una desvencijada caja de icopor , quien me dice en un tono serio: “Monseñor le dejó cosas má reales a este municipio que los seis alcaldes que pasaron en esa década, porque recuerde cachaco que a muchos los encanaron por ladrones. Monseñor no entregaba limosnas como ‘La Gata’ porque eso preña ma’ a los mendigos, él dejó obras”.

Por @PachoEscobar

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