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La historia política colombiana parece condenada a reproducir una misma mentalidad: elites terratenientes, cultura colonial, concentración de riqueza y violencia. El gobierno de Abelardo encarna esa tradición, mientras una oposición sin proyecto se limita a esperar su desgaste. Colombia necesita algo más que rifirrafes ideológicos: necesita un proyecto de Estado verdaderamente democrático, plural e incluyente, capaz de superar los vicios históricos del poder.
Basta mirar al gobierno de Abelardo para comprender buena parte de la historia política colombiana. En él reaparecen los rasgos de muchos gobernantes formados en la cultura terrateniente que han dirigido el país durante dos siglos. Algunas veces, liberales con moral de conservadores; otras, conservadores puros.
Cultura racista, machista, violenta, clasista... Mandatarios nacidos en Colombia, pero con el alma en los Estados Unidos o Europa. Gobernantes incapaces de superar mentalmente la tradición de súbditos o colonos de cualquier imperio. Siempre dispuestos a entregar los bienes nacionales al mejor postor extranjero como si la soberanía fuera mercancía de las elites, y el país, una hacienda heredada.
Por esa mentalidad colonial, durante la hegemonía conservadora se perdió Panamá, también buena parte de los recursos que debieron beneficiar a la nación tras aquel desmembramiento territorial. La avaricia y la corrupción de las elites tradicionales terminaron imponiéndose sobre el interés colectivo.
Verdaderos mamasantones, diría Álvaro Cepeda Samudio. Acuden a las iglesias con fervor de feligreses y salen sin ninguna experiencia divina ni ningún principio de humanidad. Abandonan los templos con los odios encendidos, dispuestos a perseguir o eliminar líderes sociales, sindicalistas, dirigentes políticos incómodos. Vergonzosa historia de violencia, la pretenden borrar de la memoria colombiana tanto en el Museo Nacional como en los escenarios de la JEP.
Moralmente prefieren la violencia a la paz, la exclusión a la inclusión, la concentración de riqueza a la justicia social. El resultado a la vista: Colombia, uno de los países más desiguales y violentos del mundo. Basta recordar la violencia conservadora contra campesinos liberales, instigada brutalmente por Laureano Gómez, cuya herencia encuentra representación en el actual gobierno de Abelardo.
Así como un hombre es en esencia igual a todos los hombres, este gobierno es en esencia igual a todos los gobiernos colombianos de estirpe tradicional desde la independencia hasta nuestros días.
Sin embargo, poco puede esperarse de una oposición agazapada en el silencio, aguardando los errores del gobierno de Abelardo para desprestigiarlo. Torpe creer que destruyendo el abelardismo se enaltece al petrismo, la misma torpeza de la oposición al gobierno anterior: suponer que un mal gobierno de izquierda convierte automáticamente a la oposición en un buen gobierno de derecha.
Inteligente sería si la oposición reapareciera con una propuesta de Estado capaz de enamorar a blancos y negros, pobres y ricos… Un proyecto verdaderamente democrático que incluya campesinos y terratenientes, obreros y patrones, trabajadores y empresarios. Que potencie la diversidad, la mayor riqueza material y humana de una nación poderosa.
Modelo capaz de superar a Petro, -gran líder popular, pero un presidente normalito- pues su pensamiento político rimaría poco con este paradigma. Su trayectoria procede del M-19, cuya visión política se enmarca en el nacionalismo populista del general Gustavo Rojas Pinilla, similar al de Juan Domingo Perón en Argentina. Su constructo mental revela una concepción personalista del poder, son testigos de esa inclinación sus constantes referencias a la bandera del M-19 y a la espada de Bolívar. No mostró en su cuatrienio poseer la visión de estadista para los nuevos tiempos. Dejó más preguntas que respuestas para construir un Estado moderno, plural e incluyente.
Ojalá la oposición fuese inteligente y dialogase incluso con los verdaderos dueños del poder político del país, los grandes capitales nacionales, para diseñar un proyecto de Estado con tendencia a la madurez. Lo dijo Marx en el siglo XIX, también economistas del XX: “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. También con ellos tocaría dialogar, diría yo; pues Abelardo, nuestro intrascendente sheriff, se está desprestigiando solo como cualquier presidente colombiano.
Jorge Elías Guebely Ortega
Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva. Autor de varias novelas, libros de cuentos y ensayos literarios.
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