La naturaleza muestra que la diversidad puede convivir en armonía. El ser humano rompe ese equilibrio cuando cambia la unidad por el poder y la superioridad

- La profundidad de la superficie

Brillante afirmación del escritor y profesor Milán Kundera en una de sus clases en La Sorbona: “Si la profundidad no está en la superficie, entonces no es profunda”. Frase aparentemente paradójica, verdad que sería necio ignorar. Lo profundo siempre tiene rostro en la superficie, basta aprender a mirar lo que tenemos delante para visualizar su abismo.

Me recordó la bellísima anécdota de Goethe quien viajaba siempre con el espíritu de observación encendido, buscando en la Naturaleza lo invisible para enriquecer sus obras. Una vez en Palermo, Italia, quedó maravillado ante la exuberancia del jardín botánico. Lo sorprendió la vitalidad de las plantas, la diversidad de sus formas, la singularidad de cada una. Observó la proliferación de los diferentes colores, tallos, hojas, flores y raíces. Sin embargo, había allí un concierto de formas distintas, una armonía natural que no necesitaba imponerse para existir. Bastaba una mirada limpia para descubrirla.

Algo semejante, digo yo, sucede cuando nos detenemos frente a un rosal. Bien observado, sus hojas y rosas son diferentes en colores y tamaños, pero expresan un todo armónico de una misma planta. Sus tallos y ramas crecen de maneras distintas obedeciendo únicamente a un secreto mandato; sin embargo, conservan una unidad original.

Libre del tiempo, el rosal solo se mueve en el ritmo del Universo. Cada una de sus partes cumple una función secreta: La raíz lo sostiene, absorbe agua y minerales para darle vida. El tallo mantiene su estructura y transporta esos minerales hacia las hojas. Estas, mediante fotosíntesis, producen azúcares que alimentan la planta. Las flores conservan la especie a través de la reproducción sexual. También tienen sus espinas para defenderse y las plagas que lo aterrorizan.

Ninguna de sus partes pretende ser lo que no es, la raíz no anhela ser hoja, ni el pétalo de una rosa ambiciona ser la rosa entera. A ninguna le hace falta sobresalir, participan desde su propia naturaleza en la realización de un acontecimiento armónico, la vida misma.

En esa diversidad armónica, Goethe visualizó la planta primordial, el principio común a las distintas manifestaciones de la Naturaleza, una planta esencial igual a todas las plantas. Años después, conversando con Schiller, dibujó aquella planta quien reconoció en ella una idea, un principio ordenador que trascendía cada ejemplar particular. Volvía al mundo de las ideas platónicas.

Desde entonces, la búsqueda de una unidad original desde la Naturaleza alimentó la sensibilidad de los poetas románticos. Ellos encontraron en Goethe al maestro, dirigieron su mirada hacia ese fondo común que une lo diverso sin destruir lo idéntico.

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También buscaron un “yo primordial”, libre de máscaras impuestas por morales sociales, lo llamaron el “yo absoluto”. Lo distinguieron del “yo artificial”, entidad construida solo con deseos: de reconocimiento, importancia personal, superioridad, triunfo…, sin importar los medios para alcanzarlos.

Quizá allí residan nuestras mayores contradicciones, mientras la Naturaleza encuentra armonía en la diversidad, los seres humanos construyen infiernos acicateados por mandatos ideológicos que solo son deseos de poder. En nombre del éxito del “yo artificial”, se sacrifica todo: la convivencia, la dignidad ajena y hasta el planeta mismo.

Quizás corresponde mirar de verdad al rosal para sentir la unidad del conjunto sin renunciar a la diferencia. La verdadera profundidad consista en descubrir en la superficie la armonía que la ambición impide ver. Quizá por eso las mentes brillantes de la especie se han ido contra todo poder político, por polarizante. 

Lo dijo Camus: “El conquistador no busca la unidad, sino la totalidad, lo que significa el aplastamiento de las diferencias.” Todo poder social está transportados por los deseos de importancia personal, anhelos de dominio; en general, por todas las miserias del ser humano.  

Jorge Elías Guebely Ortega

Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva. Autor de varias novelas, libros de cuentos y ensayos literarios.

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