Una reflexión sobre el amor, los límites y la crianza

- Errores que cometen los padres porque aman demasiado
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Los padres amamos profundamente a nuestros hijos, pero, en ocasiones, cometemos errores precisamente por ese inmenso amor. La crianza y la educación son expresiones fundamentales de ese sentimiento. Sin embargo, para que el amor contribuya a formar personas responsables, autónomas y felices, es necesario encontrar un equilibrio: evitar tanto la sobreprotección como la permisividad excesiva.

La frase atribuida al filósofo chino Confucio, «Educa a tus hijos con un poco de hambre y un poco de frío», invita a reflexionar sobre la importancia de no facilitarles todo ni evitarles cada dificultad. Por mucho amor que queramos demostrarles, no podemos compensar el tiempo que a veces les dedicamos poco mediante una complacencia desmedida, una protección exagerada o un control constante. Estos extremos pueden generar insatisfacción, dependencia y dificultades para respetar los límites. Aunque detrás de la permisividad y la sobreprotección suele existir un amor genuino, el problema aparece cuando ese amor se expresa de manera desproporcionada y termina perjudicando la formación de los hijos.

Amar demasiado puede hacer daño cuando la crianza se apoya en cuatro comportamientos: la sobreprotección, que consiste en proteger a los hijos en exceso; la permisividad, que lleva a darles todo lo que desean en lugar de enseñarles a reconocer lo que realmente necesitan; el rescate constante, que implica resolverles dificultades que podrían afrontar por sí mismos e impedirles aprender de sus errores; y el control excesivo, que hace que se sientan observados y vigilados a toda hora. En cualquiera de estos casos, los padres pueden terminar limitando el desarrollo de sus hijos y dificultando que se conviertan en personas capaces de tomar decisiones y cuidar de sí mismas.

A largo plazo, la permisividad puede favorecer que los niños crezcan creyendo que el mundo debe satisfacer todos sus deseos. También puede fomentar la dependencia y hacerles pensar que siempre necesitan que alguien los cuide o resuelva sus problemas. Por su parte, el control excesivo puede provocar rebeldía, comportamientos de oposición o la tendencia a aparentar que cumplen las normas mientras actúan de otra manera. En otros casos, los niños pueden llegar a depender demasiado de la aprobación ajena para sentirse valiosos.

El camino más saludable es el equilibrio: un amor cercano, amable y afectuoso, pero también firme. Este amor se construye con límites claros y, sobre todo, con respeto. Los padres deben escuchar a sus hijos, prestarles atención y tomar en serio sus sentimientos, sin juzgarlos de manera precipitada. También es importante permitirles participar en las actividades del hogar y asumir responsabilidades acordes con su edad, sus capacidades y sus habilidades. Así aprenden que forman parte de una familia en la que todos colaboran.

El amor sano acompaña, apoya, orienta y muestra el camino. La disciplina se enseña gradualmente mediante límites, rutinas y consecuencias coherentes. Con los hijos es importante disfrutar, compartir y pasar momentos agradables, pero también enseñarles que no siempre podrán hacer lo que quieran. La vida está llena de experiencias maravillosas y de situaciones difíciles; aprender a manejar la frustración es parte esencial de su desarrollo.

Los límites se expresan en reglas cotidianas que ayudan a organizar la convivencia: lavarse los dientes, acostarse a una hora adecuada, evitar comer frente al televisor o apagar el computador cuando corresponde, entre otras. Estas normas deben ser claras, razonables y acordes con la edad. Aprender a respetarlas ayuda a desarrollar autocontrol y a comprender que toda convivencia requiere consideración por los demás.

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Otro factor que puede afectar la crianza es la culpa. Cuando los padres sienten que no han dedicado suficiente tiempo a sus hijos o que han cometido errores, pueden intentar compensarlo cediendo en todo o evitando establecer normas. Es importante reconocer esa culpa, reflexionar sobre ella y no permitir que se convierta en la razón para abandonar una crianza equilibrada. Poner límites también es una forma de cuidar.

Los hijos aprenden mejor en un ambiente de confianza y seguridad, donde no se busca encontrar culpables, sino comprender lo sucedido y buscar soluciones. En lugar de condenarlos por sus errores, debemos escucharlos y ayudarlos a aprender de ellos. De esta manera comprenden que sus actos tienen consecuencias y desarrollan progresivamente el sentido de la responsabilidad.

A los niños debemos brindarles herramientas para que aprendan a tomar decisiones, asumir responsabilidades y dirigir sus propias vidas. Nuestro papel no es ser los pilotos de la vida de nuestros hijos, sino sus copilotos: acompañarlos, orientarlos y estar presentes, sin quitarles la oportunidad de aprender y crecer por sí mismos.

Cometer errores en la crianza es normal; no existen padres perfectos. Lo importante es tener la disposición de reflexionar y mejorar cada día. Reconocer nuestros errores puede contribuir a fortalecer la relación familiar y a ofrecerles a nuestros hijos mejores oportunidades para el futuro. Pero también debemos recordar que no existen hijos perfectos y que no debemos exigirles serlo. ¡Quiéralos, acompáñelos y fórmelos! El amor y la formación no son incompatibles; por el contrario, se complementan.

Amar también es enseñar a crecer.

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Por Annie Acevedo

Lleva 40 años consolidándose como la psicóloga colombiana más reconocida en temas de crianza y familia. Psicóloga de la Universidad de los Andes, tiene maestría en Psicología en la Universidad de Alabama, posgrado en Neuropsicología en la Universidad de Miami y especialización en Neurolingüística Psicología Educativa. Coordinadora del Learning Center del Colegio Nueva Granada en Bogotá, durante 35 años. Reconocida por gobierno colombiano con la medalla Simón Bolívar, por 36 años de trabajo continuo con niños que presentan dificultades emocionales y de aprendizaje y la creación de un learning center único en el mundo. Fundadora del Colegio Fundación Nueva Granada, y la Fundación Oportunidad para niños y familias de bajos recursos con dificultades emocionales y/o de aprendizaje. Actualmente atiende consulta privada de psicología y aprendizaje y es conferencista nacional e internacional. Columnista de la revista Semana y de el periódico El Tiempo, autora 10 libros entre ellos “Hazlos felices para que sean buenos y “La nueva crianza en el siglo XXI”.