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El Museo Nacional de Colombia no es un museo de arte, aunque guarde muchas obras de arte. Es más bien un museo de historia nacional, en la cual ha habido innumerables episodios de la violencia más despiadada, que ha sido materia de los artistas desde siempre. Un cuadro que resume esa tragedia con la más terrible imagen es Violencia de Alejandro Obregón, que pertenece a la colección del Banco de la República. Allí se describe como: “una mujer mutilada, sin brazos y sin una pierna. Su rostro, seno y vientre encinta se levantan dibujando lo que parece un conjunto montañoso. Esta obra no deja ver quiénes son los actores de los hechos, ni ofrece pista alguna sobre la muerte, solamente ubica al personaje femenino, sin rostro, que se encuentra integrado al espacio gris con los ojos cerrados”. Gris y sangre. Y carne en descomposición, podría añadirse. Fue premio nacional de pintura en 1962 y no es apto para almas pías.
El cuadro lleva más de medio siglo en exhibición. Debería conocerse más puesto que el arte es un vehículo para exponer lo esencial de la realidad. Ocultarla luego de que ha sido de alguna manera decantada para llegar a un museo es una actitud inocua: tapar el sol con las manos. O contraproducente. Durante cuatro siglos hasta su desaparición en 1966 por Paulo VI, los escritores suspiraban por ser incluidos en el Index Librorum Prohibitorum, que vetaba a los buenos católicos su lectura. Nunca hubo libros más vendidos que esos. Descolgar sin criterio alguno obras artísticas o históricas del Museo Nacional ha devuelto a la actualidad obras, autores y episodios un tanto olvidados.
Ha sucedido antes. En 1937 el régimen de la Alemania nazi montó la exposición “Arte Degenerado” para condenar a las tinieblas exteriores a todos los artistas modernos y reivindicar la pureza de las la artes plásticas alemanas que revelaban la superioridad de la raza aria. De ese arte lleno del vigor y la belleza de la juventud dorada del tercer Reich nada queda. Las obras de los artistas “degenerados” en cambio, son las joyas de los museos de arte moderno alrededor de mundo. Durante esa purga se cree que se destruyeron más de 20.000 obras de arte, y se malvendieron el resto.
La lista de los “degenerados”, con Chagall a la cabeza, por ser judío, incluía a Pablo Picasso, Wassily Kandinsky, Paul Klee, Oscar Kokoschka, y toda la vanguardia pictórica alemana. Ni Vincent Van Gogh se salvó de ser incluido. Se exhibieron 600 trabajos. La exposición que viajó por varias ciudades fue un gran éxito, pues atrajo multitudes. Tantos años después podría pensarse que el mundo convulsionado y en descomposición que pintaban esos artistas rompiendo toda norma estética tradicional terminó por ser el que acabo creando el nazismo. Los artistas presagiaron el horror que se venía y por ello quizás fueron repudiados. En 2025 el Museo Picasso de París inauguró una exposición que retomó el nombre infame “Arte degenerado” con obras de algunos de los artistas consagrados que fueron prohibidos entonces. Chagall mismo había sido comisionado en 1964 por André Malraux, Ministro de Cultura del general De Gaulle, para pintar el cielo raso de la ópera Garnier.
Lo que quiso hacer el nazismo en la Alemania de preguerra fue crear entre el público un sentimiento de indignación para sustentar la decadencia moral de tantos artistas judíos, bolcheviques, homosexuales, que constituían una amenaza para el destino histórico de la nación alemana. Presentarlos como un atentado a la pureza de una cultura cuyo mayor símbolo era la obra de Richard Wagner y su recreación musical de los grandes mitos fundacionales. Es difícil imaginar una campaña de propaganda más perversa. Esas minorías que los artistas representaban fueron a dar a los campos de concentración. Una lección histórica sobre los peligros de la manipulación de los valores culturales, que bien vale la pena no olvidar.
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