En septiembre, en un salón de la Universidad Nacional Autónoma de México, Camilo tenía el micrófono y a su alrededor se encontraban algunas de las personas negras más influyentes de la academia afrolatinoamericana, gente que él había leído antes de conocer. Presentaba su primera gran investigación y la contaba como se cuentan las cosas en su barrio y en las familias con las que había conversado durante meses: historias de vida de quienes se movieron del Pacífico a Cali y de Cali a Chile, que él escuchaba como si fueran propias, porque en parte lo eran.
Cuando terminó, no hubo solo aplausos. La gente se le acercó a proponerle trabajar juntos y a preguntarle cómo adaptar su metodología a otras disciplinas. Camilo se acordó entonces de una frase que le dijo un profesor en el pregrado, cuando apenas empezaba a investigar: “Eso le interesa a usted y a su mamá”.

La frase no era un caso aislado. En Colombia, según el censo de 2018 del DANE, el 18,8 % de la población llega a la educación superior; entre la población negra, afrocolombiana, raizal y palenquera, la cifra baja al 14,8 %. En posgrado, la distancia se mantiene: 2,8 % del total nacional frente al 1,8 % de la población afro. En la Universidad del Valle, donde Camilo estudió, la puerta es todavía más estrecha. Entre 2011 y 2016, 3.444 jóvenes se presentaron por la condición de excepción para comunidades afrocolombianas y solo 633 fueron admitidos, menos de dos de cada diez.
Y entrar no es quedarse. Los estudios de seguimiento a cohortes ubican la deserción de los estudiantes afro que ingresan por esta vía entre el 45 % y el 64 %, según el programa. Además, los hombres son los que más desertan: cerca del 48 %, frente al 34 % de las mujeres. Camilo, hombre negro que trabajaba cerca de ocho horas diarias mientras estudiaba, tenía casi todas las cifras en contra. Por eso, hacer una maestría completa, becado y en el exterior, no estaba en sus cuentas ni en las de su familia.
Camilo creció entre Cali, Buenaventura y Calamar, un pueblo del Guaviare. Su familia materna es del Pacífico sur; la paterna viene del Pacífico norte y del norte del Cauca. La mayor parte de su vida la pasó en Cali con su abuela paterna y sus hermanos menores, en la casa que lo vio nacer. Cuando su mamá los abandonó, le dejó una sola instrucción: “Resuelva”. Así que Camilo resolvió. Ayudó a criar a sus hermanos antes de terminar de crecer él mismo.
“Liderar no fue una opción”, dice. Fue lo que tocó.

Su abuela apostó todo para que él terminara el colegio y la universidad. Juliana Rodríguez, una profesora de bachillerato, le pagó la inscripción a Univalle y le ayudó con los gastos de los primeros semestres. Ya adentro, el camino fue de trasnochos, ocho horas diarias de trabajo y seis materias en promedio por semestre, con la sensación frecuente de que nada de eso estaba dando fruto. Le faltaba dinero y, más importante aún, a ratos le faltaba la certeza de que era capaz. Renunció muchas veces a cosas que quería. “Sentía que nadaba contracorriente”, recuerda. “Pero fui terco y seguí”.
Javier Mojica, su director de tesis de licenciatura, le dijo algo que pocas veces había escuchado: “Vos tenés unas capacidades enormes”. Camilo se graduó como licenciado en Educación Física y el trabajo comunitario empezó a ocupar cada vez más espacio en su vida. Cofundó en Cali la Fundación Resistencia Antirracista y empezó a trabajar con comunidades de Buenaventura, el Chocó, el oriente de la ciudad e incluso de Latinoamérica y el Caribe. En el Paro Nacional de 2021 tomó una cámara y documentó los cuerpos y las arengas de la gente negra en las calles de Cali. Esas fotos se convirtieron en la serie de fotografía documental La olla de la resistencia, expuesta en Esmeraldas, Guayaquil y Quito.

Luego hizo algo que parecía no tener lógica para alguien de su carrera. Se postuló a una maestría en Sociología en FLACSO Ecuador y se ganó una beca completa con manutención. Lo considera su logro más grande, justamente porque llegó a un campo que no era el suyo y le tocó demostrar que también podía habitarlo. Mientras estudiaba, no se alejó del trabajo territorial. Hizo parte de la escuela de formación política antirracista Ennegreciendo la Conciencia y cocordinó la Escuela Continental de Formador de Formadores BILM 2025. Hoy Camilo es becario del programa DALE Pacífico y del curso de posgrado en Estudios Latinoamericanos de Harvard-ALARI. En CLACSO, cocoordina el proyecto Democracias del Buen Vivir en América Latina y el Caribe, y ayuda a organizar la agenda de un foro internacional que la red celebrará en Cali.
Las formas de liderar de Camilo nacieron de la incomodidad. Le molestaban las decisiones que se tomaban sin escuchar de manera asertiva a los demás, así que empezó a hacer lo contrario: abrió la conversación a todas las voces que lo rodeaban para después darle un cauce claro. Con esta forma de liderar, no busca quedar bien con todos, sino que se pueda avanzar sin dejar a nadie por fuera de la discusión. Esta fue su apuesta con la tesis de maestría, Vendiendo sueños, confiscando futuros, donde habla de las expulsiones en las comunidades del Pacífico colombiano, del racismo estructural y de cómo estas familias persiguen mejores condiciones de vida que casi siempre se les escapan. Esta investigación cuenta la historia de otros, pero también es la suya, la de su abuela y la de su mamá.
El profesor que dijo “eso le interesa a usted y a su mamá” tenía razón, aunque en el orden contrario. A Camilo le interesa lo que le pasa a su mamá. Le interesa lo que le pasa a su familia y a las miles de familias que se parecen a la suya. Lo que el profesor no entendía es que eso también es conocimiento, y que alguien de adentro podía llevarlo a la mesa donde se decide qué cuenta como ciencia. En septiembre, en México, esa mesa académica y de investigación le pidió implícitamente que siguiera siendo terco.
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