Frente a la estigmatización y el olvido estatal, los maestros en Colombia combaten la ignorancia y sostienen la educación en las condiciones más adversas

 - El despreciado valor de los profesores en un país que prefiere honrar a los violentos
Texto escrito por: Andrés Felipe Giraldo Madrid
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Hace poco, el presidente de Colombia calificó de "héroes de la patria" a un grupo de mercenarios capturados en Haití, acusados de magnicidio por el asesinato del presidente de ese país. El hecho pasó casi desapercibido, sin cuestionamiento alguno de los "opinadores" profesionales de los grandes medios, ligados a los poderes económicos nacionales. Incluso se le dio el micrófono a la madre de uno de los implicados, quien terminó culpando al expresidente Petro por su condición de exguerrillero. Ese es el nivel de coherencia que hoy prevalece: los medios que deberían revelar la verdad terminan sembrando confusión al servicio de intereses mezquinos.

¿Hay héroes en este país? Sin lugar a dudas, y no solo en las fuerzas militares, sino en todas las profesiones. Pero por ahora quiero referirme a quienes pensadores como Sartre y Saramago consideraron entre los mayores héroes de la civilización: los docentes.

En un país donde la violencia y lo rastrero se han vuelto costumbre, ejercer la docencia es cada día más difícil. Padres de familia y estudiantes se muestran groseros y agresivos con quienes solo pretenden iluminar una mente.

En Oriente, donde las culturas han perdurado en el tiempo y las civilizaciones parecen hoy una imagen del futuro, los maestros son respetados e incluso venerados. Miles de máximas expresan ese principio cultural, como la que dice: "Los únicos que no están obligados a inclinarse ante el emperador son los maestros, porque el emperador sabe que sin maestros no hay imperio".

En Colombia, en cambio, un país siempre al borde del colapso, violento, pobre y desorganizado, la agresión y el desprecio hacia el docente son una constante. Han sido pocos los gobiernos que no los han agredido, y de ahí se desprenden buena parte de los males que azotan a la nación.

Los docentes colombianos son auténticos héroes porque combaten el peor de los males: la ignorancia. Muchos van más allá de sus funciones como agentes del Estado y se convierten en verdaderos agentes de cambio y desarrollo en comunidades de condiciones muy adversas, tanto físicas como sociales. Sin ellos, ninguna otra profesión podría desarrollarse; no sería posible siquiera sostener el orden social ni aspirar al desarrollo.

Hemos visto docentes dar clases en medio de inundaciones, terremotos, balaceras e incluso bombardeos. A veces sin ninguna dotación, con recursos comprados de su propio bolsillo y, casi siempre, con una sonrisa y un corazón lleno de cariño por quienes están a su cargo. Rara vez otro funcionario del Estado, por muy entregado que sea, aporta tanto.

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Por eso indignan las bajezas contra ellos. Se les culpa de los bajos resultados de las pruebas PISA, cuando el Estado ha hecho poco o nada por apoyarlos en ese terreno y cuando, en la última edición, casi todos los países de la OCDE retrocedieron por razones culturales muy distintas. Se dice que adoctrinan porque, de vez en cuando, un joven o un niño cuestiona las desigualdades e injusticias del país más desigual del continente, un hecho comprobado por múltiples instancias nacionales e internacionales. Y se les acusa de pervertir a sus alumnos por enseñarles a respetar la diversidad sexual.

Este odio no es gratuito. Parece parte de una campaña orquestada para instalar una narrativa falsa: que los docentes son la causa de los problemas del país.

¿Por qué? Apenas empezamos a verlo. Con el desplome mundial de la natalidad, muchos colegios privados han quebrado y necesitan que alguien les llene las aulas o, mejor dicho, las cuentas bancarias. Cabe preguntarse si algunos de sus dueños están detrás de figuras como el senador Briceño, que hoy propone medidas contra los docentes. Se sabe que sus campañas han recibido financiación de empresas azucareras, y él mismo promueve el desmonte de los impuestos saludables a esas bebidas, que, aunque nos guste consumirlas, sabemos dañinas para la salud.

Volvamos a Oriente. China, la potencia económica y tecnológica del momento, ha restringido severamente el negocio privado con la educación básica y trata este sector estratégico como un asunto de Estado. Ese es el camino que marcan las grandes potencias, muy distinto del que propone Abelardo de la Espriella, el del modelo del sur del continente, donde cierran empresas todos los días y donde se tuvo que legalizar el consumo de carne de burro.

Colombia debe elegir: seguir el camino de las grandes potencias o el de la miseria que proponen quienes solo ofrecen ruina. ¡Todos a las calles!

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Por Nota Ciudadana

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