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En el plebiscito que se realizó hace diez años, para avalar el acuerdo de paz suscrito entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc, yo voté por el sí. Y no me arrepiento. Consideré, ingenuamente lo admito, que no se le podía cerrar esa puerta a la paz de Colombia.
Pues la puerta terminó cerrada y con llave por dentro. Por dónde se le miré ese proceso constituyó un inmenso fracaso. Ese acuerdo resultó un gran negocio para Santos y para los jefes de las Farc, pero pésimo para Colombia.
Gracias a ese acuerdo Santos pudo materializar su sueño dorado: el premio Nóbel de la Paz. Y los miembros del Secretariado de las Farc, tras décadas de matar, secuestrar y cometer cuanta fechoría exista, pudieron obtener un retiro dorado, con protección del Estado, tranquilidad total y hasta curules en el Congreso. ¡Moñona!
El propósito para el cual se suscribió el acuerdo, evidentemente no se consiguió. Hoy tenemos igual o más violencia que cuando existían las Farc y los alzados en armas suman unos 30 mil efectivos, más que cuando operaba esa organización guerrillera.
Con un agravante: en su momento las Farc controlaban buena parte del territorio y en muchos municipios eran la autoridad única, a la que todo el mundo acataba.
y Hoy lo que existe es una proliferación de grupos ilegales, Las disidencias de Calarcá, Las de Mordisco, el Clan del Golfo, el ELN, que se disputan a tiro limpio el control de decenas de localidades.
Y los ciudadanos no saben a quién obedecer, porque un día el control lo tiene un grupo y al día siguiente otro. Y esos habitantes son los “paganinis” porque si acatan lo que disponen las disidencias de Calarcá, se echan de enemigos a las de Mordisco y viceversa.
Con razón un morador de un pueblo del Cauca decía el otro día: “añoramos la época en la que mandaban las Farc, porque al menos sabíamos quién era el que mandaba”.
Es evidente que desde antes de que se firmara el acuerdo los cabecillas de esa guerrilla tenían claro quienes se iban a desmovilizar y quienes no.
Los que iban a “colgar el rifle” eran los veteranos, Timochenko, Catatumbo, Losada, Alape y compañía, quienes consideraban que ya era hora de retirarse para disfrutar los millones que acumularon en décadas de delincuencia atroz.
Pero los más jóvenes como Gentil Duarte, Mordisco y Calarcá no estaban dispuestos a abandonar un negocio tan lucrativo como el narcotráfico. Supongo que calcularon que en unos años aparecerá otro ingenuo que les ofrezca el oro y el moro para que se desmovilicen y entonces se lo pensarán.
Pero sería injusto achacarle al proceso de paz de Santos el profundo deterioro de la seguridad que vive el país. Ese proceso sembró la semilla, pero esta ha dado sus frutos gracias a ese estropicio que Gustavo Petro bautizó la Paz Total.
Eso no fue una negociación, fue una claudicación. El Estado, representado por el Gobierno petrista decidió suspender todas las acciones militares en contra de los grupos ilegales sin exigir nada a cambio.
Como era apenas obvio esos bandidos aprovecharon semejante generosidad y entre 2022 y el 2026, prácticamente doblaron su pie de fuerza, pasando de 15.000 hombre en armas hace cuatro años a los 30.000 que existen hoy.
La Paz Total no tuvo ninguna planeación ni ninguna metodología. Se sabía que había iniciado con el freno de las acciones militares en contra de los bandidos, pero se ignoraba a dónde iba a llegar.
Como consecuencia de esa improvisación y de esa chapucería progresiva hoy esos grupos están en las vacas gordas: envalentonados y muy ricos. Porque, así como se ordenó suspender la persecución a los bandidos también se frenó la erradicación de los cultivos ilícitos, la gran fuente de ingresos de esos grupos ilegales.
La única forma de lucha contra esos cultivos que Petro impulsó fue la sustitución voluntaria, que es un canto a la bandera porque el campesino que se atreva a sustituir su cultivo de coca paga con la vida su osadía.
En fin, diez años después de firmado el acuerdo de La Habana, la paz está más lejana que nunca. Y si a punta de generosidad del Estado no se consiguió, es la hora usar la fuerza de las armas para convencer a esos bandidos de que la delincuencia no paga.
Seguramente el día de mañana el Estado tendrá que volverse a sentar a dialogar con esos bandidos. Pero una negociación de paz tiene futuro cuando los alzados en armas están acorralados y tienen razones para negociar de verdad.
Ojalá en ese entonces no se cometan los errores en los que incurrieron Santos y Petro. Ser generosos con los bandidos no conduce a nada bueno. Si entendemos eso, tal vez algún día en Colombia lograremos reducir la violencia a sus justas proporciones.
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