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Wolfgang Goethe, el gran poeta alemán, escribió en 1797 una balada inspirada en viejas leyendas medievales titulada El Aprendiz de Brujo. En ella un joven aprendiz aprovechando que su maestro no está, convoca un conjuro para que una escoba y un balde de agua hagan su trabajo. La escoba empieza a barrer sin parar hasta que se sale de control pues el aprendiz no conoce el conjuro para detenerla. Una frase de esa balada ha quedado inscrita en el lenguaje alemán y ha servido de moraleja universal desde entonces: “no puedo deshacerme de los espíritus que convoqué”
Es lo que hoy está sucediendo con la Inteligencia Artificial Generativa, IAG. Sus creadores, aprendices de brujos, ven con asombro cómo se está saliendo de control, tomando sus propias decisiones, yendo más allá de las órdenes que se le dan y convirtiéndose en una verdadera amenaza para el entable tecnológico que rige al mundo moderno y que está quedando bajo su control.
Yuval Noah Harari es el profeta más conocido de la pesadilla que se avecina. Tiene un argumento contundente, el hombre ha dominado la naturaleza porque tiene una inteligencia superior que le permite el raciocinio y la creación de nuevos conocimientos. La IAG, es una inteligencia superior a la humana, por tanto, es solo cuestión de tiempo que domine la inteligencia humana inferior. Harari es un historiador, que puede ser refutado, pero ahora son los mismísimos creadores de la IAG quienes han prendido las alarmas. Los directores de OpenAI y Anthropic, exigen una regulación urgente y frenar temporalmente la carrera descontrolada de los modelos avanzados.
Ya existe un proyecto de ley para llevar al congreso norteamericano que establece controles y requisitos para el funcionamiento de la IAG, que incluye cuándo el sistema debe ser apagado. Solo que si se le da la orden de apagarse puede no obedecerla, como el computador de la nave espacial en la Odisea del Espacio de Stanley Kubrick, en una escena tan premonitoria.
Hemos vivido desde 1945 bajo la amenaza nuclear. Una catástrofe atómica resultado de ese poder en manos irresponsables. Hoy la guerra con Irán se libra para evitar esa amenaza, cuando hay otra aun más poderosa que es la IAG cuyos propios creadores que conocen sus magníficas posibilidades y sus peligros, piden que se establezca un límite a su desaforado desarrollo.
Un par de genios menores de 30 años acaban de renunciar a su trabajo agobiados por la posibilidad de estar creando un monstruo sin control. Advierten los profetas del desastre, Harari incluido, que la IAG dominará al mundo antes de un año, o diez, nunca en un plazo largo y si quisiera acabar con la humanidad, pues todos los sistemas de seguridad del planeta se rigen por esos mecanismos podría hacerlo, por una decisión autónoma.
Las mismas naciones Unidas, cuya utilidad como institución está en serias dudas, ha hecho un llamado a que China y Estados Unidos, donde están los grandes desarrollos de la IAG, se sienten a establecer las reglas de juego, como se hizo en su oportunidad para limitar la proliferación de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia. Sólo que en esta oportunidad hay un tercer agente con voluntad propia que no se puede sentar en la mesa, pero tiene el control. La escoba del aprendiz de brujo, creada en un extraordinario conjuro de inteligencia superior, sin que nadie previera el conjuro para detenerla.
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