Ubilluz y Grijelmo coinciden en una idea: el odio no solo degrada el debate, también distorsiona el juicio y empobrece la comprensión de la realidad

 - Sin odiar al enemigo y sin esconder el nombre

En la contraportada de Sin odiar al enemigo, el ensayo que Juan Carlos Ubilluz publicó este año con Taurus, aparece una frase de El Padrino III que el autor ha convertido en clave de lectura: nunca odies a tus enemigos, porque el odio nubla el juicio. Confieso que, antes que a consejo de mafioso, me sonó a regla de mi profesión. Quien defiende en un juicio penal aprende pronto que el odio del acusador, el del público y a veces el propio son el peor aliado de la razón. Y quien juzga sabe que la primera condición para decidir con justicia es no detestar a la persona que tiene enfrente. Ubilluz, doctor por la Universidad de Texas en Austin y profesor en San Marcos y en la Católica de Lima, escribe sobre política y no sobre derecho. Pero su punto de partida es idéntico: para entender a la ultraderecha latinoamericana, sostiene, hay que mirarla con frialdad y no desde el rechazo visceral, porque el odio devuelve una imagen distorsionada de aquello que se quiere combatir.

El libro se presentó en la Librería El Virrey de Lima en plena segunda vuelta peruana, en un país que terminó eligiendo a Keiko Fujimori por menos de cincuenta mil votos de diferencia. Ese contexto explica parte de su urgencia, pero el argumento excede el caso peruano. Ubilluz venía trabajando la materia desde un artículo publicado en 2024 en la revista Letras de San Marcos, donde discutió la definición más influyente de la derecha radical populista, la del politólogo holandés Cas Mudde, construida sobre una tríada: nativismo, autoritarismo y populismo. Su observación es que en América Latina el nativismo pesa poco y en su lugar aparece la batalla contra la llamada ideología de género, y que, a diferencia de lo que Mudde describe para Europa, la ultraderecha regional no se opone al neoliberalismo sino que defiende con entusiasmo el modelo económico. De ahí su propuesta de una tétrada: neoliberalismo, conservadurismo social, populismo y autoritarismo. Y de ahí también su tesis más incómoda, la de que la versión latinoamericana revela la verdad oculta de la global: lejos de ser una salida al malestar económico, la derecha radical lo sostiene desplazando el descontento hacia el odio al otro, sea inmigrante, religioso o sexual.

En la entrevista que concedió a La República en mayo, Ubilluz describe el fenómeno como una constelación de libertarios, conservadores y soberanistas que se contradicen entre sí y aun así marchan juntos; señala la apropiación de la idea gramsciana de batalla cultural por parte de una derecha que entendió antes que sus adversarios que no basta ganar el Estado si no se gana el sentido común; y reconoce, con una honestidad poco frecuente, que él mismo siente hacia ese sector "una frialdad un tanto agresiva", y que esa es quizá la mejor emoción posible para estudiarlo. Por esa conversación desfilan Trump, Bolsonaro, Milei, Rafael López Aliaga y la propia Keiko Fujimori, a quien Ubilluz ubica desde 2016 en el campo de la derecha radical populista y en la órbita de Vox, y aparece un dato que a un abogado formado en el sistema interamericano no le pasa inadvertido: según recuerda el autor, el candidato costarricense Fabricio Alvarado convirtió una elección en plebiscito sobre el matrimonio igualitario y agitó la idea de romper con el sistema interamericano de derechos humanos. Jorge Moreno Matos, autor del boletín literario El vicio impune, describió el libro como un estudio "profusamente documentado" que exige un lector enterado y en el que no falta nada ni nadie sobre el tema. Coincido, aunque sospecho que su valor mayor no está en el catálogo sino en el método.

Y el método es lo que me interesa como penalista. El derecho penal tiene su propia versión de la figura del enemigo, y no es una metáfora. Günther Jakobs propuso hace más de dos décadas distinguir un derecho penal del ciudadano, que mantiene la vigencia de la norma y trata al infractor como persona, de un derecho penal del enemigo, que combate peligros y le retira al sujeto esa condición. Manuel Cancio Meliá le respondió, en el mismo volumen que ambos publicaron en Civitas en 2003, que "derecho penal del ciudadano" es un pleonasmo y "derecho penal del enemigo" una contradicción en los términos. Esa discusión académica describe con precisión lo que ocurre cuando una sociedad decide odiar antes de juzgar: primero se le niega al adversario la calidad de persona, después se le niegan las garantías y al final ya no hace falta probar nada. Nuestra Constitución lo previó en el artículo 29, que presume inocente a toda persona, le garantiza defensa técnica y le reconoce el derecho a controvertir las pruebas que se alleguen en su contra. Cada una de esas cláusulas es, en el fondo, una forma institucionalizada de no odiar al enemigo. El proceso existe para que la acusación no sea un disparo por la espalda.

La expresión no es mía. Es de Álex Grijelmo, autor de La perversión del anonimato (Taurus, 2024), quien al presentar el libro sostuvo que un ataque anónimo es exactamente eso, un disparo por la espalda, y que en el mundo digital el anonimato ha pasado a significar impunidad. Grijelmo es periodista y no jurista: presidió la agencia EFE, dirige el Libro de estilo de El País, ingresó en la Academia Colombiana de la Lengua en 2018 y en junio pasado fue elegido para ocupar la silla "o" de la Real Academia Española. Su libro, de más de quinientas páginas, empieza hace cinco mil años en la ciudad de Uruk, con la tablilla en la que un escriba llamado Kushim dejó la primera firma registrada de la historia, y recorre desde allí la construcción cultural del nombre propio hasta llegar a su degradación contemporánea: perfiles creados para la ocasión, bots, troles, "agresores motivados" y "ofensas en enjambre" que hoy se cuentan por millones. Su tesis es equilibrada. El anonimato es imprescindible en unas ocasiones y deplorable en otras, y por eso el debate sobre su amparo o su proscripción, se lee en la presentación de la obra, no se puede resolver de un plumazo. Pero su diagnóstico es severo: si los nombres propios dejan de corresponder a las personas, dejan de designar la realidad y pasan a velarla. En una entrevista de marzo de este año lo resumió de otro modo: en el periodismo el profesional responde por su fuente anónima, él es el escudo y no la fuente, mientras que en las redes nadie responde por nada.

¿Qué tienen que ver un ensayo sobre la ultraderecha latinoamericana y otro sobre las máscaras digitales? Más de lo que sugieren sus portadas. Ubilluz explica que la derecha radical ha tenido éxito en lo que él llama la lucha cultural virtual, que su energía se alimenta del odio al otro y que ese odio cumple una función política precisa. Grijelmo explica el instrumento que abarata ese odio hasta volverlo gratuito: la máscara. Uno describe el combustible y el otro el mecanismo. Y los dos, sin proponérselo, retratan la misma patología desde orillas distintas: una sociedad en la que se detesta sin conocer y se acusa sin firmar. Leídos juntos, dejan una enseñanza que el derecho procesal formuló hace mucho con menos elegancia. El artículo 69 de nuestro Código de Procedimiento Penal ordena archivar los escritos anónimos que no suministren evidencias o datos concretos que permitan encauzar la investigación. No prohíbe la denuncia anónima, pero le niega el poder de poner en marcha por sí sola la maquinaria del Estado. Le exige, en otras palabras, que aporte algo más que odio.

No todo en Ubilluz me convence. Hay una tensión que el libro no resuelve del todo entre la exigencia de frialdad y la decisión de seguir llamando enemigo a quien se estudia. La categoría misma de ultraderecha, manejada sin cuidado, puede convertirse en el reverso exacto de lo que el autor critica: una etiqueta que ahorra el trabajo de conocer. Y desde el derecho hay una objeción de fondo a la lógica del amigo y el enemigo, venga de donde venga, porque el proceso judicial es precisamente el lugar donde esa lógica se suspende. Allí no hay enemigos, hay partes, y ambas tienen nombre. Pero esa objeción no debilita el libro, lo confirma. Ubilluz le pide a la política lo que el Estado de derecho les pide a los jueces desde hace siglos.

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Leo ambos libros desde Colombia, en un año en que las etiquetas se repartieron a granel y en que buena parte de la conversación pública ocurrió detrás de perfiles sin rostro. No voy a decir aquí quién merece cuál etiqueta, porque ese es justamente el ejercicio que ambos autores invitan a suspender. Sí diré lo que aprendí en el oficio: que se puede litigar con dureza sin odiar, que se puede acusar con firmeza sin esconderse y que una democracia no necesita menos adversarios, necesita más nombres propios y menos odio. Corleone tenía razón por las razones equivocadas. Ubilluz y Grijelmo la tienen por las correctas.

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Por Ricardo Andrés Giraldo Cifuentes

Abogado penalista · Conjuez del Tribunal Superior de Medellín · Docente de maestría · Autor y conferencista internacional