Mientras EE. UU. obligó a Meta a proteger a sus niños, Colombia sigue mirando la luz azul debajo de la puerta sin entrar

 - La luz azul bajo la puerta

Usted conoce la escena: la una de la mañana, la puerta del cuarto cerrada y, por debajo, esa luz azul del teléfono o la tableta que sigue encendida cuando todos deberían dormir. Adentro, una hija o un hijo de catorce años desliza la pantalla sin parar, mira vidas que no son reales y espera, casi conteniendo la respiración, cuántos corazones recibió la foto que subió.

Al otro día se levanta con ojeras, responde con monosílabos, no quiere ir al colegio y vuelve a lo mismo apenas deja la maleta.

No se trata solo de mirar vidas ficticias: lo que les roban las redes es la vida misma, horas en las que se finge todo y se atesora una existencia inventada. Entonces, empezar a fotografiarlo todo como un montaje se vuelve modus vivendi en la jungla digital: calificarse unos a otros como jurados de un concurso que nadie convocó.

Después vienen los reels, uno tras otro, con su pequeña descarga de dopamina. Entran a las nueve y salen a las tres sin saber por dónde se les fue la noche o el día.

La conversación en la mesa, el paseo, los abuelos, la voz de la mamá desde la cocina: todo empieza a parecer un fastidio. Vuelven al teléfono no por diversión, sino porque ya no saben estar sin él.

Lo que vemos en la casa y lo que advierten pediatras, psiquiatras y maestros se parece a una epidemia sin virus: silenciosa, sin fiebre y sin cuarentena. Les altera el sueño, les recorta la concentración y les quita algo más difícil de medir: la presencia.

Están sentados con nosotros, pero ausentes. A veces también les ocurre a los abuelos, atrapados por voces y videos fabricados que los engañan y los sesgan. La máquina no distingue edades; solo mide atención.

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Hace ocho días, mientras esa luz se repetía en millones de casas, en un juzgado federal de Oakland se juzgaba si Facebook e Instagram habían sido diseñados para que los menores no pudieran soltar el teléfono. La demandaron fiscales generales de veintinueve estados norteamericanos.

Sostenían que Meta conocía el daño que sus plataformas podían causar en la salud mental adolescente y, aun así, le mintió al público.

El testimonio más doloroso fue el de Arturo Béjar. Trabajó en Facebook contra el acoso digital, volvió como consultor de bienestar de Instagram y declaró que la seguridad de los menores nunca fue prioridad real.

Lo más grave no era técnico, sino humano: cuando su propia hija de catorce años recibió contenido sexual que nunca pidió, las herramientas que él mismo ayudó a construir no sirvieron. Si el ingeniero que conocía la máquina no pudo proteger a su hija desde adentro, ¿qué queda para el padre que toca una puerta a medianoche y solo recibe silencio?

En Creta, Atenas aceptó enviar cada cierto tiempo a sus muchachos al laberinto del Minotauro. Lo firmó, lo cumplió y lo llamó paz. Durante años discutió la cuota, no el horror. Hasta que Teseo dejó de negociar el tributo y entró al laberinto. Algo parecido pasa con las redes: hablamos de horarios, advertencias y multas, pero evitamos nombrar lo esencial. Hay una estructura diseñada para retenerlos, y alguien tiene que entrar.

Meta decidió conciliar antes de que declarara Zuckerberg: pagará hasta unos diecisiete mil millones de dólares en diez años, sin admitir responsabilidad. Para una empresa de ese tamaño, no es una ruina: es poco más de lo que factura en un mes. Lo que compró, sobre todo, fue que un jurado no dejara establecido como hecho probado que sus aplicaciones dañan a los niños y que la compañía lo sabía.

Los niños de esos estados sí ganaron algo concreto: límite automático de dos horas diarias entre Facebook e Instagram, bloqueo entre medianoche y seis de la mañana, notificaciones silenciadas en horario escolar, avisos cada quince minutos, publicaciones en orden cronológico, videos que no arrancan solos y un auditor independiente. Por fin alguien distinto del padre subió a la isla.

Pero Colombia quedó por fuera: aquí no habrá bloqueo nocturno, ni tope de dos horas, ni auditor, ni orden cronológico obligatorio para un muchacho de Bogotá, Quibdó o Mocoa. Es la misma empresa, el mismo algoritmo y la misma luz azul debajo de la puerta. La diferencia cruel es otra: el niño protegido fue el que tuvo un Estado dispuesto a pelear por él.

Entre nosotros el asunto duele más porque el desamparo es doble. El niño urbano está conectado sin defensa; el rural llega tarde, sin alfabetización digital suficiente y sin una norma fuerte que lo ampare.

Y el daño colombiano no se mide solo en horas de pantalla: Unicef, Ecpat e Interpol reportaron que uno de cada cinco adolescentes usuarios de internet en Colombia sufrió alguna forma de explotación o abuso sexual facilitado por la tecnología. Súmese el reclutamiento de menores por esas mismas aplicaciones. Allá apagan el teléfono a medianoche; acá, a veces, por ese teléfono se llevan a los muchachos.

Herramientas tenemos, pero las usamos como quien sopla una vela en medio de un incendio. La Superintendencia de Industria y Comercio ya ordenó a TikTok ajustarse al estándar colombiano y dejó constancia de millones de usuarios menores en el país. El Congreso tiene un proyecto para prohibir redes a menores de dieciséis años.

Sin embargo, frente a empresas que pueden pagar diecisiete mil millones de dólares y seguir como si nada, nuestras sanciones parecen recibos, no decisiones de Estado.

Si el Estado colombiano no entra por esos niños con bloqueos reales, no será Meta quien los saque de la trampa. Todavía estamos a tiempo de ir por ellos.

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.