¿Está preparado el militar colombiano para votar?
El desafío ético, moral y psicológico del voto militar en Colombia
El debate sobre el voto de militares y policías activos ha comenzado por donde resulta más fácil: la Constitución, la ley y las experiencias de otros países. Ese es el desafío técnico: determinar si pueden votar, cómo hacerlo, cuáles serían sus límites y qué garantías deberían existir para proteger el secreto y la libertad del sufragio.
Pero existe una pregunta anterior, mucho más incómoda:
¿Está preparado el militar colombiano para votar?
No pregunto si es ciudadano. Lo es. Tampoco si merece derechos políticos. Los merece. Pregunto algo diferente: ¿qué ocurre cuando a una persona formada durante años para obedecer, mandar, mantener la disciplina, proteger a sus compañeros y anteponer la misión a sus intereses individuales se le entrega la posibilidad de decidir políticamente por sí misma?
Porque votar no es obedecer.
Y para comprender este dilema hay que comprender primero al militar que buena parte de la sociedad colombiana solo conoce cuando desfila, patrulla o aparece en medio de una operación.
El militar no es simplemente un ciudadano que se pone un uniforme. La institución militar construye una identidad. La Ley 1862 de 2017 habla de disciplina, obediencia, honor, lealtad, espíritu de cuerpo, mística, abnegación y servicio. Al mismo tiempo, exige una formación moral, intelectual, humanística y técnica.
La institución no solamente enseña una profesión: forma una manera particular de vivir el deber.
Un joven que ingresa a las Fuerzas Militares aprende que la misión importa, que la palabra empeñada compromete, que al compañero no se le abandona, que la jerarquía organiza la acción y que la disciplina no es una opción, sino una condición para que otros puedan confiarle la vida.
Eso, es precisamente lo que la sociedad espera de quien porta las armas de la República.
Pero aquí comienza el problema.
¿Qué significa deliberar?
En mi libro Disidente planteé una idea deliberadamente provocadora: “al militar se le suprime el poder DELIBERAR”. La llevé hasta una conclusión radical: “Aquí nace el fundamento mundial de la esclavitud: no poder pensar”.
No pretendo convertir aquella afirmación en una explicación histórica de todas las formas de esclavitud. La planteé como una reflexión sobre la libertad humana: quien pierde la posibilidad de pensar y decidir queda expuesto a que otro piense y decida por él.
Y esta idea adquiere hoy una dimensión distinta.
Un militar no deja de pensar, de juzgar ni de distinguir entre el bien y el mal por pertenecer a una institución no deliberante. Pero debemos distinguir dos cosas que con frecuencia confundimos:
una Fuerza Pública que no delibera políticamente y un militar al que se le impide pensar políticamente.
No son lo mismo.
Alberto Lleras Camargo entendió que la política vive de la controversia mientras la milicia necesita disciplina y unidad. Su preocupación era que la política partidista penetrara las Fuerzas Armadas y terminara fracturando aquello que permite cumplir su misión.
Lleras defendía a la institución, no la ausencia de pensamiento de quienes la integran.
Y aquí aparece una pregunta que considero inevitable:
Si el militar no puede participar en una decisión política que afecta directamente su vida, su carrera, su institución y la Nación que sirve, ¿quién decide por él?
El militar también aprende a decidir
Existe otra paradoja.
La propia legislación militar colombiana demuestra que disciplina no significa obediencia ciega. La Ley 1862 reconoce la iniciativa, el juicio y la capacidad de decisión; incluso establece que una orden manifiestamente contraria a la Constitución o a la ley no debe ser obedecida.
El militar, entonces, no es formado para ejecutar mecánicamente.
Es formado para decidir dentro de límites.
La educación militar contemporánea confirma esa evolución. Un programa desarrollado con instituciones educativas de las Fuerzas Militares incorporó la ética, toma de decisiones, valores profesionales, uso legítimo de la fuerza y límites del servicio. En una encuesta a 2.828 participantes, el 94,2 % calificó con la máxima puntuación la importancia de la ética militar.
Por tanto, no comparto el argumento de que un militar sea incapaz de votar porque ha sido formado para obedecer.
El problema es otro:
¿Puede trasladar esa capacidad de decisión del campo profesional al campo político sin trasladar consigo la lógica jerárquica de la institución?
Ese es el verdadero desafío adaptativo.
El ciudadano detrás del uniforme
Un estudio sobre identidad militar y relaciones civiles-militares en Colombia encontró, en una muestra de 85 militares, una fuerte identificación con el rol militar y familiar, mientras solamente cinco participantes se identificaron explícitamente como ciudadanos. Los propios investigadores advierten que el resultado no puede generalizarse a todos los militares colombianos. Pero el dato deja una pregunta incómoda: ¿qué lugar ocupa la ciudadanía dentro de una identidad profesional tan fuerte?
Otro estudio encontró que la vida militar desarrolla procesos de adaptación, regulación emocional, pertenencia, trabajo en equipo y toma de decisiones.
Esto significa que el militar no solamente aprende conocimientos técnicos.
Aprende a pertenecer.
Aprende a confiar en su compañero, a controlar sus emociones, a cumplir una misión colectiva y a responder ante una estructura de autoridad.
La democracia le pide algo diferente cuando entra a una urna:
conservar su identidad, pero ejercer una decisión que pertenece exclusivamente a su conciencia.
Ahí está la tensión.
No entre obediencia y libertad, como si fueran necesariamente opuestas, sino entre la identidad del militar y la autonomía del ciudadano.
El verdadero peligro
No creo que el mayor riesgo sea que el militar vote.
El verdadero riesgo sería que los partidos políticos conviertan ese voto en una nueva forma de penetrar los cuarteles.
La historia colombiana obliga a ser cautelosos. La profesionalización militar estuvo acompañada por esfuerzos para separar a las Fuerzas Armadas de las disputas partidistas, precisamente porque en diferentes momentos los partidos intentaron ejercer influencia sobre ellas.
La experiencia comparada deja una lección: el sufragio militar puede coexistir con la neutralidad institucional cuando se protege al elector, no cuando se controla su voto.
Por eso la pregunta no puede ser solamente:
¿Qué harán los militares con el voto?
También debemos preguntar:
¿Qué harán los políticos con el voto de los militares?
No tengo miedo del militar votando en secreto.
Tengo miedo de que los partidos estén más preparados para capturar ese voto que la institución para protegerlo.
Que un comandante pretenda orientar el voto de sus subordinados sería inaceptable. Que un partido convierta una unidad militar en un nicho electoral sería peligroso. Que la lealtad institucional termine confundida con lealtad partidista sería devastador.
Porque ese día no estaríamos ampliando la ciudadanía.
Estaríamos politizando la Fuerza Pública.
Sí al voto, pero no ingenuamente
Mi posición es clara: sí al voto militar.
Pero no como una concesión política, ni como un premio, ni como un nuevo mercado electoral.
Debe ser el reconocimiento de una ciudadanía que ya existe y que puede ejercerse sin destruir la neutralidad institucional.
El desafío técnico lo resolverán la Constitución, la ley, las autoridades electorales y la experiencia internacional. Países como Chile, Uruguay, Argentina, Perú, Estados Unidos y Reino Unido demuestran que el sufragio militar puede coexistir con la neutralidad institucional cuando se protege al elector y se separa su derecho individual de la participación política de la Fuerza Pública.
La lección no es copiar modelos, sino garantizar secreto del voto, ausencia de presión jerárquica, prohibición del proselitismo en las unidades y separación absoluta entre Fuerza Pública y partidos políticos.
Pero el desafío verdaderamente importante no lo resuelve ninguna ley.
Es ético, moral y psicológico.
El militar tendrá que aprender que, cuando llegue a la urna, no entra el Ejército.
No entra su comandante.
No entra su unidad.
No entra su espíritu de cuerpo.
No entra su uniforme.
Entra él.
El ciudadano.
Y también tendremos que exigirle lo mismo a la política: que respete ese momento de intimidad democrática y jamás intente convertir la cadena de mando en cadena electoral.
Porque la democracia no necesita militares sin identidad. Necesita militares cuya identidad profesional pueda convivir con una ciudadanía políticamente autónoma.
El militar no tiene que dejar de ser militar para votar.
Tiene que aprender algo mucho más difícil:
cuándo termina el soldado y comienza el ciudadano.
Y Colombia debe hacerse esa pregunta antes de reformar la ley:
¿Estamos preparados para darle el voto al militar colombiano y, al mismo tiempo, preparados para protegerlo de quienes quieran decirle cómo votar?
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