La guerra cultural llegó a las aulas. El problema es que los adultos disparan sus certezas y los niños quedan en medio

Black-and-white selfie of a man in a padded jacket on a cobblestone street, with historic buildings and pedestrians in the background. - ¿De quién es el niño?

La reciente polémica alrededor de la educación sexual y de la llamada “ideología de género” vuelve a poner a la educación colombiana frente a una discusión que, si no somos cuidadosos, puede terminar convirtiéndose en otra guerra cultural. La ministra de Educación ha anunciado revisiones sobre contenidos y materiales utilizados en los colegios, mientras distintos sectores cuestionan o respaldan la medida.

Pero antes de decidir quién tiene razón, convendría formular una pregunta mucho más elemental:

¿Qué necesita realmente el niño?

No escribo para defender a la ministra ni para atacarla. Tampoco para entrar en la disputa entre quienes denuncian adoctrinamiento y quienes consideran esas denuncias una forma de persecución. El debate merece una mirada que vaya más allá de las trincheras políticas.

Porque cuando hablamos de primera infancia no estamos hablando de una categoría ideológica. Estamos hablando de seres humanos que apenas comienzan a construir su relación con el mundo.

Desde mi experiencia como educador, investigador y autor, he llegado a una convicción que atraviesa mi libro Perspectivas de la pedagogía en contribución de paz: la educación debe partir de la comprensión del ser humano que tenemos delante. El niño no es un adulto pequeño. Su desarrollo tiene ritmos, necesidades y características propias; aprende mediante la experiencia, el juego, el movimiento, los sentidos, la imaginación, la imitación y los vínculos que establece con quienes lo rodean.

Por eso, antes de discutir qué contenidos queremos introducir en la escuela, deberíamos preguntarnos si son pertinentes para la edad, el momento de desarrollo y las necesidades reales del niño.

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Esto no significa ocultarle la realidad. Significa respetar su proceso.

Aquí aparece un fenómeno que considero particularmente preocupante: la adultificación de la infancia. Ocurre cuando dejamos de preguntarnos qué necesita comprender un niño y comenzamos a preguntarnos qué queremos que piense.

Y no es un problema exclusivo de una corriente política.

Puede ocurrir desde una perspectiva religiosa, desde una agenda ideológica, desde una determinada concepción cultural o incluso desde una educación excesivamente intelectualizada. El mecanismo es parecido: el adulto coloca sus certezas sobre un proceso que debería acompañar con prudencia.

Por eso tampoco basta con hablar de “instrumentalización ideológica” de la educación. Una escuela libre de una ideología no puede convertirse simplemente en una escuela al servicio de la ideología que logró imponerse.

La familia tiene derecho a educar de acuerdo con sus convicciones. Pero el niño no puede convertirse en propiedad de una doctrina religiosa. De la misma manera, ninguna agenda política o cultural debería convertirlo en propiedad de una causa.

El niño no necesita que la escuela le diga qué debe pensar, ni tampoco qué debe dejar de pensar. Necesita aprender a pensar.

Y ese aprendizaje comienza mucho antes de los grandes conceptos. Durante la primera infancia, jugar, imaginar, moverse, crear, preguntar, explorar y relacionarse con otros no son actividades secundarias frente al aprendizaje “serio”. Son parte esencial del desarrollo.

También lo es aprender a conocer y cuidar el propio cuerpo, reconocer límites, comprender la intimidad, respetar al otro y saber pedir ayuda. La educación sexual puede y debe contribuir a la protección de la infancia, pero la discusión pedagógica no debería reducirse a decidir si entra o sale del currículo.

Las preguntas importantes son otras: qué enseñar, cuándo hacerlo, con qué lenguaje, con qué propósito y de acuerdo con qué etapa del desarrollo.

Ese debería ser el punto de encuentro.

Porque tampoco podemos convertir la educación sexual en un tabú. Proteger a los niños no significa negarles conocimiento. Significa ofrecerles aquello que necesitan para comprenderse, cuidarse y relacionarse con los demás, sin imponerles prematuramente las categorías y conflictos propios del mundo adulto.

La responsabilidad tampoco corresponde exclusivamente a la escuela.

La familia tiene un papel insustituible. El maestro debe observar, acompañar y reconocer la individualidad de cada niño. Y el Estado tiene la obligación de garantizar derechos, protección y calidad educativa.

Pero ninguno debería apropiarse de la infancia.

El Estado no es dueño del niño. La familia tampoco. La escuela tampoco.

Todos tienen responsabilidades frente a él.

Y aquí aparece una palabra que debería estar en el centro de cualquier reforma educativa: libertad.

Educar para la libertad no significa llenar al niño de nuestras certezas. Significa crear las condiciones para que, cuando llegue su momento, pueda construir sus propias preguntas, desarrollar su juicio y pensar por sí mismo.

Esa concepción de la educación también tiene una relación profunda con la construcción de paz. Una sociedad que enseña desde la infancia a convertir la diferencia en amenaza tendrá dificultades para formar adultos capaces de convivir con ella. La paz no comienza únicamente cuando terminan los conflictos; también comienza cuando un niño aprende a reconocer al otro sin convertirlo en enemigo.

Por eso, nuestros hijos no necesitan heredar nuestras guerras culturales. No necesitan ser religiosos porque nosotros lo somos, ni asumir una determinada agenda cultural, ni crecer reaccionando contra ella.

Necesitan adultos capaces de protegerlos incluso de nuestras propias certezas.

Los cambios que vienen en la educación colombiana deberían servir para algo más que reemplazar unos contenidos por otros. Deberían abrir una conversación nacional sobre el tipo de infancia que queremos proteger y sobre la clase de adultos que queremos ayudar a formar.

Porque quizá la pregunta más importante no sea qué queremos que nuestros niños piensen, sino:

¿Qué necesitan para llegar a pensar por sí mismos?

La primera infancia no es de izquierda ni de derecha. No es religiosa ni antirreligiosa. No es woke ni antiwoke.

Es infancia.

Y esa debería ser nuestra primera responsabilidad.

Primero el niño. Después nuestras certezas.

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Por Germán Alberto Bermúdez Ordoñez

Soy escritor, educador y veterano de guerra colombiano. Mi trayectoria integra liderazgo militar, pedagogía humanista y reflexión filosófica, orientada a comprender y transformar los procesos humanos y sociales en contextos de conflicto, posconflicto y construcción de paz.