El sismo de 7,4 que sacudió a Cali fue devastador, pero gran parte de los daños también obedecen a construcciones inseguras en zonas vulnerables

 - Cuando al embate de la naturaleza se le suma la chambonada humana: el caso de Cali

Fallecidos 111; heridos 1416; desaparecidos 77; rescatados 88, cuerpos entregados a las familias 94. Ese es al balance de víctimas humanas del terremoto que estremeció a Cali el pasado lunes 10 de agosto.

El balance de daños materiales también es dramático: edificaciones con colapso total, 46: edificaciones con colapso parcial 1408; edificaciones con orden de evacuación 533; toneladas removidas 14.000. 

Este es el desolador saldo que deja en Cali el sismo ocurrido a las 7 y 34 minutos de la mañana. Las cifras reflejan la magnitud de la catástrofe. Pero no se puede entender realmente lo que fue ese terremoto sin haberlo vivido.

A mí me tocó padecerlo. Y en un piso 12. Describir en palabras esos dos minutos es muy complicado. Pero lo intentaré.

Yo me encontraba en la cama y estaba próximo a levantarme para desayunar. Todo comenzó con un movimiento tenue, casi imperceptible. Luego vino un zarandeo mayor, pero seguía siendo un movimiento oscilante. Y la tercera fase fue la peor, el edificio se puso literalmente a brincar. O eso sentí.

El movimiento ya no era de un lado para otro sino de arriba para abajo. Simultáneamente comenzaron a abrirse los cajones de los escritorios y de los closets y a caerse porcelanas libros y cuadros y cuanto objeto había en los estantes de toda la casa.
No puedo describir el ruido que producía el trepidar de la edificación sumado a la ruptura de los vidrios de los cuadros y las porcelanas y al desplazamiento de los cajones.

Yo procuré hacer lo que me ha recomendado varias veces mi amigo Rodrigo Zamorano, uno de los caleños que más sabe de esos fenómenos naturales: me acurruqué al lado de la cama e intenté hacer un triángulo de la vida entre la cama y la mesa de noche.

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Unos diez minutos después de que finalizó el movimiento sonó el citófono. Era el portero para pedirme que evacuara y para decirme que yo era el único habitante del edificio que no lo había hecho.
Irresponsablemente bajé por el ascensor y al llegar al punto de encuentro señalado para este tipo de emergencias me encontré con los vecinos, usualmente muy orondos y majos, en piyama y con el pánico dibujado en el rostro.

Al cabo de dos horas nos permitieron retornar a nuestras viviendas. Varios no quisieron hacerlo y permanecieron varias horas en el lobby.

A nuestro edificio no le pasó prácticamente nada, como a la mayoría de las edificaciones del oeste de Cali. En esta zona de la ciudad los suelos son rocosos, firmes y muchos están construidos con las normas antisísmicas establecidas en 1984, un año después del terremoto de Popayán y actualizadas en 1997 y en el 2010.

Pero inclusive en Terrón Colorado, barrio de invasión ubicado en este sector de Cali y habitado por unas 100 mil personas, y cuyas casas tienen una apariencia frágil, los daños fueron menores.

Los mayores impactos se concentraron en dos sectores la ciudad, que en cada sismo sufren grandes afectaciones: el llamado cono de Cañaveralejo y los barrios de La Flora y Menga. 

Estos sectores son habitados por gente de clase media y media alta. Por ello, esta vez los más afectados no fueron los barrios populares que suelen ser los que llevan la peor parte ante cualquier fenómeno natural.

¿Pero por qué en estas zonas de Cali se concentraron los mayores destrozos y la mayor cantidad de víctimas?

Quien mejor lo explica es el ingeniero Wilfredo Pardo en un escrito que me hizo llegar el ambientalista Micky Calero: “El fenómeno de la licuefacción es una realidad devastadora”, afirma el ingeniero Pardo. 

Y añade: ”Las construcciones edificadas sobre lechos de arena y en zonas cercanas a antiguos cauces de ríos fueron las que sufrieron con mayor fuerza el impacto del reciente movimiento telúrico. El suelo de estas zonas no es apto para soportar estructuras pesadas sin la ingeniería adecuada. 

“En el caso específico de Cali, la geología no miente. El río Cañaveralejo, en su antiguo recorrido natural, depositó durante siglos toneladas de arenas finas y limos al bajar de la ladera. 

Toda esta inmensa red de agua fue secada, canalizada y rellenada de forma artificial. El asfalto tapó los ríos, pero el subsuelo profundo quedó saturado de agua y sedimentos inestables. Al encenderse las ondas sísmicas, estos antiguos cauces invisibles recordaron su naturaleza, haciendo que la tierra se comportara como líquido y hundiera las estructuras mal calculadas.

Este fenómeno encuentra un paralelo exacto en el norte de la ciudad. Toda esta zona, donde hoy se levantan los edificios modernos de la Nueva Flora y el tradicional barrio Aniversario, comparte el mismo pecado original: se construyó directamente sobre el antiguo lecho y la llanura de inundación del río Menga. 

“Este río de ladera, antes de ser confinado y canalizado, inundaba cíclicamente estos terrenos, compactando capas profundas de lodo blando y arenas sueltas. Al igual que con el Cañaveralejo, la ingeniería ignoró que el subsuelo del norte tiene memoria hídrica, y el sismo cobró la cuenta fracturando las estructuras que subestimaron el poder de la licuefacción”.

La conclusión al leer la muy clara explicación del ingeniero Pardo es una sola: el terremoto que sacudió a Cali, cuya intensidad fue de 7,4 grados, ciertamente es uno de los más fuertes ocurridos en los últimos cien años en esta ciudad.

Pero los destrozos causados por el sismo no se explican solo por su magnitud. A la fuerza de la naturaleza hay que sumarle la estupidez humana que llevó a levantar construcciones sin las especificaciones adecuadas en sitios altamente vulnerables. 

Y la estupidez es doble porque estas zonas habían sido las más impactadas con sismos anteriores como el del 2007. Es decir, se construyó mal y no se tomaron los correctivos pertinentes.

Resultado del coctel mortal de fuerza natural más chambonada humana: 46 edificaciones con colapso total,  1408 edificaciones con colapso parcial 1408; 533 edificaciones con orden de evacuación.

PD: La que, por fortuna, no tembló, fue la solidaridad de los caleños. El terremoto del lunes produjo una verdadera avalancha de generosidad, cooperación y apoyo. Miles de rescatistas voluntarios trabajando día y noche buscando vida debajo de los escombros; cientos de restaurantes y de empresas donando almuerzos refrigerios y bebidas, la gente recibiendo en sus casas a los que se quedaron sin hogar... También hay que destacar la labor de las autoridades, encabezadas por el alcalde Alejandro Eder que no ha parado de trabajar, en el terreno y en las oficinas, desde hace 8 días. Se comportó como un general de trinchera.

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Por Diego Martínez Lloreda

Nací en Bogotá y estudié comunicación social en la Universidad Javeriana. En marzo de este año completé 29 años de trabajo en El País y 39 de ejercicio profesional. En El País fui Editor de Cali, Director de Proyectos Especiales, Asistente de la Dirección, Jefe de Redacción, Director de la oficina de El País Bogotá, Editor General, Director de Información y Director General. En El País escribí los editoriales de los domingos y una columna semanal que se llamaba el Martillo. Dirigí y presenté el programa semanal Al Banquillo con Martillo. Durante siete años mi columna Martillo fue la más leída por los líderes de opinión del Valle del Cauca, según la encuesta de Cifras y Conceptos. Durante cinco años presenté y coordiné el programa la Hora del Martillo por Telepacífico y fui fundador del programa radial Oye Cali. Dirigí el equipo ganador del premio Simón Bolívar a mejor cubrimiento informativo en el 2008 y en el 2011 gané el premio al mejor periodista del año. En 2018 fui galardonado con el Premio Gabo al editor Ejemplar y en 2019 obtuve el premio Alfonso Bonilla Aragón, a la mejor columna periodística.