El sismo mostró dos caras de Colombia: un pueblo capaz de superar diferencias, y una clase política que divide, administra la desigualdad y abandona

 - Destrozos de la malarie política

Destrucción, miedo, muerte, dejó el pasado sismo; pero también mostró la grandeza del pueblo colombiano. Nunca se preguntó por el estrato social del sepultado en los escombros; tampoco por el color de la piel, ni la religión, ni la ideología, ni su lugar en la sociedad. Le bastó conocer que era un ser humano para desplegar su potencial de fraternidad.

El pueblo se ayudó entre sí, los vecinos auxiliaron a los vecinos, desplegaron solidaridad espontáneamente en todas las regiones devastadas. Ejerció la fraternidad sin prejuicios, pues la vida estaba en peligro. Comprendió desde el primer instante que el sismo era real; el dolor, real; la muerte, real, y no existen entre ellos divisiones ficticias ante lo real.

Pero también develó lo peor de Colombia: sus políticos, los de hoy y los de siempre. El origen de la desigualdad, la miseria, el abandono, de los pueblos por sus pésimas administraciones clientelistas. A los desastres del sismo se agregaron los causados por la indolencia administrativa del Estado. 

Cuando el sismo develó la realidad de sus obras de gobierno, recordamos el rostro de muchos políticos con señales de enfermedad mental: mañosos, mentirosos, ególatras… Rasgos psicológicos de psicópatas, de político colombiano sin importar sus banderas. A casi todos los transporta el delirio del poder sin importarles al ser humano de los colombianos.

Como los delincuentes comunes, utilizan máscaras seductoras para ocultar la perfidia de sus rostros. Mientras los pueblos se unen para enfrentar tragedias reales, ellos fabrican enemigos imaginarios; donde hay problemas verdaderos, ellos inventan problemas ficticios; cuando la gente busca la paz, ellos fabrican las guerras; cuando los ciudadanos buscan amigos en la política, los políticos se comportan como sus peores enemigos. 

Si los pueblos buscan unidad; ellos los separan por estratos, regiones, razas, religiones e ideologías. Si tienen necesidad del otro; ellos les imponen sus adversarios políticos. Así fabrican sociedades de desheredados; no para distribuir mejor la riqueza, sino para concentrarla; no para disminuir las desigualdades, sino para administrarlas; no para gobernar en favor de todos, sino para conservar los privilegios.

Entonces crean inútiles instituciones públicas con nombres rimbombantes, pero infectadas de política. La UNGRD —Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres—, no anticipa ningún riesgo, ni gestiona soluciones para los desastres colombianos. El SGC —Servicio Geológico Colombiano—, no emite ningún conocimiento científico sobre amenazas sísmicas, ni protege a ninguna población. El sistema público de salud nunca está preparado para ninguna emergencia. Las autoridades urbanísticas y curadurías reparten licencias de construcción donde ponen en riesgos la vida de muchos colombianos. La justicia es injusta, y la Fiscalía, sorda. Solo mascaradas de una democracia corrompida por políticos mediocres y corruptos.

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Cuando fallan las instituciones públicas, ya no tiene importancia preguntarse por qué tiembla la tierra. Un sismo no tiene ideología, no vota, no es de izquierda ni de derecha, no le interesa el poder político. La Naturaleza no fabrica pobreza, ni la administra para perpetuar privilegios, ni la utiliza para hacer clientelismo. Estas son actividades propias de la malarie política practicadas por políticos infectados y develados por el pasado sismo.

La tierra tembló y el pueblo colombiano se comportó como seres humanos. Me pregunto: ¿por qué los políticos olvidan tan fácilmente que también lo son? 

“Cuando los problemas se perciben con suficiente anticipación —afirmaba Maquiavelo—, pueden remediarse fácilmente; si se espera hasta que se manifiesten, cualquier medicina llegará demasiado tarde, porque la enfermedad se habrá vuelto incurable. [...] Así ocurre en la política.” El sismo destruye edificios, diría yo, pero la malarie política destruye el cuerpo y el alma de cualquier pueblo.

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Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva. Autor de varias novelas, libros de cuentos y ensayos literarios.

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