Texto escrito por: Ramiro Guzmán Arteaga
Hay escenas que parecen escritas por Gabo y que, sin embargo, ocurren delante de nuestros propios ojos.
En medio de la fastuosa posesión de Abelardo de la Espriella, entre uniformes, invitados ilustres, cámaras, discursos y toda la parafernalia de un poder que quiso mostrarse en grande, estaba también Luis Felipe Yagüe Cotazo, el señor de la panela, aquel vendedor de 74 años que desde Florencia, Caquetá, llegó hasta la ceremonia convertido en símbolo de la Colombia humilde.
Y aunque el presidente tuvo con él un gesto de cercanía y hasta un abrazo, la imagen que me queda es otra: la de un hombre sencillo cuya presencia terminó casi diluida por el estruendo del espectáculo. Porque una cosa es invitar al pobre a la ceremonia y otra muy distinta es que su realidad consiga hacerse visible entre tanta pompa.
Eso me hizo recordar Crónica de una muerte anunciada, cuando todo un pueblo se pone sus mejores ropas de lino blanco para esperar al obispo. Esperan durante horas, llenos de ilusión, mientras el gran buque pasa frente a ellos sin detenerse. El obispo apenas alcanza a lanzar desde lejos una bendición de compromiso y continúa su viaje.
La escena es magistral porque Gabo entendió algo que todavía nos cuesta aprender: hay poderes que se acercan a los pueblos sin llegar realmente a ellos.
Algo de eso me evocó la presencia de Luis Felipe Yagüe en la posesión. No porque el hombre de la panela haya hecho el ridículo —todo lo contrario—, sino porque su dignidad sencilla contrastaba con una ceremonia donde la pobreza podía terminar convertida en símbolo, en imagen, en relato político, sin que necesariamente se escuchara todo lo que esa pobreza tiene por decir.
Ahí está la verdadera paradoja.
El pobre puede ser invitado al escenario, fotografiado, abrazado y convertido en emblema; pero eso no significa que la pobreza haya dejado de ser invisible.
Yagüe no tiene nada de qué avergonzarse. Si alguien merece una reflexión, no es él, sino el sistema de apariencias que necesita exhibir de vez en cuando un rostro humilde para demostrar que también mira hacia abajo.
Como buen costeño, mi madre resumió todo esto con esa sabiduría popular que no necesita asesores de imagen. Cuando hoy le conté lo del señor de la panela, me dijo:
—Eso le pasa por meterse donde no debe.
Y después, como quien pone la última ficha de dominó, soltó otro de sus dichos:
—Si vieres al rico y al pobre comer juntos algún día, o el rico le debe al pobre, o es del pobre la comida.
Tal vez ahí esté la lección.
No hay que burlarse del hombre que llegó desde Florencia con sus sueños de campesino y vendedor. Hay que preguntarse por qué una sociedad puede hacer de su humildad un espectáculo durante un día y olvidarse de ella al día siguiente.
Porque, al final, el señor de la panela no fue el personaje menor de esta historia.
El personaje menor fue la parafernalia que necesitó tanta grandeza para que la humildad pudiera verse.
Y entonces vuelve Macondo a la memoria: el gran buque pasa, resopla, deja su estela y sigue río abajo.
Mientras tanto, los que estaban en la orilla quedan preguntándose si alguna vez, de verdad, alguien se bajará del buque.
También le puede interesar:
Anuncios.


