Una nueva masacre en el Cauca empaña el deporte en Colombia. Familias exigen garantías para transitar sin temor y frenar la violencia sin sentido

 - La violencia no da tregua: tres militares en retiro fueron asesinados mientras montaban cicla en el Cauca
Texto escrito por: Nerio Luis Mejía

Es profundamente doloroso tener que escribir, una vez más, sobre la violencia que desangra a nuestra patria. En un país normal, cualquier ciudadano desearía iniciar el día disfrutando de su bebida favorita, revisando las noticias desde la pantalla de su teléfono, una tableta, el computador o escuchando la radio y la televisión tradicional con la expectativa de encontrar sosiego. Todos merecemos esa tranquilidad básica. Sin embargo, en Colombia la realidad se insiste en volver oscura y fría; vivimos bajo un halo de incertidumbre donde nadie parece hallar respuestas claras al momento de exigir lo mínimo: seguridad y respeto por la vida.

El pasado jueves 30 de julio de 2026, el país volvió a consternarse ante una noticia trágica e indignante: tres personas fueron vilmente asesinadas mientras practicaban ciclismo en la vía que conecta a los municipios de Silvia y Totoró, en el departamento del Cauca. Este atroz suceso —que se convirtió en la masacre número 77 en lo que va del año 2026, según cifras de INDEPAZ— deja al desnudo el nivel de salvajismo y sevicia con el que se actúa en nuestra tierra, arrebatándole la vida a tres seres humanos en absoluto estado de indefensión mientras disfrutaban del deporte.

Los primeros informes señalan que las víctimas eran miembros en retiro de la Fuerza Pública; es decir, ciudadanos del común que, tras haber prestado sus servicios a la institucionalidad, gozaban de su legítimo derecho al descanso. Tenían el derecho constitucional y humano que nos asiste a todos los colombianos de transitar nuestras carreteras y ejercitarnos sin el zozobrante temor de correr una suerte tan brutal y cobarde.

Es absolutamente comprensible la rabia y la impotencia que embargan nuestro pecho. Causa profundo dolor ver cómo en un país habitado por gente buena, campesinos, trabajadores incansables y familias que luchan de sol a sol para salir adelante, un puñado de violentos —enfermos que escogieron la criminalidad como forma de existencia— apague la vida de quienes merecen vivir en paz. Resulta inaceptable y ruin que, en medio del dolor, existan voces que pretendan responsabilizar a las víctimas por transitar en territorios con fuerte presencia criminal. ¡No! La culpa jamás será de quien camina o pedalea; la culpa es del victimario. La guerra misma tiene límites, pero estos grupos desalmados desconocen cualquier principio de humanidad.

Nadie en Colombia merece vivir bajo el miedo de caer acribillado por el solo hecho de recorrer un país libre que clama a viva voz el cese definitivo de la violencia. Este clamor es la mayor exigencia colectiva de un pueblo exhausto, que prefiere la firmeza antes que alternativas fallidas de paz que a lo largo de nuestra historia solo han dejado impunidad y frustración.

Hoy hay tres familias sumidas en el luto, llorando desconsoladamente a sus seres queridos que salieron a disfrutar de la naturaleza y tropezaron con una muerte miserable. Hoy, ese crimen cobarde mantiene a miles de colombianos encerrados en sus casas, temerosos de salir a disfrutar de los paisajes y del sano esparcimiento que ofrece nuestro maravilloso territorio.

Pero los violentos se equivocan. Tienen que entender que, con el pasar de los días, el cerco social y moral se les estrecha. Enfrente tienen a un pueblo con dignidad que rechaza la violencia y exige vivir en libertad. Podrán sembrar el terror con sus armas y sus masacres, pero jamás doblegarán la voluntad de la mayoría de colombianos que luchamos sin descanso para que las futuras generaciones no tengan que escribir, leer ni sufrir la guerra que hoy nos confina.

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Ningún crimen se justifica. Perder la vida por una bala perdida es una tragedia azarosa, pero arrebatarla premeditadamente por el solo hecho de haber pertenecido a una institución, o bajo cualquier otro pretexto macabro, es un acto imperdonable que jamás tendrá justificación moral ni política.

Nuestro despertar cotidiano no puede seguir siendo sombrío. Nos negamos rotundamente a normalizar la muerte y a otorgar estatus político a lo que no es más que barbarie y delincuencia común. El crimen jamás tendrá cabida en el alma de los colombianos que, en medio del dolor y las décadas de castigo, nos levantamos todos los días a construir país con esperanza y firmeza.

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Por Nota Ciudadana

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