Texto escrito por: Nerio Luis Mejía
El conflicto armado que por décadas ha desangrado a Colombia —dejando a su paso millones de víctimas y cientos de miles de desaparecidos— se vivió, y se sigue viviendo, con mayor intensidad en el campo. Sin lugar a dudas, han sido los campesinos la población que más ha sufrido el horror de esta guerra cruel; un castigo inmerecido por habitar el lugar que brinda espacio, alimento y esperanza a la nación, materializando los sueños de quienes casi nada poseen. A esta tragedia se le suma la desidia y el desinterés de las instituciones que tienen el deber de garantizar el amparo de los derechos de los hombres y mujeres que riegan con su sudor el futuro del país.
El campesinado vive en un frágil equilibrio ante los embates del clima y el cambio climático: tanto las fuertes sequías como las lluvias extremas los golpean directamente. A esto se le añaden las malas decisiones políticas de las mayorías, que eligen a representantes insensibles con el ya lastimado sector rural. Por si fuera poco, deben soportar la violencia impuesta por las diferentes estructuras del crimen, las cuales los obligan a someterse a su control social, al reclutamiento de sus hijos y a múltiples vejaciones. Por último, sufren la estigmatización y los señalamientos de la fuerza pública, por el solo hecho de habitar regiones donde la guerra fue impuesta contra su voluntad.
Hoy recuerdo ese pasado oscuro de finales de los años noventa y mediados de los dos mil, cuando se recrudecieron los enfrentamientos entre paramilitares, guerrillas y fuerzas del Estado. Aquella época terminó en desbordados derramamientos de sangre. Todavía hoy produce un frío en el pecho transitar por las geografías donde ocurrieron las masacres, pues la memoria se debate entre el miedo al olvido y el afán de quienes pretenden sepultar, para siempre, los años más crueles de nuestra historia.
Conservo las imágenes vivas de pueblos enteros abandonados, consumidos por la maleza en un reclamo natural ante el fracaso humano de aprender a convivir en la diversidad. Ante la necedad de negar al otro su derecho a existir, los árboles abrazaron las viejas casas en ruinas y las raíces tejieron desde el suelo los cimientos que una vez levantaron los hombres, como señal de que ese espacio reclamaba su retorno a la naturaleza.
A los habitantes de esos pueblos, caseríos y veredas no les quedó más opción que treparse a las cordilleras y abrirse paso en el monte con sus manos y sus pechos, en una lucha desesperada por sobrevivir y adelantarse a la muerte. Era una multitud de no culpables que deambulaba sin rumbo, buscando el norte de la esperanza. Miles de familias llegaron a países vecinos o a ciudades extrañas tras desafiar la naturaleza agreste y escapar de los grupos armados que los perseguían en su sed de sangre.
En esa muchedumbre de sobrevivientes —hambrientos y sedientos, pero aferrados a la vida— caminaban personas de todas las edades. Quizás la historia oficial no alcance a documentar a fondo las caravanas de los no culpables, pero aunque no escriban libros, ellos guardan en las sagradas tablas de sus almas el recuerdo de a quienes la violencia quiso borrar de la tierra.
Era parte de la cotidianidad transitar por las carreteras de departamentos como el Cesar o la subregión del Catatumbo y contemplar poblados vacíos que lucían como fantasmas. No solo sembraban terror por las noches; de día se respiraba una atmósfera densa, cargada del dolor que dejaban los violentos a su paso y del polvo levantado por los pies descalzos de quienes corrían para salvar su único patrimonio: la vida. De ahí en adelante, solo les esperaría experimentar el sufrimiento en carne viva.
Hoy día es posible encontrar a quienes sobrevivieron a esos años voraces. Quizás ya no huyan con el miedo en los talones, pero continúan marchando en una carrera contra el reloj para que el tiempo y el Estado no los condenen al olvido sepulcral. Marchan en el justo reclamo por la memoria y por la dignidad de un pueblo campesino que aún no logra sanar sus heridas.
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