Una madre colombiana relata los 25 días de angustia que vivió detenida por ICE en EE. UU., separada de sus hijos pese a tener vigente su proceso de asilo

 - Así fue la pesadilla de 25 días que una madre colombiana vivió en las cárceles gringas de ICE
Texto escrito por: Francy Urrea Solano

Arresto

Como un día cotidiano, mientras sales de tu lugar de trabajo con un par de cajas que cargas con esfuerzo, una mirada fija sobre ti y un intento por llegar al vehículo pueden contar la realidad que atraviesan miles de familias inmigrantes en los Estados Unidos, así comienza esta historia. 

Eran las 2:30 p.m. del miércoles 24 de junio. Al terminar mi jornada laboral, me preparaba para la rutina de siempre, debía recoger a mis hijos del cuidado y después pasaría a recoger las llaves del nuevo apartamento, que recién había rentado. Por eso llevaba esas cajas pesadas que mi mánager me había prestado tras una pequeña broma sobre mi llegada tarde esa mañana: "No te quedes dormida", me dijo entre risas; "No lo haré", respondí sin saber que el destino tenía otros planes. Me despedí y caminé hacia el estacionamiento. El volumen de las cajas me robaba visibilidad, pero no impidió que sintiera una mirada fija sobre mí. Era un hombre de rasgos latinos, estatura mediana y camisa llamativa, negra con estampado en tono rosado y azul. Parecía un transeúnte común, un comprador más. Mi memoria fotográfica registró su rostro casi por instinto antes de seguir adelante. Al llegar al auto, presioné el control; el destello de las luces me indicó que ya podía abrir la puerta. 

En un instante, el silencio del estacionamiento se rompió con la violencia de cuatro hombres que me abordaron. Busqué ayuda con la mirada, pero estaba sola. Como colombiana que creció rodeada de inseguridad y que huyó de su país precisamente por amenazas, mi instinto fue correr. No pude. Uno de ellos me arrebató las cajas, que impactaron secamente contra el suelo, y el grupo me inmovilizó por la fuerza. Me quitaron el morral, el celular y lanzaron mis llaves contra el pavimento hasta destrozarlas. Mientras me esposaban con los brazos a la espalda, el aire empezó a faltarme. No entendía nada; nadie explicaba nada. Entre ellos distinguí al hombre de la camisa llamativa que me observaba minutos antes. Fue entonces cuando vi los papeles: fichas con mi fotografía y la de mi esposo. Supliqué explicaciones, mencioné a mis hijos que me esperaban, pedí identificaciones, pero solo recibí silencio. Me subieron sin ninguna precaución a una camioneta sin logos oficiales. En ese momento, mi mente solo podía procesar una palabra: secuestro. El vehículo arrancó con rumbo desconocido, llevándome hacia la incertidumbre. 

Perdí la noción del tiempo en el trayecto; pudieron ser treinta minutos o una eternidad en aquel estado de desborde físico y mental. Mis preguntas nerviosas solo recibían hostilidad: me llamaron criminal y sentenciaron que estar en el país era un delito. Intenté explicarles que mi solicitud de asilo político estaba vigente, con cada documento en regla, pero su respuesta fue un portazo dialéctico: "Eso no es un estatus legal, su caso está cerrado". Mi insistencia en que no era una delincuente los enfureció. Con un tono alterado, me advirtieron que si no "reconocía" mi situación no me ayudarían, y subieron el volumen de la radio para silenciarme.  En medio de la crítica situación intenté mirar por la ventana para reconocer el camino, esperé tener una pista, hasta que finalmente llegamos a un centro de procesamiento de ICE en Miramar. Al entrar al sótano, pasé unos cuarenta minutos encerrada en el auto. El calor sofocante del verano y la claustrofobia empezaron a asfixiarme, hasta que, tras mi ruego, accedieron por primera vez a abrir la puerta para dejar entrar un poco de aire. 

Una pequeña puerta conducía al interior del centro. Allí fui ingresada. Me recibió un grupo de uniformados, entre ellos, una mujer quien pudo ver el terror en mi rostro. "¿Voy a estar bien?", le pregunté con la desesperación de quien todavía teme un secuestro. Aunque no hablaba mi idioma, balbuceé en inglés mi angustia por mis tres hijos y el desconocimiento de mi familia acerca de la situación. Su mirada era de pesar, de una humanidad impotente: "No puedo ayudarte", me hizo entender. Me quitaron las esposas para que pudiera retirarme los cordones, aretes y joyas. Tras las fotos y las huellas, la realidad se impuso: estaba detenida. Luego de insistir, logré una llamada corta para avisar del percance. El lugar era un esquema de desolación: celdas, cuartos de interrogatorio y oficinas. Me encerraron en un cubículo reducido con un inodoro de acero vigilado por cámaras; una de ellas apuntaba directamente a la intimidad del baño. Allí, rodeada de otras mujeres de diversas nacionalidades, el rumor de las detenciones masivas dejó de ser una noticia lejana para convertirse en mi piel. 

En la celda se tejía un mapa de la desesperación: mujeres detenidas tras una cita de supervisión, otras interceptadas en sus autos sin motivo aparente, y algunas trasladadas desde cárceles. Ningún caso se parecía al mío, lo que hundía más mi esperanza. La puerta se abrió y me llevaron al cuarto de interrogatorio. En un estado de sumisión total, respondí a cada pregunta sobre mi familia mientras dos agentes subestimaban mi historia. Les hablé de las amenazas que me persiguieron incluso fuera de mi país, de las evidencias que ya estaban en manos de las autoridades, pero para ellos mi caso estaba "cerrado". Con una ironía cruel, me ofrecieron "ayuda": podría regresar a mi país con mi familia y olvidar este "mal recuerdo". "¿Tienes dinero para los boletos?", preguntaron. Ante mi silencio, uno soltó una burla: "¿Cuánto puedes ganar? ¿14 dólares por hora?". "Sí", respondí, "exactamente eso". 

La presión era abrumadora. Entre la falsa información de los agentes —quienes aseguraban que mi caso estaba cerrado cuando no era cierto— y el peso del encierro, mi mente buscó una salida desesperada: volver para luego resolver. Influenciada por el miedo y la manipulación, opté por la "salida voluntaria". Llamé a mi familia para comunicarles mi decisión y ellos, en medio de la angustia, aceptaron. Los agentes, satisfechos con su cometido, me pidieron los pasaportes para gestionar el vuelo. Pero al regresar a la celda, la realidad me golpeó de nuevo. Mis compañeras, voces de una experiencia compartida, me advertían con insistencia: "No traigas a tus hijos, no dejes que los acerquen aquí, separan a las familias". Sin embargo, mi único norte era la libertad junto a ellos y, mi urgencia por salir de aquel agujero, ignoró las advertencias. Fue entonces cuando recordé un detalle técnico que lo cambiaría todo: mi pasaporte estaba a punto de vencer. 

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Solo pasaron unos minutos antes de que el agente regresara para confirmar mi sospecha: mi pasaporte había expirado hacía cuatro días. Aquello cancelaba cualquier vuelo comercial. Con frialdad, me soltó la nueva condena: debía esperar ocho días más, hasta el 2 de julio, para el próximo vuelo de deportación familiar. Permanecería detenida hasta entonces. Mi inconformidad ante la idea de estar separada de mis hijos tantos días no conmovió a nadie. Llamé a mi familia para frenar el viaje que estaba previsto para la mañana siguiente y colgué, hundida en la incertidumbre. Los mismos dos hombres que me habían capturado regresaron por mí; me esposaron de nuevo y me subieron al auto con la promesa de llevarme a un lugar donde pasaría la noche. En el trayecto, mis preguntas sobre la violencia de mi detención recibieron una respuesta inquietante: me habían reportado y solo el FBI, tras analizar las muestras de ADN que me habían tomado, definiría mis cargos. 

Prisión

A las 9:00 p.m. llegamos a una cárcel. Era la primera vez que veía una de cerca y el terror me vació las fuerzas; solo podía llorar desconsoladamente mientras los agentes se marchaban. La oficial que me recibió, una mujer dominicana, escuchó mi historia con una empatía inesperada. Me explicó que mi presencia allí se debía a un nuevo convenio entre ICE y las prisiones de Florida para albergar inmigrantes. Pero la amabilidad tuvo un límite físico: tuve que desnudarme, agacharme y toser. En ese acto protocolario de inspección corporal, entendí que había alcanzado mi máximo nivel de vulneración; ya no tenía derechos, solo un uniforme y unas palabras de consuelo de la oficial que me pedía orar. En la siguiente estación, el destino puso en mi camino a un oficial colombiano. Al revisar mi historial, sus palabras fueron un bálsamo y una bofetada a la vez: "No tienes cargos. No se te acusa de nada". Confirmó que estaba allí solo porque alguien me habría reportado. Por primera vez en horas, alguien mencionó una salida: podía defenderme y solicitar mi libertad a través de un abogado. 

Me llevaron a un lugar que llaman "El Retén", un espacio de tránsito más sucio que Miramar pero con la misma estructura. Allí, entre algunas ocho mujeres, una energía positiva me guió hacia la única cara latina. Sin conocerme, me hizo un lugar a su lado; hablamos, oramos y, en un gesto de ternura que aún me conmueve, me ofreció sus piernas para que pudiera descansar mi cabeza. Dormí apenas unos minutos en medio de ese desastre, hasta que a las 6:00 a.m. el sistema me asignó un número y me convirtió oficialmente en una cifra. Pude llamar a mi esposo y escuchar que ya iba camino a reunirse con el abogado, pero el alivio duró poco: me subieron al segundo piso. 

Al entrar en la celda definitiva, sentí un frío que me recorrió todo el cuerpo. No era solo la temperatura, era la atmósfera de un lugar que parecía diseñado para quebrar el espíritu. La celda era un cubículo claustrofóbico y asfixiante. A un lado, una litera de metal con dos colchonetas delgadas y gastadas; al otro, la visión más degradante que he tenido que enfrentar: un inodoro en un estado de deterioro absoluto, desbordado de residuos y suciedad acumulada, como si el tiempo y la dignidad se hubieran detenido allí hace mucho. El lavamanos era un adorno inservible, no salía ni una gota de agua. No había ventanas; la única conexión con el mundo era una rendija mínima en la puerta de acero, un espacio apenas suficiente para confirmar que seguía cautiva.

Al cerrarse la puerta con un estruendo metálico, mi cuerpo simplemente se rindió. Experimenté una crisis devastadora: el aire dejó de entrar en mis pulmones y sentía mis piernas paralizadas, no pude moverlas. Me desplomé en ese suelo sucio y pasé algunas dos horas perdida en un llanto que no tenía consuelo. En medio de aquel encierro, me hundió la idea de que todo estaba perdido. No lograba procesar qué hacía yo en ese lugar; toda mi vida me había esforzado por cumplir las reglas y actuar con rectitud, precisamente para jamás terminar en un sitio así. Sentía que el mundo se había invertido: estaba en una celda sin haber cometido un solo acto ilegal.

De repente, mi corazón se aceleró cuando sentí una vibración en la puerta, donde me encontraba aferrada, abriéndose rápidamente por el peso de mi cuerpo. Afuera estaban dos mujeres de la celda vecina —mi amiga de la noche anterior y su compañera—. Al ver mi estado físico, se volcaron sobre mí con una energía protectora y decidida; con instrucciones directas y sus voces firmes me obligaron a reaccionar. Con una fuerza que yo ya no tenía, me guiaron en ejercicios de respiración, sacándome del abismo y llenándome de una valentía ajena hasta que logré estabilizarme.  

Cada hora que pasaba en esa pequeña sala común era una batalla contra mi propio deterioro mental. Utilizaba los pocos minutos permitidos para llamar a mi familia, buscando desesperadamente una luz de esperanza. Mi esposo me transmitió la noticia del abogado: una moción de fianza para mi liberación. Pero sus palabras también eran una armadura para lo que venía: "No firmes nada. Van a intentar engañarte para que aceptes la deportación voluntaria". Yo solo podía responder desde el agotamiento absoluto: "No voy a soportar, voy a morir aquí". Mi esposo insistía en que aguantara, que la libertad estaba cerca, pero mi mente ya no podía procesar más promesas. Colgué el teléfono y me sumergí de nuevo en el silencio de la espera.

La tarde caía y el miedo a pasar la noche sola en aquel cubículo me impulsó a buscar compañía; una joven accedió a mudarse a mi celda, y ese pequeño alivio me permitió dormir algo hasta que, a las 3:00 a.m., llegó un desayuno que nadie se atrevió a tocar. Al amanecer, ICE regresó por mí. El traslado fue una humillación física: nos pasaron cadenas por la cintura para asegurar las manos y nos pusieron esposas en los pies; caminar era casi imposible. Nos subieron a una van rumbo a Miramar, volviendo al punto de inicio. Allí, el hombre que me había capturado intentó su última carta: me ordenó traer a mi familia para esperar juntos, bajo custodia, el vuelo de deportación del 2 de julio. Pero esta vez, mi voz no tembló. "Tengo un abogado. Sé que me mintieron y que mi caso está vigente; no les creo nada", le espeté. Sorprendido y molesto, me lanzó el desafío final: "¿Vas a firmar o vas a fajar el caso?". "Voy a pelear", respondí con firmeza. Su sentencia fue fría: "Te vas a quedar mucho tiempo aquí". Se limitó a entregarme los papeles de la corte y, ante mi negativa a firmar, soltó un "lo supuse" antes de enviarme de nuevo a la celda. 

Miramar no era un lugar para habitar, era un espacio diseñado para el colapso. En la celda no cabía un alma más; sin camas ni colchonetas, dormíamos sobre el suelo con apenas unas cobijas que algunos militares, en un resto de humanidad, nos facilitaron. La alimentación era un insulto: comida para microondas con un revoltijo de carne y puré procesado que despedía un olor a plástico y condimentos. Al leer las fechas de expiración vencidas, el horror se volvía físico. Comer se convirtió en un acto de supervivencia extrema; era elegir entre el hambre que me debilitaba o el riesgo de enfermarme con desperdicios industriales. La hidratación también era reducida, la sed se calmaba recargando una única botella de agua en el lavabo pegado al inodoro. Lo que ocurría en aquel lugar era desesperanzador, nadie salía. Bajo una luz intensa que nunca se apagaba, lo único que nos daba fe del paso del tiempo era un reloj que alcanzábamos a ver por la ventana de la celda. Los tres minutos de llamada diaria, cuando se permitían, eran solo para reportar que seguíamos vivas. En esas noches eternas que se volvieron semanas, el pensamiento de los secuestrados en mi natal Colombia me asaltó con fuerza; entendí que, guardando las proporciones, yo también estaba en un cautiverio. 

Mientras en aquel cuarto las madres nos lamentábamos por nuestros hijos —muchos de ellos bebés de apenas meses—, en nuestras casas el panorama era igual de desolador. Se nos arrebató todo, incluso el derecho a ejercer nuestra maternidad. La aflicción era comunitaria: cada historia de familia superaba en dolor a la anterior. Recuerdo con especial fuerza a Elsa, una madre cuidadora que guardo en mi corazón; tiene dos hijos ciudadanos estadounidenses, uno de ellos de 15 años con autismo severo y una condición cardíaca congénita. Ella estaba allí, privada de su libertad de forma arbitraria, mientras sus hijos pasaban necesidad en casa.

Mi propia situación era un peso constante: madre de tres, con un niño de 8 años diagnosticado con TDAH que requería terapia semanal y dos gemelas a punto de cumplir tres años. Mi hijo ya cargaba con el trauma de haber salido de nuestro país bajo amenazas y el impacto de adaptarse a un nuevo idioma; mi ausencia solo profundizaba sus regresiones y problemas emocionales. Toda la "operación logística" y emocional que implica ser madre, ese pilar invisible de la sociedad, fue allí cínicamente subestimada e invisibilizada por el sistema. 

Durante los ocho días que estuvimos en Miramar, solo recibimos una ducha porque nos atrevimos a exigirla. La comida expirada no solo era la norma, sino que a veces se agotaba, dejando a muchas al borde de la inanición. Vimos cómo la salud de todas se desmoronaba hasta que una compañera colapsó, quedando inconsciente en el suelo; solo entonces los agentes reaccionaron, llevándola al hospital —esposada, por supuesto—. Presenciamos la cara más cruda de la violencia y la tortura psicológica. 

Sin embargo, ese mismo horror nos hizo fuertes. Ya no nos doblegábamos ante las amenazas de deportación. En una ocasión, vinieron a decirme que irían por mis hijos; me lo soltaron como un aviso, no como una solicitud de autorización. Con la frente en alto y una valentía que no sabía que poseía, les pregunté si tenían una orden judicial. Ante su duda, les negué cualquier palabra más sin mi abogado presente. "Mañana venimos a ver qué decidió", respondieron con arrogancia. Aunque mi corazón galopaba de terror ante lo que podían hacerles, me mantuve firme. No estaba dispuesta a mostrarles miedo. Ya no. 

La humanidad que brotó entre nosotras fue nuestra única armadura; nos sostuvimos a través de la oración y la fe en una justicia que no es de este mundo. Pero el cuerpo tiene límites. Una mañana desperté con dolor y hematomas, marcada por la dureza del suelo de cemento. Mis compañeras, a quienes ya llamaba "tías" porque el cautiverio las volvió familia, me preguntaron qué me pasaba. "Ya no soporto más, estoy agotada", les confesé. Afuera, mi familia luchaba contra un sistema ciego: el abogado no podía actuar porque yo ni siquiera aparecía registrada; era una invisible.

El 1 de julio llegó la orden de traslado. Lloré desconsoladamente, no por el miedo a lo nuevo, sino por dejar atrás a mis "tías" en aquel infierno. El guardia que me escoltó, en un gesto inusual de empatía, me prometió que iría a un lugar con condiciones dignas; le supliqué por las que se quedaban y él asintió con una mezcla de tristeza y esperanza. Nuevamente encadenada de pies y manos, crucé la puerta mientras un guardia joven, de evidente origen latino, me susurró una palabra que cargaba todo el peso de mi futuro: "Suerte". 

Esperanza

Al llegar al Broward Transitional Center (BTC), la espera fue larga, pero el ambiente era distinto. Lo primero que sentí fue el peso del metal abandonando mi cuerpo: nos retiraron las esposas. En ese momento comenzó lo que yo llamo un ritual de dignificación. Fue exactamente como cuando recoges a un perrito de la calle; un animalito que está sucio, hambriento y tembloroso, lo llevas a casa, lo bañas, lo alimentas y, por fin, lo pones a salvo. Esa fue la escena que sentí que estaba viviendo en carne propia. 

Nos entregaron uniformes limpios, ropa interior y zapatos. Parecía algo simple, pero después de ocho días con la misma ropa, fue un alivio inmenso. Sin embargo, el choque con la realidad me esperaba en la cámara: al tomarme la foto para el carné, vi mi retrato y fue aterrador. Estaba demacrada. Minutos después, en enfermería, confirmé que había perdido cuatro kilos. 

Tras los exámenes, llegó la primera comida digna. Recuerdo perfectamente el menú: espaguetis con pollo, frijoles, ensalada de lechuga fresca, pan y habichuelas. Comí con tanta ansiedad que el mareo me obligó a detenerme. Mi organismo, castigado por los alimentos expirados de Miramar, no sabía cómo procesar una nutrición real. A las 3:00 a.m. entramos a la habitación. Dormir en una cama de verdad y tener un baño privado con ducha caliente fue, honestamente, la bendición que mi cuerpo necesitaba para no colapsar. 

Al día siguiente, al recorrer el lugar, me costaba asimilar el contraste. Había una biblioteca, una capilla para orar y zonas comunes con juegos y televisión. Incluso había un salón de belleza y canchas para tomar el sol y hacer ejercicio. Ver todo esto me alivió profundamente, pero a la vez me hacía pensar en lo innecesario del sufrimiento anterior. Lo más valioso —y lo más duro— fue el acceso a las tabletas para videollamadas de 30 minutos. Ver a mis hijos a través de la pantalla me devolvía la vida, pero también me recordaba con una crueldad silenciosa que todavía había una pared de cristal y leyes injustas separándome de ellos. 

A pesar de que el entorno en el BTC era mucho más humano, mi corazón seguía en vilo; la distancia con mis hijos era una herida abierta que ninguna comodidad podía cerrar. La noticia de que finalmente aparecía en el sistema fue el primer rayo de luz: el abogado ya podía actuar. Mi única misión ahora era resistir, recuperar las fuerzas y esperar. Sin embargo, en la quietud de las horas, los interrogantes me asaltaban sin tregua: ¿Existiría realmente un lugar seguro para nosotros? ¿Seríamos enviados a un tercer país? 

Me atormentaba la injusticia de someter a mis hijos a este desarraigo y las secuelas que un nuevo comienzo dejaría en sus vidas. Me preocupaba especialmente mi hijo mayor, quien apenas empezaba a adaptarse a este país cuando el sistema nos golpeó de nuevo. Traté de refugiarme en la rutina para no colapsar: aproveché el lugar para ducharme con calma, alimentarme, leer y orar. Compartir con las demás mujeres se volvió mi soporte, una forma de recordarnos unas a otras que, a pesar del encierro, seguíamos siendo humanas con derecho a un futuro. 

Mi primer fin de semana en el BTC coincidió con las festividades del 4 de julio. Mientras afuera el país celebraba su libertad, yo esperaba en silencio que el lunes trajera alguna respuesta. Fueron días de una extraña calma; el trato humano de los funcionarios me daba un alivio que no había conocido en Miramar. Sin embargo, un nuevo miedo empezó a gestarse: veía cómo, sin explicación alguna, muchas mujeres eran llamadas para ser trasladadas a centros en Luisiana o Texas. Recogían sus pocas pertenencias y se las llevaban. Vivía con el temor constante de que mi nombre fuera el siguiente en esa lista de traslados arbitrarios.

Finalmente, llegó mi cita en la corte. El juez dictaminó una fianza de 15,000 USD, una cifra exorbitante que cayó sobre mí como un balde de agua fría. Irónicamente, justificó mi libertad bajo fianza por mi conducta ejemplar: tenía un permiso de trabajo vigente, no registraba antecedentes penales en ningún lugar del mundo, mi proceso de asilo estaba en regla, pagaba mis impuestos y había ingresado legalmente al país. Me concedían la libertad precisamente porque siempre había cumplido las normas, pero el precio era una suma de dinero que mi familia no podía asumir.

Salí de la corte con el corazón oprimido. Cuando les di la noticia, su respuesta fue inmediata: "No sabemos cómo, pero lo vamos a conseguir". Entonces ocurrió algo especial, mi familia organizó una campaña de recaudación a través de GoFundMe y habilitó cuentas bancarias en Estados Unidos y Colombia. Amigos, familiares e incluso personas que no me conocían hicieron donaciones para ayudar a cubrir la fianza. Gracias a esa red de solidaridad, una carga que parecía imposible de enfrentar se volvió un poco más ligera.

Tuvieron que pasar nueve días más antes de recuperar mi libertad. El proceso se convirtió en una agónica carrera de obstáculos: la pérdida de mi pasaporte y otros trámites burocráticos retrasaron mi salida mientras mi mundo se desmoronaba afuera. Mis hijas llevaban tres días con una fiebre persistente y mi hijo mayor había entrado en una crisis de asma provocada por la angustia. Yo suplicaba ayuda a las guardias, pero la decisión final no estaba en sus manos, sino en el frío engranaje de ICE.

El 17 de julio, a solo dos días del cumpleaños de mis gemelas y cuando ya casi no me quedaban esperanzas, una guardia se acercó a mi celda con una sonrisa genuina: "Es hora de ir a casa". Me costó asimilar que la pesadilla terminaba. Al cruzar el pasillo, ocurrió algo inolvidable: mis compañeras salieron a las puertas de sus habitaciones y me despidieron entre aplausos, lágrimas y abrazos; mi libertad era, por un instante, la esperanza de todas ellas. 

Regresé a casa con un grillete electrónico en mi tobillo, un GPS que vigila mis pasos en tiempo real, pero al fin estaba con los míos. El reencuentro fue un choque de emociones: una de mis gemelas no me reconoció, y los otros dos niños estaban en un estado de hiperactividad desbordada. Nos abrazamos con una fuerza desesperada, llorando y dando gracias, conscientes de que esos 25 días de injusticia habían dejado cicatrices en todos. Mi esposo, mi hermana y mi familia reflejaban en sus rostros el mismo cautiverio que yo había vivido; finalmente estábamos juntos, y en ese momento, nuestra unión valía más que todo el oro del mundo. 

Esta crónica no es solo mi historia. Es el relato de una experiencia que me hizo comprender que, detrás de cada expediente migratorio, hay una vida, una familia y una madre que solo piensa en volver a abrazar a sus hijos. Ninguna frontera debería ser más fuerte que ese abrazo.

No puedo hablar por todas las personas migrantes, pero sí por lo que vi y viví. En esas celdas conocí a Mari, Yami, Elsa, Tania, Andy y a muchas otras mujeres que, como yo, no eran un número de caso, sino personas con historias, miedos y sueños. Buscaban protección, una oportunidad o simplemente un lugar donde vivir con dignidad.

Ojalá esta historia sirva para recordar que, antes de juzgar a quien cruza una frontera, vale la pena preguntarse qué lo llevó hasta ella. Porque, detrás de cada proceso migratorio, siempre hay una historia humana que merece ser escuchada.

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Por Nota Ciudadana

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