Que Margarita Rosa sea de izquierda es respetable. Lo que a mucha gente nos incomoda es que ejerza su activismo desde su cómoda residencia en Miami

 - La confusa metamorfosis de "La niña Mencha"

“Ningún candidato habla con esta pausa y sensatez. Al lado de Iván Cepeda todos los demás son payasescos”; “¿El registrador necesitará más pruebas para reconocer que las elecciones en unas condiciones técnicas tan deplorables son inviables?”; “el voto de cualquier mujer por Abelardo de la Espriella es un voto indigno”; “Esto es pornografía pura” (refiriéndose a una foto de Abelardo visitando a la Virgen de Chiquinquirá).

Estos trinos no son de autoría de Beto Coral, el nuevo héroe de la izquierda, deportado de EE.UU. en buena hora, por refugiarse en ese país para insultar a todo aquel que no comulgue con su castrismo radical.

Tampoco son de Tete Crespo, ni de Lalis ni de cualquiera de los mercenarios pagados, con dinero de nosotros los contribuyentes, para defender al gobierno de Petro y para atacar sin piedad a cualquier opositor de esa nefasta administración.

No, su autora es Margarita Rosa de Francisco, quien desde su cómoda residencia en Miami se ha sumado a ese ejército de mercenarios. Sí, ella es una mercenaria más, con la diferencia de que no figuraba en la nómina estatal porque a le pagaron nombrando a su hermana cónsul en “la ciudad del sol”.

Es realmente inexplicable la metamorfosis de esta mujer. Porque si hay alguien que ha sido consentido por la vida es ella. Dueña de una belleza deslumbrante y de un talento innegable, se dio a conocer en 1984 cuando representó al Valle en el Reinado Nacional de la Belleza.

Concurso en el que quedó de virreina pero que debió haber ganado porque era mucho más bella que la elegida por el jurado.

Aunque no se quedó con la corona, el reinado le sirvió como trampolín para su carrera de actriz. Su primer papel lo desempeñó en la telenovela “Gallito Ramírez”, donde encarnó a la “niña Mencha”, interpretación con la que enamoró a los colombianos, por su belleza, carisma y gracia.

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Luego vino su matrimonio con Carlos Vives, su compañero de set en el Gallito Ramírez. La ceremonia, una de las más pomposas realizadas en Cali, tuvo lugar en la iglesia de La Merced, en donde sueñan casarse todas las “niñas bien” de la ciudad. 

No habían cesado de retumbar los ecos de esa boda cuando nos sorprendió la noticia de la separación de la idílica pareja. Ruptura apenas natural porque cuando una persona no está en paz consigo misma, mucho menos está en capacidad de entablar una relación estable con otro.

La que sí fue a más fue su carrera como actriz. El papel que acabó de consagrarla fue el de Gaviota, en la telenovela Café, en la que interpretó a una recolectora del grano que terminó por convertirse en una alta ejecutiva de ese negocio.

Incursionó en la televisión española, con relativo éxito y luego fue la presentadora de uno de esos insufribles “realitis” de nuesrtra televisión.

Mi Dios, con quien la Mencha tiene una relación bastante tormentosa, le dio a esta mujer belleza y talento, pero a cambió le negó madurez y aplomo. Básicamente ha sido una gran desubicada.

Desubicada incluso en el campo sentimental. Aparte de su fugaz matrimonio con Vives, tuvo una tormentosa relación con la compositora Josefina Severino, la que tampoco pelechó. Después de varios romances se unió a un holandés, con quien creo que convive hasta el día de hoy.

Desde hace algunos años resolvió volverse izquierdosa y convertirse en activista del petrismo. No tengo claro si se volvió petrista porque nombraron a su hermana en el consulado en Miami o si nombraron a la hermana porque se volvió petrista.

Y aunque el nombramiento de Adriana De Francisco fue revocado por el Tribunal Superior de Cundinamarca, porque no pertenecía a la carrera diplomática, Margarita mantuvo y radicalizó aún más su militancia petrista.

Entre otras cosas, la exreina y exactriz admitió que el consulado se lo ofrecieron a ella, pero que prefirió recomendar a su hermana y por eso la nombraron, lo que refleja la forma folclórica como manejó Petro las relaciones internacionales. 

Que Margarita sea de izquierda, por supuesto es respetable. Lo que, a mucha gente entre los que me incluyó, le incomoda es que ejerza su activismo desde su cómoda residencia en Miami. Si tanto creía en el proyecto petrista, lo coherente era que abandona su cómodo exilio dorado y se viniera a trabajar por ese proyecto.

Que se metiera al barro como María José Pizarro, Carolina Corcho, Mafe Carrascal Irene Velez y tantas otras mujeres que han jugado la piel para defender sus ideales. Pero eso de pontificar en un apartamento en Key Biscaine, con vista al mar, es tan sabroso como poco serio.

También molesta que alguien que ha vivido la mayor parte de su adultez en el exterior, opine de los problemas del país sin conocerlos de primera mano, ni, mucho menos, haberlos padecido. 

Lo que está claro es que a sus sesenta y pico de años Margarita sigue siendo la misma niña desubicada de hace cuatro décadas. Basta leer algunos de sus trinos para vislumbrar el nivel de esa desubicación.

“Moralmente no hay nada en ningún ser humano que pueda admirar. Ni siquiera su bondad. Somos una especie muy lesionada como para que la venganza no cobre su cuenta”, expresaba un trino publicado en febrero pasado.

Ese mensaje basta para entender el nivel de confusión en el que está sumida esta mujer, tal vez llevada por sus fuertes “aspiraciones”, que hoy está de petrista y mañana quien sabe a qué se aficionará. Porque lo que está claro es que a estas alturas no parece haber encontrado su lugar en el universo.

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Por Diego Martínez Lloreda

Nací en Bogotá y estudié comunicación social en la Universidad Javeriana. En marzo de este año completé 29 años de trabajo en El País y 39 de ejercicio profesional. En El País fui Editor de Cali, Director de Proyectos Especiales, Asistente de la Dirección, Jefe de Redacción, Director de la oficina de El País Bogotá, Editor General, Director de Información y Director General. En El País escribí los editoriales de los domingos y una columna semanal que se llamaba el Martillo. Dirigí y presenté el programa semanal Al Banquillo con Martillo. Durante siete años mi columna Martillo fue la más leída por los líderes de opinión del Valle del Cauca, según la encuesta de Cifras y Conceptos. Durante cinco años presenté y coordiné el programa la Hora del Martillo por Telepacífico y fui fundador del programa radial Oye Cali. Dirigí el equipo ganador del premio Simón Bolívar a mejor cubrimiento informativo en el 2008 y en el 2011 gané el premio al mejor periodista del año. En 2018 fui galardonado con el Premio Gabo al editor Ejemplar y en 2019 obtuve el premio Alfonso Bonilla Aragón, a la mejor columna periodística.