Cada posesión anunció el gobierno que venía, por eso pesa que se quiera jurar ante los fusiles y no ante el Congreso y el pueblo. Dime ante quien te posesionas …

 - Los que se posesionan ante los fusiles

El 7 de agosto es el día más ensayado de la República, con una coreografía de un siglo: el presidente entrante baja del palacio de San Carlos, cruza hasta el Capitolio, jura ante el Congreso, y solo entonces camina a la Casa de Nariño, donde el que se va lo recibe con una sonrisa complicada y le entrega la casa pintada. Pero lo más sabroso de nuestras posesiones ha sido siempre lo que se escapa del libreto, porque cada una retrató por anticipado al gobierno que venía.

El primero es de 1904, cuando Rafael Reyes ganó por un pelo, y el perdedor, Joaquín Fernando Vélez, presidente del Senado, se negó a tomarle el juramento alegando fraude en La Guajira, de modo que el rito lo tuvo que hacer otro congresista. Aquella posesión crispada retrató al hombre entero, porque Reyes gobernó el Quinquenio cerrando el Congreso y mandando a su antojo, aunque el berrinche del vencido, eso sí, no le restó ni un día.

En 1926, Miguel Abadía Méndez estrenó el Capitolio que hoy conocemos, y entró tanta gente que al presidente le costó llegar a la tarima, opacado por un tal Laureano Gómez, que se robó los aplausos; guarde ese nombre, porque vuelve, y aquella ceremonia deslucida anunció un gobierno que terminaría ahogado en la sangre de las bananeras.

La más recordada es de anteayer, en 2022, cuando Iván Duque prohibió que la espada de Bolívar saliera de la Casa de Nariño, y Gustavo Petro, en su primera decisión, la mandó a traer en plena ceremonia. El gesto fue polémico, pero anunció a un gobierno que puso el símbolo por delante, aun a costa de incomodar a Duque, al rey y a la costumbre; y algo no pueden negarle ni sus críticos más duros, y es que todo ocurrió a la vista de todos, en la plaza del pueblo y ante el Congreso, sin que un solo fusil se metiera de por medio.

Pero hay dos posesiones que no dan risa y conviene mirarlas, porque en 1861 Tomás Cipriano de Mosquera entró a Bogotá por las armas, disolvió el Congreso y se autoproclamó presidente provisorio, sin jurar ante nadie, y aquel mandato por decreto cayó como había llegado, sacado por otro golpe. En 1950, Laureano Gómez juró ante la Corte Suprema y no ante el Congreso, pero solo porque el Legislativo llevaba meses clausurado bajo estado de sitio, y su posesión anunció uno de los capítulos más sangrientos de nuestra violencia, hasta que a él también lo tumbó un golpe militar. Los dos únicos presidentes que juraron por fuera del Congreso empezaron con el orden ya roto y terminaron sacados por la fuerza; guarde esa cuenta, que no la hago yo, la hizo la historia.

Traigo esta memoria porque el 7 de agosto que se acerca coquetea con esa lista negra: el presidente electo, Abelardo de la Espriella, quiere cambiar la Plaza de Bolívar y el Capitolio por una guarnición militar en el suroccidente, y ya le pidió al Congreso, por escrito, trasladar la sesión a un cuartel. El artículo 192 de la Constitución es corto y terco: el presidente toma posesión ante el Congreso, no ante una tropa formada.

Conviene despejar un ruido de estos días, porque muchos discuten lo que no está en juego: la investidura no la entrega el presidente que se va, ya que nace de las urnas. Lo recordó Manuel José Cepeda, expresidente de la Corte Constitucional: al ganador lo elige el pueblo, así que el saliente asista o falte, salude o niegue la mano, con ello no le suma ni le resta legitimidad al que llega.

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Lo único que sigue en manos del electo, y de nadie más, es escoger ante quién se para a jurar, y en esa decisión habla el hombre entero, porque un demócrata jura ante los representantes del pueblo, sean amigos o enemigos, lo aplaudan o lo silben, y ese silbido también es la República respirando. Jurar ante un batallón formado es harina de otro costal, y da igual si el escenario es la plaza de piedra o el mármol del Capitolio, porque ante los elegidos uno jura lealtad a la Constitución, y ante los fusiles uno jura otra cosa, aunque repita las mismas palabras.

Seré justo, que el argumento no necesita truco, porque el electo tiene todo el derecho de honrar a los soldados y policías que ponen los muertos, y ese homenaje, legítimo, siempre viene después. Lo que pesa es el altar que uno escoge el día uno, y Mosquera y Laureano juraron lejos del Congreso cuando el orden ya estaba roto, uno por un golpe y el otro por una clausura, pero en 2026 el Congreso está vivo, abierto y sesionando, de modo que escoger el cuartel teniendo el Capitolio disponible no tiene esa excusa, y sería el primero de nuestra historia que jura entre fusiles sin que nada lo obligue, salvo su propia voluntad.

Por eso, cuando pase el 7 de agosto, nadie recordará el discurso; recordará el salón, y si el presidente juró ante el país o ante su guardia, frente a los que piensan distinto, que es donde se mide un demócrata, o frente a los que le obedecen, que es donde se acomoda otra cosa. Cada posesión fue la primera página del gobierno que venía, y ninguna mintió, porque sus protagonistas firmaron, esa mañana, su propio retrato. Todavía el electo está a tiempo de jurar ante el Congreso, donde lo han hecho los presidentes de una república que jamás ha necesitado fusiles para cambiar de mando, porque esa silla sigue vacía, esperándolo, mientras que la del cuartel ya tiene dos nombres tallados, y sería una pena que un tercero viniera, sin que nada lo obligue, a sentarse en ella.

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Por Alejando Carranza

Abogado, magister en estrategia y geopolítica, magister en Derecho, especialista en Derecho tributario, especialista en casación penal. Gerente de crisis. Panelista. Constructor de la utopía contraria.