Texto escrito por: Adriana Patricia Godoy Usuga
Son muchos los recorridos que he hecho por Colombia cubriendo turismo, “la industria de la felicidad”. He contado historias sobre diferentes destinos, pero ninguna tan aterradora como la que pasé recientemente, justo en mi terruño, Bogotá, donde viví el peor ‘paseo’ de mi vida.
Tristemente, ya se volvieron cotidianas las noticias sobre los ‘paseos millonarios’; el año pasado 37 personas fueron víctimas de esta modalidad en Bogotá, según el Sistema de Información de la Policía Nacional (Sideco). Y debo decir que de paseo no tiene nada, aunque, visto en profundidad, sí resulta todo un “paseo”, porque en ese instante las distancias se multiplican y los minutos transcurren como si fueran horas.
Aunque tomé un transporte por plataforma para sentirme “más segura”, la parte de la historia que ni siquiera en mis pensamientos más apocalípticos imaginé ocurrió. Dos hombres se subieron al vehículo y con un arma de fuego me amenazaron mientras el carro recorría las calles, para obligarme a entregar mis pertenencias y las contraseñas de mis cuentas.
Si bien en mi caso los delincuentes no se lograron llevar todo el botín, sí lograron llevarse lo más valioso que todos podemos tener: la tranquilidad.
Tristemente la inseguridad se nos volvió parte del paisaje. Pero no, no es normal que cada vez que salgamos tengamos que esconder nuestras pertenencias, evitar llevar cosas de valor, enviar ubicación en tiempo real a amigos y familiares, e incluso, andar con dos celulares (el de verdad y el falso), ya que regresar a casa sano y salvo se volvió toda una hazaña.
Quiero a Bogotá con todo mi corazón y, como siempre lo digo, soy orgullosamente bogotana. Sin embargo, este tipo de situaciones me cuestionan sobre cómo cada vez podemos habitar menos la ciudad. De nada nos sirve la innumerable oferta cultural de la ciudad si con la creciente inseguridad asistir a esos eventos deja de ser una posibilidad.
Al final, esto no se trata de si nos gusta la vida nocturna, de si salimos a una fiesta o a un evento laboral como yo en esa noche. No se trata de si somos mujeres, hombres o, como alguien me dijo con asombrosa ligereza, si somos “loquitas”. Eso sería comparable al “se lo buscó por ponerse minifalda”, y no, la culpa no es de la víctima.
Se trata de algo mucho más elemental: del derecho a existir sin miedo. De no ser revictimizados por nuestras decisiones cotidianas. La cuestión es simple: nadie debería pasar por esto nunca.
Ahora, ¿qué ocurre con los victimarios? Tengo claro que quienes me hicieron daño deben enfrentar todo lo que en justicia sea pertinente. Sin embargo, hay un tema que casi nunca se menciona, pero que es clave para tratar de entender la inseguridad: la violencia estructural.
A diario vemos en las noticias capturas, desarticulación de bandas, etc. Aun así, el problema persiste y, peor aún, parece agravarse. ¿Es realmente esa la solución a la inseguridad? Todo indica que no. Este es un asunto que exige, con urgencia, una conversación sobre la violencia estructural, ya que en algunos casos es la que empuja a muchos jóvenes a ver el crimen como la única alternativa de subsistencia.
No planteo esto para justificar lo injustificable. Mis victimarios deben responder ante la ley. Pero sí es necesario ir más allá de lo punitivo, porque sin ello cualquier discusión sobre seguridad está condenada al fracaso.
Y como la realidad no nos duele sino cuando toca la puerta de nuestra casa, me queda una reflexión final: Bogotá no camina segura; las mujeres no caminamos seguras; y yo, Adriana, ya no camino segura.
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