La propuesta de Abelardo de la Espriella con "Firme por la Patria" enciende el debate sobre quiénes son los verdaderos dueños de la narrativa nacional

Abelardo de la Espriella - La peligrosa simplificación de la patria que Abelardo de la Espriella convirtió en mercancía de campaña
Texto escrito por: Harold Carrillo Romero

En medio de unas contiendas electorales cada vez más parecidas a un reality show, donde la pirotecnia verbal, el jingle más pegajoso o el rugido más estridente parecen movilizar más adhesiones que las ideas, el debate público ha terminado absorbido por la lógica del espectáculo. La política colombiana no escapó a la estetización del escándalo ni al mercado de emociones rápidas. Los programas de gobierno se simplifican en frases vacías. La complejidad social se reduce a consignas y conceptos históricamente densos terminan convertidos en mercancía electoral. Uno de esos conceptos es la patria.

La palabra aparece hoy en pancartas, discursos y campañas con una ligereza inquietante, como si su significado fuera obvio, homogéneo e indiscutible. Pero no lo es. Nunca lo ha sido. Precisamente, por eso resulta problemático que algunos sectores políticos pretendan apropiarse de ella como si les perteneciera en exclusiva.

El caso más reciente lo ejemplifica el abogado y precandidato presidencial Abelardo de la Espriella, quien, bajo el eslogan “Firme por la Patria”, intenta condensar una propuesta política cuyo contenido concreto todavía resulta difuso. El problema no es solamente el eslogan. El problema es la enorme ambivalencia del término que lo sostiene. Porque antes de firmar “por la patria”, habría que preguntar algo elemental: ¿cuál patria?

¿La patria de quién? ¿La imaginada por quiénes? ¿La vivida por cuáles territorios y cuáles cuerpos? La etimología misma del término ya revela parte de sus tensiones. “Patria” proviene del latín patrius, relacionado con pater: padre. De allí derivan nociones como patriarca, patria potestad o patrimonio. El concepto arrastra históricamente una estructura simbólica asociada a autoridad, herencia, propiedad y poder. El historiador Benedict Anderson (1983) recordaba que las naciones no son entidades naturales, sino “comunidades imaginadas”: construcciones culturales sostenidas por relatos compartidos, símbolos y mecanismos de identificación colectiva. La patria, entonces, no es un hecho objetivo; es una narrativa política y, en ese orden, toda narrativa política implica exclusiones.

Durante el siglo XIX, especialmente en América Latina, la idea de patria fue fundamental para consolidar los nacientes Estados republicanos. La lealtad a la Corona debía ser reemplazada por la lealtad a la nación. Sin embargo, como advierte Eric Hobsbawm (2002), gran parte de las tradiciones nacionales que hoy parecen ancestrales fueron en realidad “tradiciones inventadas”: mecanismos diseñados para producir cohesión y obediencia política. La patria no surgió espontáneamente desde abajo; muchas veces fue diseñada desde el poder.

En Colombia, esa construcción ha sido particularmente problemática. Hablar de una patria homogénea en un país atravesado por profundas fracturas sociales, regionales, raciales y económicas resulta, cuando menos, simplificador. La experiencia nacional no es igual para quien habita el norte de Bogotá y para quien sobrevive en el Pacífico olvidado; para quien hereda privilegios históricos y para quien ha vivido el desplazamiento, la violencia o el abandono estatal.

Por eso el eslogan “Firme por la Patria” no es inocente. Sugiere la existencia de una única forma legítima de amar el país, de interpretarlo y de defenderlo. Y allí aparece el problema de fondo: cuando la patria se convierte en consigna política, suele transformarse también en frontera moral. Quien no comparte determinada visión ideológica termina siendo presentado, implícita o explícitamente, como enemigo de la nación.

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Eso no es nuevo. El patriotismo ha sido históricamente utilizado como herramienta de cohesión, pero también de exclusión. El filósofo Ernest Renan (1882) afirmaba que las naciones se sostienen tanto por recuerdos compartidos como por olvidos colectivos. Toda idea de patria selecciona qué memorias merecen ser exaltadas y cuáles deben ser silenciadas. En Colombia, ese ejercicio ha sido particularmente selectivo, porque mientras algunos invocan la patria desde la comodidad del privilegio, millones de colombianos apenas logran experimentar la presencia real del Estado. Resulta difícil pedir amor incondicional hacia una patria que para muchos se ha manifestado más como ausencia que como protección. La patria del himno y la bandera no necesariamente coincide con la patria cotidiana del desempleo, la desigualdad, la violencia o la precariedad. Quizás allí radica la mayor contradicción del discurso patriótico contemporáneo: pretende convocar una unidad emocional sobre un país que materialmente permanece fragmentado.Y, sin embargo, la patria existe. Pero existe de maneras múltiples, contradictorias e incluso incompatibles entre sí. Existe en el campesino que resiste el abandonot estatal, en la lideresa social amenazada, en el joven que protesta, en el soldado, en el migrante que se fue porque aquí no encontró futuro, y también en quienes intentan reconstruir diariamente una idea de país menos excluyente. Pretender reducir toda esa complejidad a un eslogan de campaña no solo es intelectualmente pobre; también revela una peligrosa simplificación de lo nacional.

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Por Nota Ciudadana

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