Colombia fue pionera en dar voto al exterior, pero hoy ese millón doscientas mil voces son tratadas como una anomalía estadística por el Estado y los candidatos

 - El desprecio por el millón de colombianos en el exterior que solo sirven para adornar las estadísticas electorales
Texto escrito por: Mariana Sierra Flórez

Hay una Colombia interna, la que vota y mantiene, medianamente, los “pies en la tierra". La que madruga al puesto de votación y que asiste en familia, la que siente que su voto sí representa un porcentaje, una diferencia. Esa es la Colombia que los candidatos cortejan, la que cumple aforos en debates, la que protagoniza día a día los estudios electorales. Es la Colombia que se ve, la que marcha sistemáticamente.

Pero, simultáneamente, existe otra, una que vota desde la distancia, que también madruga para hacer fila en los consulados, que lleva su cédula de ciudadanía como una reliquia, y que deposita su voto aun sabiendo que, muy probablemente, nadie en Bogotá estará mirando con premurosa atención lo que acaba de decidir. Esa Colombia, basada en las cifras de la Registraduría Nacional del Estado Civil, tiene hoy más de un millón doscientas mil personas habilitadas para votar en 67 países. No obstante, sigue siendo tratada inequívocamente como un dato al margen, como una nota al pie que apenas debe formalizarse dentro del gran relato electoral del país.

El error no es de los migrantes, es del Estado que aún los trata como electores secundarios. Conviene recordar que Colombia fue uno de los países pioneros en América Latina en extender derechos políticos a sus ciudadanos residentes fuera del país. En 1961, tras el fin de la dictadura de Rojas Pinilla y el comienzo del Frente Nacional, los colombianos en el extranjero obtuvieron el derecho a elegir presidente. Posteriormente, con la Constitución Política de 1991, conquistaron, a su vez, el derecho al voto para el Congreso y una curul propia en la Cámara de Representantes.

Tal liderazgo histórico hace aún más evidente la contraposición ante la situación actual: décadas de pionerismo institucional que no han sido traducidas a una política migratoria coherente, ni a una representación proporcional al tamaño y complejidad de la diáspora colombiana en el exterior.

En el marco electoral presidencial, donde temas como la migración, seguridad y posicionamiento internacional cruzan la deliberación directa, es irónico que su voz siga estando en la periferia. Porque este conjunto de ciudadanos no compone un bloque monolítico; refleja, por el contrario, condiciones de vida, experiencias migratorias e incertidumbres según su residencia. Pues un colombiano que emigró a Venezuela en los años noventa y enfrenta hoy un exilio no vota igual que un profesional radicado en Sídney, o que un obrero en Carolina del Norte.

La curul de la Circunscripción Internacional representa un avance simbólico, pero el reconocimiento no puede agotarse en el simbolismo. Necesita de una política pública sólida, una agenda migratoria estructurada y candidatos dispuestos a velar, de manera efectiva, por ese largo millón de voces dispersas fuera de las fronteras nacionales. Porque esos colombianos que votan desde la distancia no son una anomalía estadística ni, mucho menos, una cifra que adorna el censo electoral: construyen una fuerza política real, con el peso suficiente para influir sobre el rumbo democrático de Colombia.

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Por Nota Ciudadana

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