Vargas Lleras alertó que la división de la derecha podría poner en riesgo la democracia y allanar el camino del petrismo en 2026, según sus tesis

 - Las advertencias de Vargas Lleras que el uribismo se negó a escuchar hoy le facilitan el camino a Iván Cepeda
Texto escrito por: Fernando Álvarez

Germán Vargas Lleras se perfilaba como uno de los pocos líderes de corte liberal que advertía con claridad los riesgos a los que está expuesta Colombia. Su visión planteaba que la democracia podría verse comprometida en las próximas elecciones si la centroderecha no lograba consolidar un bloque común. Por ello, desde diciembre de 2024, fue enfático: la oposición debía llegar unida. Sentenció que si en mayo los sectores tradicionales persistían en la división, la supervivencia del modelo democrático estaría en entredicho. Sabía que sus condiciones de salud podrían limitarlo, y por eso declinó una candidatura propia. No obstante, advirtió que figuras como Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia enfrentarían una gobernabilidad incendiaria bajo la sombra de Gustavo Petro. La tesis central es que se intentará hacer al país ingobernable si la izquierda pierde el poder.

En esta línea, su postura coincidía con la del expresidente Álvaro Uribe, quien hace años acuñó la alerta sobre el "castrochavismo". Sin embargo, el jefe del Centro Democrático no logró convocar una mayoría nacional sólida debido al desgaste de su propia figura pública, un factor que la izquierda ha capitalizado con éxito. Uribe enfrentó y debilitó a las guerrillas, pero ese rigor militar es precisamente lo que sus detractores y sectores afines no le perdonan. Desde diversos espectros ideológicos —socialistas, cristianos progresistas y sectores académicos— se articuló una estrategia de desprestigio orientada a presentarlo como un líder autoritario.

Sectores de la prensa y la intelectualidad que se reclaman pluralistas han secundado, en la práctica, las tesis de la izquierda extrema. Este clima de opinión facilitó el avance de procesos judiciales como el liderado por Iván Cepeda, basado en testimonios que el uribismo tilda de falsos. Álvaro Uribe ganó la batalla militar durante sus dos periodos de gobierno, pero perdió la narrativa mediática frente a la administración de Juan Manuel Santos. Este fenómeno evoca la máxima de Richard Nixon sobre Vietnam: la guerra no se perdió en el campo de batalla, sino en la opinión pública de la capital. Fue allí donde Uribe erró al intentar validarse ante las élites bogotanas.

Si el objetivo era conquistar al establecimiento capitalino, la ficha lógica debió ser Germán Vargas Lleras, cuya lucha frontal contra la insurgencia lo convirtió en objetivo militar de las FARC. Vargas Lleras representaba una lealtad que el expresidente no encontró en otros aliados. Uribe pudo haber optado por Alfonso López Caballero o Francisco Santos, quienes carecen de ambigüedades ideológicas. No obstante, Uribe se equivocó al sacrificar a Noemí Sanín y entregar la posta a Juan Manuel Santos, quien posteriormente lideraría el desmonte del legado uribista. Existen interpretaciones políticas que sugieren que el manejo de temas críticos como los "falsos positivos" durante el paso de Santos por el Ministerio de Defensa fue una estrategia para minar la credibilidad de Uribe a largo plazo.

Posteriormente, la elección de Iván Duque respondió a la necesidad de un perfil moderado para derrotar a la izquierda. Sin embargo, la advertencia de Vargas Lleras sobre la falta de experiencia de Duque se materializó durante el estallido social. La gestión de Duque terminó por abonar el terreno para el ascenso de Gustavo Petro. Ante esta crisis, Vargas Lleras propuso que para el segundo semestre de 2025, la oposición debería rodear al candidato con mayor tracción para asegurar la derrota del petrismo y su posible sucesor, Iván Cepeda. Pero, una vez más, el llamado a la unidad no parece haber encontrado eco en la jefatura de Uribe.

En este escenario, Abelardo de la Espriella ha logrado capitalizar una visibilidad temprana, a pesar de la resistencia de las élites tradicionales bogotanas. Por su parte, el "santismo" ha intentado influir en la coalición opositora a través de figuras como Juan Carlos Pinzón o Mauricio Cárdenas, logrando finalmente una cercanía con la campaña de Paloma Valencia, la elegida por Uribe. Mientras los sectores tradicionales cuestionan el estilo de De la Espriella, tildándolo de "extravagante", los sectores de opinión perciben una fractura inédita. La ironía actual reside en la confrontación entre uribistas que actúan sin Uribe y santistas que operan bajo el beneplácito de este.

La contienda de primera vuelta parece reducirse a la disputa entre Paloma y Abelardo. Según la visión de Vargas Lleras, el sector debería alinearse con quien demuestre mayor capacidad de triunfo frente al proyecto de Petro y Cepeda. Sin embargo, los complejos ideológicos de la derecha han entibiado la contienda. Mientras la izquierda se radicaliza sin reservas, la derecha parece atrapada en una actitud vergonzante, permitiendo que De la Espriella mantenga la delantera al presentarse como el único sin temor a su propia identidad política.

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La tendencia en las encuestas sugiere dificultades para que Paloma Valencia supere el techo actual. Ante esto, figuras como Clemencia Vargas, hija del exvicepresidente, han pedido honrar el legado de unidad de su padre para derrotar a la dupla Petro-Cepeda. Abelardo de la Espriella se posiciona como el candidato que compite sin ambigüedades ideológicas, mientras que otros perfiles como Sergio Fajardo o Claudia López han perdido relevancia. El escenario sugiere que quienes se nieguen a apoyar una opción de derecha clara en segunda vuelta podrían quedar marginados del tablero político.

Por otro lado, Juan Manuel Santos continúa operando estratégicamente en múltiples frentes. Tras los resultados en la Consulta del Pacto Histórico, sus apuestas se diversifican hacia figuras como Juan Fernando Cristo o Luis Gilberto Murillo, quienes han mostrado una alineación pragmática con el gobierno actual. El santismo parece confiar en que una eventual victoria de Paloma Valencia permitiría un "reencauche" político a través de Mauricio Cárdenas. De ahí surgen las críticas más agudas contra De la Espriella, fundamentadas en la tesis de que este no tendría capacidad de derrotar a Cepeda en un balotaje.

Finalmente, la exclusión de María Fernanda Cabal de la primera línea del Centro Democrático refuerza la percepción de que Álvaro Uribe ha transitado hacia posiciones más cercanas a la socialdemocracia que a la derecha tradicional. Esto podría llevar a que sectores más radicales del uribismo terminen respaldando a De la Espriella. Hoy, el reto para los sectores democráticos es superar los prejuicios ideológicos y, como reclama la memoria de los magistrados del Palacio de Justicia, actuar con firmeza en defensa de la institucionalidad frente a lo que muchos consideran el desafío electoral más crítico de la historia reciente de Colombia.

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Por Nota Ciudadana

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